ESA QUE VIENE SIN AVISAR

Es altamente maleducada. Entra a zancadas, sin tomarse la molestia de tocar la puerta o de enviar un mensaje de texto. Solo llega y hala un poco y se va muy acompañada, quizá con una sonrisa de misión cumplida. No dice adiós. Se va y no más, dejando el corazón abierto y con un recuerdo, casi siempre doloroso, para toda la vida. Bueno, hasta cuando llega, porque a todos nos llega, y entra a zancadas, sin tomarse la molestia de tocar mi puerta. Llega, me hala un poco y se va conmigo. Tal vez en ese momento me hable, mientras miro, eso espero, el corazón abierto y con un recuerdo doloroso de esos que dicen que sí tienen en el de rojo, un lugar destinado para mí.

De todo, queda ese sueño de encontrarse con los que más se quiere, como Eduardo, diría Mónica.

Por fortuna, es altamente maleducada.

DE NEGRO

No hay muchas ganas de escribir. Salvo contar que la muerte es algo tan inevitable como el dolor que causa. Esa agonía en que pone al corazón es difícil de explicar. Dificilísimo de explicar. Duele casi hasta los huesos y entra lento y a pedacitos, como si no fuera suficiente con entrar de golpe. Y duele cada año y cada día y en cada momento, incluso a través del tiempo. Eduardo, por ejemplo, es un muerto libre que a veces necesito pensar para regocijarme un poco, para sentirme algo más viva. 

Hace muchos años escribí que en los entierros uno se pone gafas por costumbre y se viste de negro solo por costumbre. Ahora que lo pienso de nuevo, creo que muchos nos ponemos de negro y usamos gafas, más que por costumbre, porque el alma se viste de negro, cubierta por el dolor que causa sentir la muerte de frente, pero sobre todo, valga la aclaración, la ausencia de frente. Por enésima repetición en la vida, los abrazos no son los mismos entre vivos, que de vivos y muertos. Pasa entonces que uno quisiera devolver el tiempo y quedarse en esos diez años menos donde todavía se podía sonreír, juntos, para ser exactos.

La muerte trae muchos recuerdos y por eso uno podría tildarla, los primeros días en que se aparece, como una cruel que no tiene sentimiento alguno, que no le importa nada. ¿Te acuerdas de esa noche en qué estaba en la esquina y me dijo que cómo estaba de bonita, mientras se tomaba una cerveza y se reía a carcajadas, visiblemente feliz? Claro que me acuerdo, como si fuera al instante. Y los recuerdos se van llenando de lágrimas, tanto que el corazón se inunda y son muchos los muertitos de pedazo de corazón que se van esa noche. Muertitos a los que pocas veces les hacemos duelo.

Y aunque la muerte es una belleza, porque eso de la eternidad podría ser peor, es ineludible su dolor, su parsimonia y lo que se quiera… a veces la juzgamos solo por el hecho de no saber que hay más allá. A veces creo que debe ser mucho más interesante, solo que no nos pueden revelar los secretos porque habrían muchos suicidios. Es como la magia de los magos: se perdería la ilusión, y por tanto, dejaría de valer la pena.

Para terminar, digamos que la muerte duele más cuando los años no son suficientes para morir, y mucho menos si los años para los que siguen vivos no son suficientes para aceptar la muerte tan fácil como sería cuando ya, por derecho, se ha de esperar.

Déjenme con mis lentes negros y mi camisa y mi pantalón y mi alma. El negro tiene un poco más de resistencia para los latigazos que trae la muerte, para esos que nos quedamos de pie. Esos mismos a los que todavía no le da la gana de mirar, o no lo interesa mirar.

CONFESIÓN

Yo no fui, señor. Yo no quería disparar. Simplemente ella me miró a los ojos y se puso a hablar, a preguntarme cosas, que yo no sabía. Luego, algo me hizo disparar, pero la bala no llegó a su cuerpo. Se fue poniendo blanca y la sangre empezó a fluir. (Susurro) Aquí entrenos, señor, yo creo que había empezado a morir hace rato. Me miró en silencio, como escudriñando en mí, en la cara, en los labios, y hasta en los pies. Yo sí la quería matar, pero después de su mirada, me arrepentí, y luego fue el disparo, pero el disparo nunca le llegó y de pronto, estaba pegado al suelo, seducido por sus ojos. Ella se fue quedando ahí, sin aire, y después suspiró, y la sangre ya se había esparcido por el suelo. Todo estaba frío, y vacío, y muy frío. ¿La sangre? Roja como siempre, pero cautelosa. Muy cautelosa. Ella tenía la mirada perdida y estaba blanca, blanquísima. Usted sabe mi agente, que la sangre es escandalosa de por sí, pero traspasó la puerta con cuidado, como si se quisiera escapar. Para mí, señor, que fue ella. La sangre sabía que tenía que ver con el delito y por eso quería escaparse ¿No me cree? Yo no fui, yo sólo disparé, pero la bala no le pasó, si quiere le busca el huequito, y verá que no está. Se lo juro señor agente. Se lo juro.

VULNERABILIDAD

Todos los días, son días perfectos para morir. La muerte, por lo general, está en todas partes, encima del mundo. Por eso se vuelve común no pensar en ella, ni hablar de ella, y olvidarse de ella. Cuestión de costumbre. Está tan cerca, que no se mira. Luego, es inevitable, y ha de llegar, y entonces, para qué perturbase con ella.

Hay días, en que es inevitable. Vulnerables a la muerte, inevitables a ella. A veces, es difícil no pensarla. Difícil imaginarse el mundo con todos, pero sin uno. Mirar a todos, y saber, que en algún momento,también seremos recuerdo, y después, cuando no haya nadie que nos piense, nada. Atrás quedarán los besos, los bailes, las cogidas de mano, el trabajo, las lágrimas y en fin. Es también cosa de imaginarse con más años, en una vida, que posiblemente, ahora parece de viejos, de abuelos, de papá y nunca, plausible para sí mismo.

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ESO DE LAS ABUELAS

Cuando uno está pequeño las abuelas no son tan viejas o no tienen tantos años. Después de hacer unas cuantas cuentas, y valga la rima, cuando yo nací mi abuela tenía unos 58 . No estaba vieja. Entonces, cuando te descubres con unos veinte años comprendes que la abuela tiene unos veinte de más y que se acerca a ese inevitable. Sabes que estás grande no sólo porque los sobrinos que viste nacer ya tienen ocho, sino además porque tu abuela está cada vez más arrugada, más temblereque, más pequeña -ahora incluso eres más grande que la abuela, cuando pequeño soñabas con alcanzarla y la veías gigante-, más canosa, más resabiada, más bonita. Sin embargo, sobre todo te das cuenta que estás grande cuando las abuelas de tus amigos empiezan a morir y cuando tus abuelas empiezan a morir.

Eso de comprender que la gente se muere no es difícil. Lo difícil es saber que tu gente se muere, que tu abuela se va a morir. Y entonces te preguntas, ¿quién quiere que su abuela se muera? Yo no, la abuela es la abuela. ¿Quién te consiente cómo la abuela? Nadie te consiente como la abuela. La abuela te sigue los caprichos, te hace arepa, te hace queso, te compra chocolates. La abuela tiene la sopa perfecta. Los frijoles de la abuela no los hace nadie, ni saben igual. La abuela siempre está rezando por ti, aunque seas ateo. La abuela, eso de las abuelas duele sustancialmente. Continuar leyendo