Aquel día del 5-86

A Lucrecio Betancur lo buscaba medio pueblo esa mañana: unos, para cobrarle el premio, pues el 586 fue el número que siete personas jugaron y ganaron la noche anterior; otros, para cobrarle deudas mustias, imaginando que con las propinas de los ganadores tendría dinero para cancelarlas. Lo buscaba su ex esposa también, iracunda como alma poseida, para llevarle los dos hijos que, desde hace meses, no han recibido pan ni ración.

A Lucrecio siempre lo veían todas las tardes bajo el Samán del parque principal, pero ese día rompió su ritual y no llegó a la hora acostumbrada a vender quinticos* de lotería. La necesidad y la causalidad, llevaron a que el conjunto de personas que preguntaban por él, formaran un bloque de búsqueda organizado.

Tres ganadores del 586 fueron a buscarlo en la fuente de soda, los cuatro restantes fueron al matadero*, Raquel y sus dos hijos visitaron tres tiendas y preguntaron por el ausente; decidieron devolverse y no mostrar la pobreza, caminaron rumbo a la cabecera del pueblo hasta que una chancla* al borde del polvoroso camino, delató la residencia temporal del perdido. Unas risitas evidenciaron la presencia de alguien más: una mujer, valga decirlo de una vez. Raquel ordenó a sus hijos esperar mientras ella se encaramaba por el barranco lleno de maleza, corrió con sus manos algunas ramas y se preparó para la sorpresa.

Allí posaba aquel Lucrecio, su antiguo marido, en unas cuclillas que provocaban vergüenza sobre un camastro de pasto y picazón, con un pantalón arrugado que ocultaban sus tobillos y que dejaban ver la abundancia de su vello trasero. Debajo, solo se veían unas escuálidas piernas enrolladas sobre las otras; el resto del cuerpo estaba perdido entre la maleza rastrera. A su lado, un quintico con el 586 y un fajo pequeño de billetes. Raquel no se puso con reclamos, como pudo alcanzó el dinero y bajó de nuevo por sus hijos, aprovechó que venían los cuatro del matadero y con malicia de ojo les indicó la dirección de Lucrecio.

Los cuatro, llamaron a los tres, y todos estos, a medio pueblo. Lo demás fue un barullo de risas y pena, de cobros de viejas deudas, de palo y muenda para la niña, de maldición del cura, de venganza de la ex. A Lucrecio y la muchachita no se les volvió a ver y, en broma, el dibujante del pueblo pegó un cartel: “SE BUSCAN”. El dibujo: dos mitades de trasero peludo y debajo, un par de escuálidas piernas. “LA ÚLTIMA VEZ SE LES VIÓ ACOSTADOS SOBRE PRINGAMOSA”

  • Foto: Quimba nona abandonada sobre un camino veredal, Sopetrán.
  • Quintico: fracción de lotería.
  • Chancla: calzado, sandalia.
  • Matadero: Lugar de sacrificio animal para alimento.

2 comments

  1. Alberto Mejía Vélez   •  

    Esta historia, cuento, relato o chisme, pasa a cada instante por las breñas de Antioquia. No. Por todo el mundo. El hombre y la mujer juntos huelen a difunto, decía mi padre, cuando en plena juventud nos veía arrimar mucho a una Eva, pues él, sabía para donde íbamos con tanto “currucuteo”. A Lucrecio y la de las piernas rosada les encantaba “el colchón verde” pues estaba libre de traqueteos de camas mal armadas y del calor insoportable de una habitación; era preferible el aire natural, sol y cielo azul como marco de la “traga” maluca, que era tanto, que hicieron a los lados los “quinticos” el número 586 y las piernas rosadas. La pringamosa, puede haber sido un afrodisiaco.

  2. Olga Nidia Molina Bedoya   •  

    Muy inteligente Raquel, no involucró a sus hijos en ese meollo y se vengó muy sigilosamente, sin ningún ruido.

    Excelente relato. Qué imaginación tienes, Carlos. Felicitaciones

    Saludos,

    Olga Nidia

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