De un museo impresionista y su obra comestible

Ya saben algunos que me gusta promover la visita a cierto museo en particular, un museo con obras temporales, itinerantes, donde sus obras son accequibles al público cotidiano. Algunos dejan de ir allí porque tienen un concepto errado de inseguridad, otros, desorden; pero ninguna de estas dos palabras habita en este espacio de la cultura.

Las obras que allí se exponen, a la vista y a la venta, son accequibles, económicas y comestibles; se trata de la Plaza Minorista de Medellín, museo de la cultura al que llevé por 12 años a mis alumnos de Comunicación Visual. Cultura, más no arte, aunque de este último también podemos encontrar si vemos los avisos hechos a manos de algunos locales, algunos murales y mucho de lo que llaman arte primitivista.

No se arrepentirán al visitar este museo de estética puntillista e impresionista con sus millares de frutas de colores, una sobre otra, itinerantes, esperando cliente, obra comestible cercana al bolsillo del comprador o del desprevenido. Sé que muchos no la conocen, pero si desean ir recuerden invitarme.

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