¡Pura carreta!

Engalladas, repintadas, enllantadas, pintorescas, personalizadas, trajinadas, andariegas y errabundas. Así son esas carretas que visitan los últimos rincones de la urbe, día y noche, empujadas por jóvenes y veteranos vendedores que deambulan vendiendo: sabores a piña y mango, tomate y aguacate, papaya y naranjo.

Pero hay una queja en mis palabras, y es la insoportable potencia de sus perifoneos por megáfono, vendiendo a mil la docena, tres en quinientos y dos en mil. Es la insoportable bulla que se arma en las noches del centro. Sus precios baratos ahogan al más sordo. Sus gritos parecen gargarismos amplificados.

No todo carretillero contamina con sus cantos a voz en cuello, otros, más lentos, caminan llevando trasteos de cuandra en cuadra, descargan mercados en la plaza, llevan basura de un lado a otro, acompañados muchas veces, sobre todo recicladores, por perros vagabundos y amigueros.

Esos perros que se las saben todas viajan barato, empujados por sus dueños, perros viajeros, nómadas del viento, perros fieles a su mugre y a su dueño, perros carretilleros.

La imagen de “La Bestia Indomable” fue tomada en el mercado de Tejelo.

Si tiene perro, y si éste es callejero, aquí le vendo una, de carretillero.

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