TODO AMOR TERMINA EN EL CENTRO

De pronto no. Tal vez es al revés. Todo centro termina en el amor, porque yo creo que el mundo, en realidad, gira al revés. Por lo menos el mío. De hecho, a veces, en el interior, desearía que todo empezara a caminar hacia adelante, es decir, como sería normalmente, vuelve y juega, como sería el mundo que no es al revés, sino el mundo que es al derecho. Y no. No es fácil. De pronto al revés es al derecho, salvo que no quiera aceptarlo. Digamos que vivir al revés tiene su gracia, incluso en el amor. El amor también puede vivirse al revés, que sería tanto como vivirlo escribiendo, y hasta ahí. Nada real. Bien. También se puede sobrevivir. Solo que cansa. Por eso estoy pensando en dejar el amor a un lado de las letras. Algo así como ponerme una sombrilla para escapar de tantas rosas. Vamos a ver. Era lo que decía alguien que no recuerdo, de hecho, tal vez pude inventarlo, y tampoco está en la cabeza, y es que la poesía, para el caso las palabras, no las inventa uno, ni las manda uno, ellas lo utilizan a uno para escribirse sobre algo, un objeto x. En fin. Solo para decir que en el mundo al revés de mi cabeza, a veces, solo a veces, existo. Por eso, también pierdo la capacidad de mover las piezas del rompecabezas que de seguro es la vida. Quizá porque todavía quiero divertirme en este pedazo de mundo. Puntos suspensivos.

Yo sé que no he dicho nada, pero no se vaya, siga leyendo. No se arrepentirá, y si lo hace, tiene el derecho, y el deber, de escribir un commentario, con doble mm incluida. 

Todo amor termina en el Centro es el libro de los Letras. Los Letras es el mejor grupo literario, al que yo he ido. No he ido a muchos, tal vez, solo he ido a ese. Y es el mejor, punto. Orden dictatorial. Es un libro escrito a varias manos. Ya hasta olvidé a cuantas. Nos convertimos en los escritores de hombres y mujeres, cada uno con uno, o con dos, que habitaban un apartamento del Edificio Plaza Central, ubicado en el centro de Medellín. Y luego las historias se van dando en el edificio, y se mueven, por lo general, mágicamente, teniendo en cuenta que, todos queremos ser escritores, y el camino, a penas empieza, unos, por supuesto, más adelantados que otros. Toda esta carreta para decirles, señores, que aquí un párrafo de Camila Collazos, el personaje de Mónica en el edificio. Tal vez vaya pegando cositas de ella en este blog (Con algunas mejoras). Creo que Mónica es un personaje, no de los mejores del libro, pero tiene cosas. Ahí va.

Este balcón es lo mejor del apartamento. Adentro todavía hay un olor a nostalgia y a soledad. Me acompaña una cama, con tendido azul, y un nochero pequeño con una lámpara antigua y un reloj despertador, que suena sólo cuando le da la gana. En la sala hay tres cojines, azules, como todo. Una mesa pequeña, un teléfono blanco. Hay dos cuartos en este apartamento. Uno para la cama, el otro para la biblioteca. Esa pequeña biblioteca. Veinte libros. Dos de Neruda, uno de Pizarnik,  dos de Benedetti, La Pianista, que entró esta semana, Harry Potter, Cómo agua para chocolate, el de cartas de Juan Rulfo, El Proceso, El Principito, varios de Gabo, Jairo Aníbal Niño, Rayuela y más de poesía y otros tantos. Son más de veinte, quizá. 

En la cocina no se encuentran muchas cosas. Todo en este lugar es pequeño, apenas para acompañar la soledad. Los lugares de las personas que viven solas, de pronto son como los lugares donde vive gente pequeña. A veces creo que es como la casita de los siete enanitos de Blanca Nieves. Dos platos azules oscuros, dos pocillos azul claro, una cuchara para niños, dos cucharas grandes, dos cuchillos, dos tenedores y una cuchara de palo. No falta la olla pequeña que me le traje a mi madre, esa de tapa azul clara, que tiene más años que yo, pero es como traerse el recuerdo de cuando tomaba aguapanela. Aquí me alimento casi de aire. Eso que dicen, que el hotel mama es lo mejor, se aprende cuando se está lejos. Cocinar para una sola persona es difícil, aburridor. Cuanto daría por cualquier cosa cocinada por la madre. Cocinera, no soy, excepto para las tortas. Las cremas me encantan, sobre todo la de espicanas, pero no doy con el punto. En las mañanas desayuno frutas con sabor a mango, a papaya o a piña.

3 comments

  1. PCruz   •  

    Quedé iniciada… quería más cotidianidad…

  2. Camila Avril Camila Avril   •     Autor

    Claro, hay que leer el libro! jeje

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