Aquel amigo de otros años

Llevo años trabajando con Internet para medios digitales. Llevo años haciendo uso de dichos medios para crear comunidades; pero no soy nativo de la era digital; soy de la vieja escuela que intenta mirarse, aún, con los ojos y tocarse el cuerpo en un abrazo sincero. Por ello, las mayores alegrías que me ha dado el blog, es poder conocer a algunas personas que, cosa difícil, han entrado a formar parte de mis amigos, por cierto harto escasos. Unos de ellos, fue un asiduo visitante a comentar los artículos aquí publicados: Alberto Mejía Vélez, un señor que tiene la misma edad que yo en el alma, 73, si no me equivoco (Cumplo 40 este año). Alberto es un alma gemela mía del que me place haberlo conocido. Un hombre que no conocía artificio digital y sin embargo se ha dado a la tarea de esculcar este mundo de instancias virtuales y ha publicado sus recuerdos y ficciones en este blog, en su cuenta de Facebook y, ahora, en su propio blog Recuerdos; y cada carajada digital de él me produce risa por atrevido con la vida, por “aventao” por no arrugarse. Hace poco aprendió Paint y ya raya sus propios gráficos para ilustrar sus frases o las ajenas… ¡Ay! Alberto, vos sos un berraco. Les dejo uno de sus artículos del blog, con texto editado.

Por Alberto Mejía Vélez

“Ser libre es prescindir de ciertas culpas” (Eduardo Mignogna).

Los pueblos son construidos alrededor del parque principal y toda su actividad nace desde allí; quizás por ello, el lugar es bellamente arborizado, trazado en forma geométrica con jardines; no puede faltar la fontana, adornada con patos que desde sus picos arrojan chorros de agua que, cuando la brisa hace aparición, pequeñas gotas refrescan a todo aquel transeúnte que cruza. El comercio se hace presente, donando bancas en que el eslogan hace la publicidad y dan el descanso para ancianos, jóvenes buscadores de amores y familias enteras en busca de solaz.

Coexisten, las estatuas de próceres o de algún político -que hizo más mal que bien-. No falta el monumento a la madre como manifestación al apego que se siente por el matriarcado. La iglesia, y su casa cural, la alcaldía y el comercio, están a la mano en el entorno, es por eso que siempre se ha de ver personas circulando y es punto de encuentro de los habitantes.

Se pasan horas enteras entre amigos, En las bancas la tertulia se extendía hasta prolongada la noche; brotan los chascarrillos, las palabras ingenuas, los cuentos picantes acogidos por estruendosas carcajadas, las imitaciones de personajes del pueblo. El licor era compañero en las noches de viernes. Risas y hasta cantos llenaban la placidez del refugio en que el pueblo conoció su nacimiento y nosotros, los mejores momentos de nuestras vidas de juventud de la que creíamos jamás saldríamos y que nuestros cabellos jamás serían hilos de plata.

Muchos años nos alejan, inclementes y con sevicia, de esas horas y esos bellos días con sus noches apacibles. Cualquier día se regresa con el cansancio que dan los años. Hacer un recorrido por esos  lugares y la sorpresa de nada encontrar en pie, hace saltar las lágrimas. La mirada exploradora se tropieza con borrones de lo que fue y el oído no escucha salir de los cafetines la música campesina. Se ha dado paso a los acordes extranjeros; el pueblo es un remedo de barrio metropolitano, ha perdido todo su sabor y encanto.

Los ocupantes asiduos en los simétricos jardines, duermen la borrachera, alcohólicos que solo esperan la muerte para descansar de tan cruenta enfermedad. La mirada se posa en un cuerpo pesado ¡esa cara es inolvidable!, a pesar de las tallas infames que endurecen el rostro. ¡Es aquel amigo de los mejores años! Esquiva la mirada y, serpenteando, se aleja eludiendo su presencia. Entre su dolor, queda flotando el nombre de quien fuera un elegante compañero, admiración de damas y hoy señalamiento de la insensibilidad.

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