Un poema

Recordar un poema. Recordar esa letra que tuvo su nombre una vez, que tuvo también el poema una vez, y saber que ya no es más para él. Ya no cabe, porque el tiempo se va llevando las historias y los nombres y las tristezas. Saber que puedo encontrar retazos que caben en nuevos nombres, aunque no exactos: cada letra es distinta y deja huellas diferentes. Raras. Saber que un poema sabe tantas cosas.

Te quiero
en esta hoja en blanco, que ya no es hoja, porque no se puede tocar.
El último abrazo
me dejó pensando en que podríamos haber escrito toda la noche,
vos en tu máquina invisible,
yo con ese lápiz que me encontré en el suelo.
No nos abrazamos más
y tampoco escribimos toda la noche,
como yo hubiera querido.
Nunca escribimos ni siquiera una hora completa,
y nos abrazamos tan poco
que no supimos qué era un abrazo completo,
cuando el pelo se toca con el pelo
y vos sentís que adentro algo se pega.
En el último medio abrazo,
en cambio,
supe que algo murió, que se soltó y se fue,
que no empezó nunca,
que nunca, incluso, hubo un abrazo.
Tal vez porque entre vos y yo,
o entre yo y vos, que es más distinto,
todo se conjugó en subjuntivo y en condicional,
sobre todo en las noches en que te imaginé.
Afuera la lluvia ha decidido caer
y quejarse con truenos.
El gato está asustado
y yo también,
pero no por los rayos sino por tu nombre,
que ya no quiero recordar.
Quizá porque yo amaba el punto
y vos sos un punto y coma.
Porque ya no hay hojas en blanco
sino inventos de hojas que no existen de verdad.
Vos también fuiste mi invento,
pero vos no me inventaste.

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