¿Qué recuerdo traerías al presente?

La vida es, entre infinidad de definiciones, la secuencia o el cúmulo de recuerdos que podamos tener; por ello, nos ayudamos de cámaras fotográficas, de textos diarios, de imágenes mentales e impresiones visuales. Los recuerdos, son aquella información que nos liga a un tiempo vivido, algo que ya no podemos tocar, pues, ni nosotros mismos somos los que nacimos, en el sentido de que nuestras células hace rato fueron barridas en cada oficio diario dentro de casa.

Parecería que los recuerdos son “cosas” viejas, pegadas en álbumes otoñales, imágenes llenas de óxido, telarañas, polvo y pátina; pero nuestros recuerdos son instantes frescos que esán a la orden de nuestra mente para decirnos que estamos vivos, que hemos sido testigos de la alegría, que la felicidad sí ha estado ahí. Tenemos más capacidades de recordar momentos alegres junto con sus sensaciones, que el recuerdo de las sensaciones de los momentos “malos”.

Cuando muere alguien, se lleva su único patrimonio: el recuerdo de lo vivido; hereda la alegría, pero el recuerdo se va consigo, porque cada uno tenemos nuestro paquete de recuerdos. Quien recuerda, vuelve a montar en cicla, aprende a leer de nuevo, vuelve a rasparse con alegría la rodilla, vuelve a oler el pasto recién cortado, vuelve a sentir la montañera fragancia de la leña quemándose, vuelve a tomarse el jugo de naranja con banano o el de tomate chonto “pa’ que coja color”.

AYÚDENME…

¿Qué recuerdos se te vienen? ¿Qué traerías de nuevo al presente?

1 comment

  1. Alberto Mejía Vélez   •  

    Recordar es echar un vistazo al pasado con los ojos del alma. Repasar en la caverna del recuerdo con pluma entintada en lágrimas. Irse por los caminos nebulosos de ayer, ayudado por muleta o bordón de quimera. Nadie se escapa. Es una etapa ligada al ser.

    Antes de los padres llevarme a la foto Rodríguez, para quedar por siempre el recuerdo de la Primera Comunión; la casa se llenó de amiguitos. Colgada de una viga gruesa, estaba la olla, llena de cuanta chuchería. Tenía la cara tapada con una bata de mi madre; un palo en la mano, mandando lances como loco, hasta que por fin…tome, le di en el centro. Se esparcieron confites, bombones, estampas de la Virgen, pequeñas pelotas de caucho macizo, dulzainas y todo aquello que el poder económico había permitido. En un rincón estaba lo que había querido tener, para estar verdaderamente feliz ¡La pelota de caucho, llena de números! Al sacarla del envoltorio de papel celofán, el corazón se agitaba y más cuando le di la primera patada en la ‘manguita’ y los zapatos de charol quedaron de votar; sin brillo, arrugados, pero intactos en el recuerdo.

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