UN ALPINISTA DE EDIFICIOS

Asomarse da un vientecito frío en el estómago, y duele un poco, y eso que hay una ventana que detiene el cuerpo. Caerse significaría la muerte, en algo que podría denominarse un golpe fuerte contra el mundo, sería algo así como probar la fuerza de gravedad. Eso es lo que hace, desafiarla con una sonrisa en la cara, y como si nada. Así de campante, como si estuviera sobre el piso.

Trabaja sobre el aire, literalmente, y es libre, excepto por esas cuerdas que le permiten estar ahí, suspendido a gran altura. A veces, en los ratos de lo que ahora se conoce como ‘pausas activas’, se columpia un poco, le da la espalda al edificio y observa el mundo.

Desde las alturas las cosas son distintas. Todo es más pequeño, y por supuesto, la gente también. Para él están todos esos que lo señalan desde abajo, mientras gritan: “Mirá a ese señor, mami. Está bien alto”. O le gritan: “Señor, ¿no le da miedo?”, y él, si escucha, mueve la cabeza, y sonríe, pero sigue ahí, como si nada, mirando la panorámica del frente. Incluso se percata de la esposa que viene con el almuerzo, a unas cuadras antes de llegar.

Lo que más le gusta a Edison Morales es la hora de bajarse, cuando se tira de ahí, y baja rápido, en caída libre, y justo antes de pisar tierra, hala una cuerda y se detiene, pero por inercia rebota un poco, sube y baja, y una vez más, y luego sí, al piso. Es alpinista, pero no asciende montañas, sino edificios, y no lo hace por deporte, sino por trabajo. Lava fachadas, limpia vidrios, pinta, sella ventanas o pone chapas, eso depende, y lo hace en el aire, al otro lado de la pared. Operador de alturas, para ser más precisos.

Un títere sin titiritero

Ese día se convirtió en un títere. Fue la vez que se sintió más cerca de la muerte, que le dio susto como nunca antes, o que le temió a la altura, pese a que Edison repite constantemente que “no le tengo miedo”.

Un operador de alturas lleva un arnés, que es algo así como un cinturón de seguridad. Un ocho. Un mosquetón o esa cosa que abre y cierra y en la que va otro aro, de la que está la cuerda. Una manila que le sostiene y que va desde arriba, es decir, desde el punto donde se cuelgan. Un coordino, que “es la vida de uno”, según explica Morales, en tanto que es otro cordón, que está por si la manila no funciona, y que de hecho, lo salvó a él. Además tiene los tarros, con el material que se esté usando para trabajar, y también la tabla, que es el suelo más cercano que tiene para sostenerse.

El día que Edison quedó como un títere estaba en el parqueadero, sellando unas chapas de las ventanas del edificio. La manila daba en la entrada del parqueadero, por lo que le advirtió al portero que le “echara ojito” y le avisara si algún carro entraba, pero al portero, se le olvidó por completo.

“Yo amarré el ocho y aseguré”. Y estando en lo de las chapas entró un carro al parqueadero y se llevó la manila, “entonces yo la templé, para ayudarme un poco, pero el seguro se zafó y caí dos metros –de repente, rápido, en vacío – y quedé colgado del arnés por la cuerda de la vida –es decir el coordino”, como un títere que va de un lado para el otro, y que un titiritero, que esta vez no había, le manejaba desde arriba. La tabla había caído, y todo lo demás. Estaba suspendido de un hilo, a secas.

El operador de alturas, además de los implementos de seguridad y de trabajo, tiene un vigía, o ayudante, que debe estar pendiente de él, que le va pasando lo que necesite, y “lo cuida”, entre comillas, porque si el que está arriba cae, no es mucho lo que puede hacer.

Sin embargo, ese día, no tenía ayudante y el portero estaba quién sabe dónde. Edison quedó ahí, suspendido, acompañado del susto y del miedo, y de nada más. Fue cuando por esas cosas del destino, y suavecito, alcanzó la manila, la misma en la que el nudo había fallado, y empezó a bajar, con sigilo, con miedo, con la posibilidad de caerse, para llegar al piso y recibir del portero las palabras: “Perdón, se me olvidó”, y Edison le dice, o piensa, no se acuerda: “Y yo casi me mato”.

El mundo desde arriba es distinto, y riesgoso, por lo que para ser alpinista de edificios se tiene que tener coraje, además de gustarle la adrenalina y el peligro, y disfrutar con ello, si se quiere trabajar tranquilo. Edison dice que es cuestión de no tenerle miedo a la altura, pero sí respeto. Eso significa no confiarse tanto, porque nunca se sabe. Solo que eso no siempre pasa, la diversión a veces atrofia la cabeza.

Un día Edison bajó como le gusta, dejándose caer, y se confió tanto que no alcanzó a maniobrar con la cuerda, y cayó sentado, rebotó, subió de nuevo, y volvió a caer. Y fue suerte porque no sufrió ni un rasguño.

Columpiándose un poco

Lo más difícil de ser operador de alturas es cuando hay que inclinarse, porque tiene que estar de rodillas y le duele un poco. También cuando tiene que luchar contra el viento, que le mueve, de un lado para otro, de allí para allá, y le hace perder estabilidad, y que además suele aparecer sin avisar, causándole un vacío en la mitad, ahí donde dicen que el corazón se ubica.

Entonces aparece eso que Edison llama vértigo, y esa sensación, que se puede llamar indescriptible, y a la que solo atina a decir, tímidamente, “Es… es… es… buena”.

Cuando se es tranquilo se puede jugar en el aire. Edison se hace el que camina, si hay dos palos va entre uno y otro, y se columpia, mientras mira el horizonte. A veces pasa más de cuatro horas en el aire. Baja, almuerza y vuelve otras cuatro. Y eso es cuestión de costumbre, como todo, porque al principio, hay tensión, hay miedo, y todo lo demás, y eso sí, ni se juega. Aunque hay algo que nunca deja pensar cuando se sube y mira hacia abajo: “Si me caigo, en que voy a caer, ¿si será que me mato?”. Nunca se sabe, es mejor mirar las posibilidades.

Las noches a veces son complicadas, porque aparece esa sensación de estar en el aire, y luego como si se cayera, y entonces toca brincar. Eso sucede a veces, aunque con el tiempo, se hace menos usual.

Lo que no se deja de pensar nunca, o eso dice Edison Morales, y que lo estresa y lo desvela, es que le vayan a cortar la manila. “A varios compañeros les pasó que les echaron ácido. Por eso si uno quiere ser alpinista, no puede tener enemigos”, y se ríe.

En el aire, la adrenalina va al cien, pero le gusta. Da la espalda y observa que, desde arriba, el mundo es más pequeño, y pinta distinto. Abajo pasa la gente, con la cabeza hacia arriba, y lo miran, y le dicen: “¿Señor, no le da miedo?”. Edison, para el caso, les responde: “Cuando estaba vivo”, y se ríe. Sí, cuando estaba vivo, era alpinista, y se codeaba con los pájaros.

* Crónica publicada en El Eafitense

2 comments

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