Amarrarse los cordones, un acto que me hace sentir niño cada vez

Este blog trata temas alternativos, temas que advierten de nuestra mirada tan poco profunda o tan rápida, en la que se pierden valiosos datos que hablan de una vida rica en matices, una vida que se nos abre como abanico de oportunidades. Pero no hablo de oportunidades en el sentido del positivismo ni de superación personal, sino del acto sensitivo de percibir la pléroma de la naturaleza, es decir, la plenitud de la misma.

Hay un acto que me mantiene ligado a mi niñez: amarrarme los cordones de los zapatos. mi madre aún se burla de mí, porque según ella, nunca aprendí a anudarme los cordones de mi calzado. Lo que mamá no pudo advertir esos primeros años de mi vida, fue que nunca me enseñaron a anudármelos y que sugerí una técnica original, propia. Aún me amarro los cordones a mi estilo, que hablándolo bien, es casi igual pero distinto. Jejejeje ¿Claro no?

Simplemente quería advertir un hecho de la vida del que nadie se detiene a percibir, pensar, interpretar u observar. Dicho acto, el de observar más allá, ayuda a ser más original, recursivo y creativo.

Cambiando de tema, el protagonista de la imagen, cuyo nombre no revelo, se cambiaba de calzado para reconocer la construcción de la hidroeléctrica de Porce III. Lo que nunca imaginamos, era que su zapato derecho tenía hambre por encima. Tener hambre significa, en lenguaje popular, que están rotos, y por tanto, abren la boca pidiendo comida. ¡Ay Leonel, echales peguita ome!

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