Treintaytres

Treintaytres es uno de esos números sonoros: trein-ta-y-tres. Lo conozco desde que estaba muy chiquita. Lo esperé mucho tiempo, con miedo a que llegara alguna vez. Estuvo tan lejos, siempre. Cuando tenía cinco parecía imposible: para que pasen 28 años se necesita toda una vida, un montón de tiempo. Qué iba yo a llegar hasta ya, tan pronto. Y un día llegó: hoy llegó.

El día que lo mataron lo he contado muchas veces: era un dos de julio de 1988. Tenía 33 años, ese número que si uno crece en los temas católicos lo relaciona con la edad de Cristo. Hace días descubrí que cuando la bala traspasó su mano, la palma de la mano lo estaba mirando a él, y no al señor que lo mató, como me lo imaginé siempre. Lo leí en el acta de defunción. Le dispararon en la tarde, murió en la noche. No pronunció ninguna palabra. La herida era mortal. Yo tenía un año y 22 meses: me faltaban 85 días para los dos. Solo alcanzamos a celebrar juntos un cumpleaños. Mi mamá estaba hospitalizada y por eso en la foto solo aparecemos los dos: yo con un vestido blanco, él con una camisa blanca (creo), yo con mi pelo mono, corto, él con su pelo negro, negro, corto, yo seria (como casi siempre), él sonríe y se le ven sus dientes de adelante separados. Hay una torta que mide casi mi tamaño. En la foto que sigue, que es casi igual, Eduardo me está dando una pasa, como un recordatorio de que alguna vez, ya nunca más, me gustaron las pasas. Él tenía 32 (cumplía en noviembre según mi abuela, diciembre según mi mamá), yo uno. El siguiente cumpleaños no lo celebramos. Nunca estuvimos los tres para eso del cumpleaños.

A los 33 años, Eduardo tenía una librería, la única que ha tenido Riosucio. Era librero, aunque no de muchos de literatura, dijo don Héctor, el amigo que estaba al lado el día que se fue. Entre los que vendía repartía algunos de izquierda, supongo que algún Marx o un Mao. Los regalaba. Se había casado tres años antes y tenía una hija, yo. No terminó la universidad, lo dejó en el último semestre porque se fue de descalzo a Bonafont. Mi mamá le insistió mucho, es que no le faltaba nada para quedar con el diploma de Ciencias Sociales, pero él era terco y primero, siempre primero, la política: ese era un programa del Moir en el que dejaban todo y se iban a algún lugar a echar el cuento, a trabajar con los campesinos, a vivir con ellos. Vivió con el cura del pueblo, aunque era ateo. De mi mamá fue novio como ocho años y él fue el que se quiso casar. Fundó un barrio en Riosucio que se llamó  El primero de mayo, si bien cuando se murió tomó su nombre, pero eso se les olvidó luego a todos, y lo llaman como el original. Hizo un paro cívico muy famoso en Caldas contra la Chec, porque les subieron los servicios. Fue concejal. Se montaba en una mesa en el parque a echar un discurso que los demás escuchaban a escondidas, pero lo escuchaban: es que era de izquierda, en los ochenta. Era un buen orador. Muy estudioso, como son en general los del Moir. Se bañaba tres veces al día y hablaba opita, porque era opita. Me llevaba en hombros a la guardería, me describía el paisaje, me contaba historias. Quería que a los tres años ya supiera leer. La librería se llamaba La Pola. Lo mataron a una cuadra, cuando hablaba con don Héctor. A los cinco años me parecía que Eduardo era un señor que había vivido muchos años: es que treintaytres, a los cinco, es toda la vida. Mi papá, un día, vivió toda la vida.

Mi tío más joven, hermano de mi papá, ya tiene sesenta (tal vez uno menos o uno más). Si a Eduardo no lo hubiesen matado sumaría 65 en noviembre, o en diciembre, depende de a quien se le crea. Treintaytres no era ni la mitad de la vida de lo que hubiese podido vivir. Eduardo vivió tan poquito.

Un día, hoy, cumplo treintaytres, la edad en la que mataron a mi papá. Soy la misma niña mona, sin el vestido blanco y sin Eduardo. No me he casado, terminé la universidad, hice una maestría, doy clase. Tengo un trabajo que me gusta, escribo de Eduardo. Lo recuerdo, casi todos los días. Le perdoné que la política hubiese sido más importante que yo, tanto que morir fuese una posibilidad de la causa en la que creía. No lo quiero olvidar, porque no quiero que se muera de verdad. A veces me gustaría ser pastelera y tener una pastelería-librería, aunque no se va a llamar La Pola. Esa era su causa, no la mía. Me gusta escribir poemas. Tengo un gato y una mamá, la que él me dejó. Ya sonrío más en las fotos. Lo siento en la silla de adelante del carro para que me acompañe cuando estoy sola. Escribo artículos de literatura. Leo y releo poemas. Escribo en mi cabeza mientas tiendo la cama y luego no me acuerdo. Este escrito lo he escrito mientras camino al trabajo, muchas veces. Hago tortas de cumpleaños.

Tengo treinteytres y he vivido tan poquito. Pronto habré vivido más años que mi papá.

(En construcción, supongo).

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