NOVENA DE AGUINALDOS

Día Uno

El viento toca la ventana para que le deje entrar y la mueve con fuerza para que no duerma. La casa está sola y una lagartija acaba de correr por debajo de la cama para esconderse de cualquier rastro humano, y seguramente, letal. Han pasado dieciséis días del último mes del año, el día más esperado por los niños para rezar la novena, pero sobre todo, para que llegue ese día en el cual, por obra de la magia (de los padres, por supuesto), aparece cerca a la almohada, o debajo del árbol, el regalo del Niño Dios, o de Papá Noel, según el caso. Dieciséis días, nueve menos del veinticuatro, para cantar, dar abrazos, comer dulces, jugar, tener la excusa perfecta para ver al chico que a la niña le gusta, entrar a la casa de los vecinos, hacer arroz con leche, dar un beso, tocar maracas o pelear con alguno de los primos por eso de la lectura. Y eso sí, todo sin necesidad de ser fieles fervientes del catolicismo. Basta con un amor gigantesco al Niño Dios, y a la familia.

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