PERDIENDO EL AÑO

Todos los días va al gimnasio. Todos los días comienza la dieta. Todos los días se levanta más temprano. Todos los días hace menos pereza. Todos los días lo va a llamar. Todos los días le va a olvidar. Todos los días va a comprar leche. Todos los días camina hasta la esquina. Todos los días lleva a arreglar la cámara de video y el dvd. Todos los días comienza el libro. Todos los días deja de abrir el messenger y revisar el facebook. Todos los días aprende a decir qué no. Todos los días pide permiso. Todos los días le dice lo que piensa. Todos los días va a ir a comprar la blusa. Todos los días le dice que le está escribiendo. Todos los días escribe sobre el pavimento. Todos los días marca la tarjeta. Todos los días le dice que le gusta. Todos los días compra tenis. Y así, larga va la lista. Eso sí, todos los días, la oveja pierde su lana°, también.

(°Para los que no se acuerdan o no se saben el dicho: De mañana en mañana, la oveja pierde su lana)

Y vos, ¿qué está haciendo desde hace días, que no ha hecho todavía?

RELOJ

Golpea fuerte y desespera. Se mira al espejo y encuentra una mujer de ojos grandes y oscuros, donde es difícil encontrar la pupila. Es ella, y está viva, viva en el sentido categórico de la palabra, viva en el sentido de energía suficiente para respirar, suspirar, y hacer algo. El termostato no está funcionando de la forma correcta. Hace frío y calor al mismo tiempo. También tiene sueño y no sueño a la vez. Por eso cuando duerme sueña y no sueña al tiempo. Sueña porque así es y no sueña porque no se acuerda. Hace una búsqueda exhaustiva y extensiva. Quita las sábanas, tira las almohadas, mueve la mesa de noche, la lámpara y el colchón. Tampoco. Va al espejo. Sigue la misma mujer de ojos grandes y oscuros, donde es difícil encontrar el estado de la pupila, que, de seguro, debe estar en ese estado en el cual, la luz le molesta, o, mejor, esta expuesta a la luz. Es ella, otra vez, y sigue viva, o casi, casi en un sentido literal, casi porque tiene ganas de salir corriendo. El estómago grita un poco. Tal vez es hambre, o desespero, o ganas de ser más impaciente. Vuelve a la cama. Quita las sábanas, tira las almohadas, mueve la mesa de noche, la lámpara, el colchón y el computador. Tampoco. El reloj, que hace tic tac tac tic tic tac y así en sucesiva, está adentro. Golpea fuerte, desespera, y de nada, en absoluto, sirve el espejo.