TELEVISIÓN

Es como si el televisor no me perdonara que antes de dormir le diera una vueltecita y buscara algo que ver en él, una película, los Simpsons o algún reencauche en Nick. Pasa, incluso, si se me cierran los ojos y solo puedo ver, entre las pestañas y esa rayita que se hace entre un párpado y otro antes de quedarse cerrados, la luz que emite el cuadrado aquel. A veces vale la pena. La mayoría, solo cuestión de compañía, de costumbre, de dejar que el tiempo juegue y se vaya pasando disimulado encima de la vida y al final, menos minutos de sueño en las mañanas. Tal vez es solo ese pseudo-pensamiento de no poder dormir temprano, como la gente normal, como el mundo se invento, o incluso (vuelvo a cogerle sabor a la palabra) como los pájaros y las gallinas. El televisor es algo así como una caja, dicen por ahí que boba, que necesito como canción de cuna, casi como cuando estaba pequeña y le decía a la mamá que si me prestaba “la manito”, mientras yo me lograba dormir. Ahora es como decirle al televisor, prestame la luz por los siguientes veinte minutos, mientras me duermo, y si no lo he hecho, no se preocupe, le programo otros diez, aunque terminen siendo sesenta, o más. Pocas veces es el programa, por supuesto.

Una cuestión de desasosiego, podría ser. De falta de sentido común, también, o, simple, de que el lado derecho de la cama, es para la almohada (no necesariamente un hecho triste).

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