Con las manos vacías

Por Alberto Mejía Vélez

Había llegado otro amanecer y sabía cuál iba a hacer la rutina durante el día. La esposa enrollada en las cobijas le daba la espalda abrazada por el sueño. Tan cerca que casi lo podía tocar, estaba el hijo tan desligado a la realidad; pero era este el motivo de su lucha por hallar un trabajo.

Arreglado decorosamente y después de unos sorbos de aguadulce, salió a encontrarse con la vorágine de la ciudad. Economizaba el pasaje al centro, pues caminando podía encontrar en el recorrido algún aviso en que se dijera que necesitaban trabajador; no le importaba un carajo cuál fuera la ocupación, la situación no era para escoger o mostrar el título adquirido y que un día le hizo creer que jamás llegaría a tener efugios.

En el recorrido aguzaba la mirada como un felino tratando de hallar entre el remolino de caminantes, el rostro de un amigo de infancia al que la suerte lo hubiese encumbrado y lo acogiera; o algún compañero de estudios que el esquivo destino le hubiera brindado una buena oportunidad.

Llegado hasta las moles de cemento que ensombrecen y muestran la ostentación del hombre, se sentía aún más perdido y olvidado. El dinero corría a manos llenas en los últimos pisos hasta dónde él no podía llegar y su voz era apagaba por los ruidos estrafalarios de una ciudad egoísta.

La tarde llegaba en un día igual a los demás. Cansado, palpó los bolsillos encontrando lo justo para comprar, en la chaza, un cigarrillo y un ‘tinto’, para sentarse en una banca a contar las monedas que lo llevaría a casa, y de nuevo, con las manos vacías.

Al calor de un tinto…

Por Alberto Mejía Vélez

Carlos: Cada que puedo, me gusta entrar como aguja remendona por los vericuetos excelsos del café, en los que te metiste, para enseñarnos cuán asombroso es el producto y que no sólo es tomarse unos tragos acompañados por un cigarrillo, haciendo carrizo o después de suculento sancocho; eso, es la menuda, es una misa solemne con todo y obispo; de esas en las que hay que llevar fiambre. Te dejo una historia al calor de un café:

Habían sido muchas las circunstancias para llegar a ser habitante de calle.

Desde las colinas se desplegaba el manto negro de la noche. Los bombillos de los barrios de la periferia titilaban; sabía que en uno de ellos estaban sus seres queridos. Caminaba despacio para no terminar con los maltrechos zapatos, la ropa pesaba, las capas de mugre le imponían mayor esfuerzo. La ciudad era toda suya. La ciudad nocturna pasaba ante la lente de sus ojos, con depravaciones, crímenes y desamparo. Cada paso dado le mostraba la soledad; cada mirada se perdía en la opulencia de los de allá que están fuera de su círculo.

Conocía cada bar, taberna, restaurante y cafetería; sabía dónde daban y de qué lugar lo arrojaban más lejos de lo que ya estaba. Poco a poco las calles eran abandonadas por los asiduos noctámbulos que encubrían sus depravaciones con el velo culpable de la oscuridad; estaba enterado que muchos obraban engañosamente a la luz del día.

Las luces rojas de los vehículos se reflejaban en el pavimento como grandes charcas de sangre. Sirenas de patrullas policiales y de ambulancias golpeaban los oídos; lejos se escuchaban los ecos de tiroteos a los que jamás ha podido acostumbrarse, lo mismo, que al abismo de ‘arenas movediza’ al que a mala hora por curiosidad entró. Estaba próximo a llegar a aquel lugar en que unas manos arrugadas y temblorosas, le brindarían, con amor, un ‘tinto’ que calentara la enferma anatomía. La viejecita tenía, entre plásticos, la venta de café. Ningún lazo familiar… los unía el dolor del abandono.

Aquel amigo de otros años

Llevo años trabajando con Internet para medios digitales. Llevo años haciendo uso de dichos medios para crear comunidades; pero no soy nativo de la era digital; soy de la vieja escuela que intenta mirarse, aún, con los ojos y tocarse el cuerpo en un abrazo sincero. Por ello, las mayores alegrías que me ha dado el blog, es poder conocer a algunas personas que, cosa difícil, han entrado a formar parte de mis amigos, por cierto harto escasos. Unos de ellos, fue un asiduo visitante a comentar los artículos aquí publicados: Alberto Mejía Vélez, un señor que tiene la misma edad que yo en el alma, 73, si no me equivoco (Cumplo 40 este año). Alberto es un alma gemela mía del que me place haberlo conocido. Un hombre que no conocía artificio digital y sin embargo se ha dado a la tarea de esculcar este mundo de instancias virtuales y ha publicado sus recuerdos y ficciones en este blog, en su cuenta de Facebook y, ahora, en su propio blog Recuerdos; y cada carajada digital de él me produce risa por atrevido con la vida, por “aventao” por no arrugarse. Hace poco aprendió Paint y ya raya sus propios gráficos para ilustrar sus frases o las ajenas… ¡Ay! Alberto, vos sos un berraco. Les dejo uno de sus artículos del blog, con texto editado.

Por Alberto Mejía Vélez

“Ser libre es prescindir de ciertas culpas” (Eduardo Mignogna).

Los pueblos son construidos alrededor del parque principal y toda su actividad nace desde allí; quizás por ello, el lugar es bellamente arborizado, trazado en forma geométrica con jardines; no puede faltar la fontana, adornada con patos que desde sus picos arrojan chorros de agua que, cuando la brisa hace aparición, pequeñas gotas refrescan a todo aquel transeúnte que cruza. El comercio se hace presente, donando bancas en que el eslogan hace la publicidad y dan el descanso para ancianos, jóvenes buscadores de amores y familias enteras en busca de solaz.

Coexisten, las estatuas de próceres o de algún político -que hizo más mal que bien-. No falta el monumento a la madre como manifestación al apego que se siente por el matriarcado. La iglesia, y su casa cural, la alcaldía y el comercio, están a la mano en el entorno, es por eso que siempre se ha de ver personas circulando y es punto de encuentro de los habitantes.

Se pasan horas enteras entre amigos, En las bancas la tertulia se extendía hasta prolongada la noche; brotan los chascarrillos, las palabras ingenuas, los cuentos picantes acogidos por estruendosas carcajadas, las imitaciones de personajes del pueblo. El licor era compañero en las noches de viernes. Risas y hasta cantos llenaban la placidez del refugio en que el pueblo conoció su nacimiento y nosotros, los mejores momentos de nuestras vidas de juventud de la que creíamos jamás saldríamos y que nuestros cabellos jamás serían hilos de plata.

Muchos años nos alejan, inclementes y con sevicia, de esas horas y esos bellos días con sus noches apacibles. Cualquier día se regresa con el cansancio que dan los años. Hacer un recorrido por esos  lugares y la sorpresa de nada encontrar en pie, hace saltar las lágrimas. La mirada exploradora se tropieza con borrones de lo que fue y el oído no escucha salir de los cafetines la música campesina. Se ha dado paso a los acordes extranjeros; el pueblo es un remedo de barrio metropolitano, ha perdido todo su sabor y encanto.

Los ocupantes asiduos en los simétricos jardines, duermen la borrachera, alcohólicos que solo esperan la muerte para descansar de tan cruenta enfermedad. La mirada se posa en un cuerpo pesado ¡esa cara es inolvidable!, a pesar de las tallas infames que endurecen el rostro. ¡Es aquel amigo de los mejores años! Esquiva la mirada y, serpenteando, se aleja eludiendo su presencia. Entre su dolor, queda flotando el nombre de quien fuera un elegante compañero, admiración de damas y hoy señalamiento de la insensibilidad.

Pensamientos de café y conversa

Por Alberto Mejía Vélez

El arrancar por los vericuetos y rastrojos de la vida hace siete décadas y tres años más de ñapa, da casi una aureola de santidad; porque llegar, es pasar por sacrificios que nos convierten en mártir, una de las causales para que uno pueda ser elevado a los altares.

Pasar la etapa de niño y estar entre el mundo de los vivos es una proeza: jugar con las cuchillas de afeitar de papá sin cortarse la yugular; trepar hasta el último peldaño del escaparate construyendo una torre de babel con “ingredientes” cuadrados, rectangulares y esféricos y no romperse la ‘molleja’. Introducir en los toma corrientes eléctricos ganchos de cabeza, ropa y todo aquello que quepa por la rendija sin haber quedado chamuscado y tieso. Subirse al fogón en que hierven aguadulce, frijoles y paila con manteca llena de chicharrón y no haber quedado “frito”; tal redención es porque Dios lo tiene uno para acomodarlo en el santoral.

Eso no se discute ni se pone en duda. Seguir el condenado paso a la pubertad, que es como brincar el océano y todavía respirar ¿no es un milagro? Pasar por burdeles y no haber sido carcomido por una enfermedad venérea es otro milagro. Enamorarse de una que otra dama casada y no haber sido descubierto a riesgo de terminar con un disparo en el parietal izquierdo ¿cómo podrá llamarse? Ir consiguiendo novias y proponerles matrimonio sin un peso en el bolsillo sin que el suegro nos haya llevado ante los jueces es ganarse la lotería sin comprarla.

Alguien puede decir, ¿cómo se hace para continuar aún en éste valle de lágrimas?

“Diez fuetazos en el fundillo”

Alberto, pinta con su nieto al que, estoy seguro, nunca le dio fuetazos

Es que no todo es directamente café… sino que al calor de una taza o en compañía de ella, podemos conversar de todos los temas; pensar, musitar pensamientos, etc. Nuevamente, Alberto Mejía Vélez, regresa con sus montañeradas con fragancia rural a conversar con nosotros. Esta vez, para recordar la disciplina de antes.

Por Alberto Mejía Vélez

Las peleas escueleras no son nada raro; no se había inventado el carriel cuando los muchachos ya se daban en la jeta por cualquier bobada, eso sí, fuera de la mirada de los maestros. Siempre ha existido que el badulaque más grande quiera ser el gamonal entre los demás niños; para ello, se asociaba de los peores estudiantes.

Cuando se iniciaba la camorra a trompada limpia, los azuzadores y el resto de curiosos hacían un círculo hasta que la voz de un maestro, con autoridad, daba por terminada la pelea. Paraban a los protagonistas en el corredor ante todos los condiscípulos para escarmentarlo. Les ordenaban darse las manos barrer, como castigo, toda la escuela después de salir los grupos.

Ahí no paraba el asunto; llegaban a manos de los padres quienes los esperaban con correa en mano y les contaban diez fuetazos en el fundillo. Maestros y padres andaban asociados contra el mal comportamiento y ambos se hacían respetar. ¡De aquello, hoy nada! Todo es derecho y no hay deber. Profesores por cumplir una jornada, padres separados y un “hogar” tal helado como los dos polos juntos.

“Mija, deme un ‘tintico’, manque no sea de empaque”

“Sigo mijo colaborando con las ‘montañeradas’; usted bien sabe que mis ancestros vienen del morro y jalda abajo rodaron hasta llegar a un inconforme citadino”. Alberto Mejía Vélez

Por Albero Mejía Vélez

Mija, no se ponga hablar bobadas porque nosotros no somos cosecheros de café. Recuerde que son unas maticas que nacieron junto a la quebrada, por allá cerca al platanal. Que crecieron por milagro para ayudarnos a levantar estos buchones y para que no nos falte el bastimento.

Mija, el compadre me dijo que ya los caficultores se han ‘modernizao’, tuestan y muelen los granos y los empacan en bolsas con nombres raros dizque para darle postín, ¡quién sabe qué vaina es esa! Y que un señor con mula,  sombrero, mulera y carriel lo lleva por ‘tuíto’ el mundo diciendo que es de Colombia y que muchas ‘culifruncidas’ y monos de las ‘extranjas’, se relamen y dice: GOOD.

Amantina, mija, la gallina cocotera está culeca, mañana ‘tuérsale’ el pescuezo, que ya voy arrancar yucas, arracacha y bajar un gajo de plátanos para un sancocho. Antes de irme, deme un ‘tintico’, manque no sea de empaque; ‘ansina’, como a yo me gusta.

Foto: miniatura de una despulpadora de café.

Acogida montañera con café en totuma

Esta semana le dije a mi amigo Alberto Mejía, quien suele escribir en este apartado, que me tenía abandonado y extrañado, que me hacían falta sus columnas; esto respondió:

“Estimado amigo Carlos, mi taita repetía una y otra vez no pelear cariado y mira como es el tiempo, parece que se me olvido escribir las columnas; todo por darme una palomita en tu blog. El ego no lo maneja ni el santo más titino del cielo. Sí te gusta, dale la aprobación, de lo contario mándalo al wáter”:

Iban cantando en el carro de escalera, que no cesaba de subir la empinada pendiente; las miradas se posaban en el verde de los cafetales y en rojo de los granos. La ignorancia les hacía creer que las semillas eran sembradas a punta de escopeta por lo agreste del terreno. ¡Cuando uno no sabe de ganado hasta la mierda lo embiste!

De la casita asentada en el filo de la montaña salían pañuelos de bienvenida. Por debajo de las puertas, por las ventanas, corredores y en el aire que cruzaba; entraba por las ñatas una ‘güelentina’ como del otro mundo. Una viejita boquifruncida, de pañuelo en la cabeza y delantal, les invitó a sentarse en el tarimón del corredor; ‘contrimás’ que vienen cansados; cuelguen el ‘comistraje’ de la horqueta. Se ve que ‘vustedes’ no son ‘dexigentes’, ni ‘estiráos’, como los gajos de arriba. Ay quedan con estas mucharejas, mientras voy a la cocina pa’ traer el cafecito que ya está ‘jirviendo’. Manuel ya ‘fuites’ por la leche, puede que les guste ‘pintaíto’. Vustedes perdonan el ‘añaje’, pero son totumitas limpias. El mejor café Excélsior del mundo, es el que se brinda con amor. ¿O ‘vustedes’ que opinan?

Me voy a hacer dinero, parte 1

En foto: Restaurante Red Coach, Norwalk Con. 1973.

Por Alberto Mejía Vélez

La cosa no se veía bien en este encierro de montañas. Le entró el cuento que por las ‘extranjas’ corría el dinero al igual que baba de bobo. El consulado de los gringos, sin mucha pendejada, le entregó la visa; el cónsul –lo más querido él- dijo todo enredado: “feliz estadía en mi país”. Llegó a la casa diciendo que ahora serían ricos como uno de los Echavarría.

El avión de Aerocóndor se elevó por encima de las nubes, en ese momento inició el vacío en el corazón y un temblor en las extremidades inferiores. Él, no se había montado nunca en esos aparatos y menos para irse tan lejos. La gana de dinero le daba fuerzas y aunque quisiera hacer sonar el timbre para bajarse ya no podía. Al notar que las hermosas azafatas no estaban seguras, le preguntó a una el porqué; respondieron que se trataba su primer vuelo internacional. ¡Pobrecitas, ojalá no tengan tantas ganas de orinar como yo!. Eso de pasar de montar en tranvía y carros de escalera, todos por tierra, a estar encaramado a semejante altura, no sólo da ganas evacuar líquidos, sino algo más grueso.

Estaba absortó mirando la magnitud del espacio y su cerebro igual que una registradora, en que pasaban dólares, cuando la voz del capitán, empezó a decir que estábamos sobrevolando la ciudad de los rascacielos y próximos a aterrizar. Cuando estaba en lo alto de la escalera de descenso, miraba con ojo de águila por cuanto lugar, escrutando los sitios en que estaban arrumados los billetes para ir recogiendo. Nada de nada. Sintió cómo un vacío al no ver la opulencia que se le había comentado y empezó a tener temor. El resto del cuento, quedará para otra oportunidad, ¿Ok?

Mijo, vusté tampoco sopla

Pedro y Petra, llevan muchos años de estar casados. El tiempo ha hecho que vivan como si fueran hermanos, tanto, que lo que siente el uno ya estaba dando vueltas en la cabeza del otro. Les gusta las mismas chucherías: confiticos de menta, galletas de crema, bizcochos tostados -de esos de paquete-, conos, paletas.

Se organizan los fines de semana o días festivos, para dar un paseo por la ciudad, ¡claro que no muy lejos!; sienten temor por aquello de la inseguridad. Ella, se pinta los labios con recato: un poco de rubor en las mejillas, casi imperceptible, y se acomoda su bata mientras Pedro deja ver su canicie, ya que hace tiempo botó el sombrero. Pantalón de dril y camisa blanca de cuello almidonado y listos para salir. Al pasar por la plazuela, Petra se antoja del ‘raspao’ que un vendedor callejero les ofrece. ¡‘Vusté’, siempre tan antojada! ¿no mija?. No siás tan amarrao, ole Pedro. Al escucharse, en el reloj de la iglesia, las cuatro campanadas, se toman de las manos para el regreso. Petra, mira que en una caneca de basura se ha tirado un ventilador por inservible y con marrulla de mujer, le dice: mijo, vusté tampoco sopla.

¿Será que volveremos?

Como cada semana, Alberto Mejía Vélez nos trae sus letras, unas letras que esperaban en unas hojas encuadernadas, impresas con letra de máquina de escribir. Otras historias, nacen del creativo ejercicio de ver una foto y esperar qué sale.

Por Alberto Mejía Vélez

Formarse y enumerarse de izquierda a derecha. El cielo estaba casi azul con pequeñas nubes blancas. El rotor del helicóptero había iniciado el movimiento giratorio. Un grupo de hombres uniformados estaban a la espera; mientras, se santiguaban, algunos de ellos con cara de niño. Con dificultad sacaban el pañuelo para borrar del rostro la lágrima furtiva y no mostrar a los compañeros el miedo que los embargaba.

En el grupo se encontraban también jóvenes de extirpe campesina que, en ese instante, recordaban: el surco lleno de hortalizas, el caballo galapero que lo conducía los domingos a la misa del Padre Julio, las canecas arrugadas por el uso a donde vaciaban la leche de la Lunareja o de la Cachi Mocha, las vaquitas que tanto amaba; pensaban en sus viejos, que nada sabían de guerras. La única arma era la camándula para el rezo vespertino, el azadón que recogía la tierra para el arado, el machete para cortar la maleza. Llegó al encuentro de la memoria, el llanto de la madre cuando fue sacado de la parcela para servir a la patria y la confusión del anciano padre, que veía en él, la prolongación de la estirpe. Aún escuchaba los ladridos de Coronel, el perro sin raza, que lo acompañaba a todas partes, en especial, a las cristalinas aguas de la quebrada en la que los dos retozaban alegremente y sin temores.

El aparato estaba tomando altura; ya no había retroceso. Las miradas se perdían en el infinito. Abajo estaba todo de color verde, ese que brinda la manigua con sus sonidos extraños colmada de animales agresivos y venenosos, dispuestos a defender el territorio. Alguien con una insignia, que lo hacía superior les dijo: “No olviden lo enseñado. Si quieren regresar…”.

Un libro extraño y valioso: Lucila González de Chaves

Por Alberto Mejía Vélez

Carlos, el siguiente, es un texto que encontró mi hijo Luis Fernando. Quiero que lo conozcas. Tú libro ha puesto a pensar a más de uno; entre esos, me encuentro. Tomado del blog de doña Lucila González de Chaves.

Un libro extraño y valioso:
“EL COLECCIONISTA DE CARTAS”
(Cartas de amor y otros temas, recogidas por la calle”)
Autor: Carlos Mario Múnera (Un colombiano periodista, docente y escritor)
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Este libro es como “un concieto a cuatro manos”: de un lado, las cartas recogidas en diferentes lugares de Medellín, y de otro, los comentarios, análisis y aclaraciones del autor.
Una abuela induce a un niño a recoger del piso y a guardar cuantas cosas encuentran a su paso, durante sus largas caminatas. Ese niño recaudador de “cosas” es hoy un recolector y coleccionador de cartas, CARLOS MARIO MÚNERA, autor del extraño y valioso libro al que nos referimos.
Se trata de papelitos partidos, arrugados y recogidos aquí y allá y que el autor reproduce fielmente y, por lo tanto, conservan las peculiares formas ortográficas,  sintácticas y terminológicas. En muchas de esas cartas faltan partecitas que, en su recolección, el autor no pudo encontrar.
Esos retazos de “cartas plebeyas” llevan al autor a afirmar que: “Hoy medito en los amores populares y compruebo  que todos somos iguales, que la asfixia de muchos es la misma, que todos los corazones tiñen hojas y hojas de pasión. (…) El corazón estalla sincero sin que le mortifique una tilde o la V por B; el corazón no sabe de zetas, ni le teme a las curvas de la ese: el corazón se equivoca solo por dentro”.  P. 16
“Esta urbe que habito es una amalgama de manifestaciones estéticas y discursos coloridos en las bancas de los parques, (…). Es la ciudad de trabajadoras hormigas  de salario mínimo, es la grosera y opulenta que ignora la vida más allá de sus verdes murallas, es ella, somos todos. Nacidos de entrañas y de sangre indefensas, mellizos todos. (…)”.  Pp. 39, 40
¿Cómo reconstruye el autor las notas que va encontrando, partidas siempre y, a veces, en cincuenta y tres o más pedacitos? Él nos lo explica: “Pinzas, pegamento, lupa, un punzón, tapas de gaseosa y una tabla de base son las herramientas que tengo destinadas para mi labor (…)”. P. 56
Y el más grande reto: reconstruir una carta partida en ¡ochenta y dos! fragmentos recogidos en Bello (Ant.) y que empieza diciendo: “Mi amor, Te extraño. Estoy muy triste (…)”.
A propósito, invito a mis lectores a reflexionar sobre esta afirmación del autor del libro, consignada en la p. 82: “(…) si el destinatario rompe la carta, ese acto puede hablar de su locura furiosa, de su negligencia por la escritura, de su crueldad con el ser amado (…). Si la arruga, quiere decir que no le presta importancia, su arrogancia o descaro lo declara inocente. Si la bota al suelo, sin duda alguna es desprecio, tal vez ultraje. Si la carta es rota en cientos de pedacitos entonces allí hay amor, desde luego ofendido, lo hay sin equívocos, aún respira, aunque sea por la herida; pero también hay rencor, deseos de venganza, que es la forma más violenta y última del amor”.
¿Por  qué recoge los fragmentos de cartas? Leamos ese porqué: “Yo recojo… esas cartas del suelo (…) y las preservo para que la posteridad conozca y juzgue la actuación de otros corazones; las exhibo aquí (en su libro) para que otros sean testigos conmigo de los atardeceres del corazón en la vida de los demás (…)”.  P.  108
Al darnos la bienvenida a “esta antología de historias rotas”, el autor nos invita también a asomarnos al corazón de otros que palpitan en ritmos diferentes” y esas palpitaciones expresadas en las reconstruidas cartas, de las cuales transcribo partes, son de:
Amor:
“Quiero decirte tantas cosas que difícil me sale la primera .Quiero contarle cuanto siento su presencia y cuan quisiera que permaneciera compartiendo mis espacios….”. (Recogida en la estación del Metro, Madera). P.  11
“Amor me ha traicionado el corazón, Perdóname, Yo crei que en esta terrible lucha entre mi orgullo y el amor que siento por ti triunfaría el  orgullo. Me he engañado…” (Recogida en Bello).  P. 18
Desencanto:
Mi traición escribo  esto porque tengo rabia y mucho dolor en mi corazón gongora el que ama con el corazon ayer después de que yo me jui para la sede…”  p.  26
Amistad:
“hola ¿como estas? Espero qué bien Meli quiero que seas mi amiga y si pasamos a 5º jutas en el mismo salón…”  p. 28
Ira y despecho:
“querido y estimado amigo mio espero te encuentres bien… tu tienes muchos ostaculos para estar conmigo tu crees que esta bien hecho lo que me hiciste dejarme esperando el sábado bestida y alborotada…”  p. 30
Reclamos severos:
“esta es con el fin de ponerle final a este problema es para comunicarte…. Es que yo observo que tu como profesor nos has dado mucha larga y has sido muy condisendiente con nosotros los indisiplinados…” (recogida en Amagá) p. 42
Gracias y adiós:
Gracias por permitirme haver estado a tu lado todo este tiempo, por dejarme tantas enseñanzas que poco a poco he ido aplicando en esta absurda cohexistencia…”  (Recogida en Las Cabañitas). P. 43
¡La verdad!
“Ovidio: nunca había conocido a un hombre tan mentiroso como usted que vive muy mal con Martha y duerme en la misma habitación con ella… es muy bueno uno darse cuenta de las cosas por eso no vuelvo a confiar en usted yo me pregunto que estoy haciendo con usted…” (Recogida en Las Cabañitas). P. 45
Regalo de amor y amistad:
Hoy estoy muy pobre con cariño tu amigo secreto”.  P. 53

Y en la página 127, el autor sintetiza así una grave situación:
“Sexo y drogas son el denominador común en algunas notas recogidas en las afueras de los colegios o universidades; diálogos a manera de chats no virtuales; hojas de cuaderno que van pasando de mano en mano entre los participantes de estos coloquios juveniles, conversaciones secretas a espaldas de maestros inocentes, o quizás conscientes de la situación pero atados de manos en su proceder ante la agilidad felina de los jóvenes de hoy día para escabullir esos materiales comprometedores”.
Lucila González de Chaves
Junio de 2012

Viaje al cielo de Crescencio Sánchez

Los dejo con una nueva historia de Alberto Mejía Vélez, colaborador permanente del blog y persona de harta sensibilidad y sencillez.

Por Alberto Mejía Vélez: Habitación 425 de alguna clínica. Compartida por dos pacientes que esperan sanidad. Uno de ellos es una mujer entrada en años de raza negra, a quien se le estaba deteriorando el corazón ¿Sería de tanto amar a su Chocó o quizás la devoción a su negro del alma? A su lado está el esposo; y al otro lado junto a la ventana, su nuera.

Crescencio Sánchez, esposo de la paciente, haciendo honor a su raza, es parlanchín. Sin pensarlo empezó a narrar su “viaje al cielo”: “Había mucha gente haciendo fila por un camino como de un metro de ancho, lleno de flores a ambos lados. No conocía rosas de diferentes colores adheridas a un solo tallo. Llegamos a un gran salón hermosamente iluminado con una claridad que cegaba. Se escuchaba una música que regocijaba el corazón. El piso era igual que el cristal; al caminar daba reflejos. Los que ya estaban allí, se encontraban en fila perfecta, los brazos extendidos a las alturas; todos postrados de rodillas. El salón era muy grande y cabían muchas personas. Nadie hablaba, todos miraban al frente. Al fondo existía una inmensa pared iluminada con mayor fortaleza, en la que unos bellos angelitos daban vueltas alrededor de un anciano vestido de un blanco resplandeciente en el que se descargaba una abundante barba. Él, estaba sentado en un inmenso trono hecho de nubes tan blancas como sus vestiduras”.

Era amena su conversación y la narrativa llevada con ahínco. Posaba la mirada con cierto hálito de malicia, que enmarcaba en una tenue sonrisa. Estábamos atentos esperando que continuara una historia que brotaba de la imaginación de un ser sencillo y humilde, lleno de devoción. Él, seguramente, estaba en ese momento adentrándose en oración, por los lugares desconocidos en busca de la cura para su compañera de vida. Por desgracia, no pudimos conocer el final; llegó la enfermera al 425 y nos hizo retirar…

La piedra de machacar la carne

Por Alberto Mejía Vélez.

De los grandes inventos de la humanidad: la rueda. Los primitivos (yo no los vi), le dieron con paciencia a la roca, hasta volverla esférica. Pero el cuento no es ese.

Lo que sí sabemos es que en los hogares de hace años no podía faltar la ‘piedra de moler’, en cocinas y en las manos de las amas de casa. Cuando el Adán y la Eva, se enfrentaban al cura y ambos decían: sí, Padre, quedaban amarrados para siempre con el compromiso de no ‘poner en el monte’, esto es, no jugársela a la pareja. Lo primero que hacía el varón era ir al río o quebrada más cercana a buscar una piedra que tuviera la forma y textura que eran indispensables.

Un acertijo se escuchaba por los caminos, trochas; en juegos infantiles y reuniones familiares: “María larga y tendida y su hija bailando encima”. Respuesta inmediata: ¡piedra de moler! Eso recuerda cuando la madre, que ya había picado tomates, cebolla ‘junca’, ajo, cilantro, achiote, buena cantidad de comino; le daba la bendición con gotas de vinagre sacado de cáscaras de piña que se guardaban en un frasco hasta fermentar. La mano empezaba movimiento rítmico con la piedra de moler para ir mezclando los ingredientes que ya lanzaban a los cuatro vientos ese olor inolvidable, que acrecentaba el hambre del más anoréxico de los mortales. El raspado que quedaba, la madre se lo untaba en pedazos de arepa a los hijos pequeños.

La bendita piedra, después de prestar servicio, se lavaba y secaba e iba a dar como cuña a una de las puertas que el viento hacía golpear. Tenía tantos oficios según la imaginación. El gato lo sabía bien. Cuando oía machacar estaba presto a maullar envolviendo la cola, esperando pedazos de ‘ñervo’. El marido que encontraba a su media naranja, salida de tono, con la piedra en la mano; regresaba por donde entró sin emitir palabra, yéndose a pasar la noche junto al perro, que al verlo le meneaba la cola; ambos sabían que Dios mandó a huir del peligro; sobre todo él, que era el ‘limpiapiedra’ de la casa paterna.

Nos “juimos” de aquí – Alberto Mejía Vélez

Por Alberto Mejía Vélez

La vida hogareña se había convertido en un infierno. “No me he podido amañar ni un solo instante en este barrio; sacame de aquí antes de que me de una trombosis”, se lo decía antes de irse al trabajo, al llegar y en los fines de semana, con mayor intensidad; solo faltaba arrodillarse. Se lo decía de buenas maneras; le subía el tono al igual que doña Ramona, la esposa de don Pancho, el de tiras cómicas.

Cogía al niño pequeño entre los brazos para mostrarle que él, todos los días, estaba más flaco, “seguro era por el aire viciado que provenía de la esquina”, lugar preferido por los fumadores de ‘maracachafa’. Trataba de darle celos al contarle las miradas lascivas del tendero y Cornelio el de la carnicería cuando compraba el ‘diario’. Lloraba a moco tendido contándole la forma en que la observaban las viejas chismosas que salían de misa y escuchaba el murmullo cuando la deshollejaban, especialmente de la parte que la espalda pierde el nombre. El marido nada de nada.

No existe algo que no tenga su fin. Un viernes en la noche llegó el esposo con muchos tragos de más: “Mija, empiece a empacar que mañana por la noche nos vamos”. Mientras el marido dormía la rasca, ella cantaba al son del radio y movía las caderas llevando el compás de música costeña; se deslizo hasta la cocina para apagar las velas que le había prendido a cuanto santo le manifestaron que hacía el milagro de sacarla.

Estaba tan contenta con el trasteo que no preguntó para dónde iban. En la partida, al pasar por un hueco, sintió que algo cayó al suelo; miró y alcanzó a ver al Corazón de Jesús hecho pedazos en medio de la vía. No dijo nada y con la punta de la blusa, se enjugó una lágrima.

¿Tardará mucho? – Pensamientos de una perra

Por Alberto Mejía Vélez

Las sensaciones de angustia, desamparo y placer, no solo son de los llamados pensantes. Así como el amor tampoco es monopolio de ‘los reyes de la creación’.

Desde su atalaya, con la mirada fija en el punto por donde ha de aparecer el que la hace aullar desde hace algún tiempo. Espera, ansiosa, su aparición en compañía del amo. Sabe que andan juntos, porque así pasaron de ida. -¿A dar un paseo? ¿O a comprar la bolsa de comida que se ha vuelto tan cara?-.

Por momentos en la rapidez de su cerebro, la torturan negros pensamientos. Ella en la ventana que sus dueños le asignaron como lugar para el descanso y seguramente, también, para que no estorbara en la limpieza de la casa. Ha visto pasar a muchos amos con sus perros y jamás regresan; solo el hombre con la cadena en una de sus manos y con una extraña sonrisa.

Ella ha observado con frecuencia ese procedimiento inhumano que la hace padecer y se llena de temor. Siente que el tiempo ha pasado y no es la misma, como cuando era ágil y bajaba con rapidez las escalas a la ladrarle al desconocido que había tocado la puerta. Notaba también que se pasaba por la época en que no se los adquiría por la devoción en amar, sino por lo extraño de la raza y su valor en dinero, que es una forma de demostrar categoría, atiborrada de petulancia. No. Sus amos no eran así. Eso la hacía estar tranquila.

La alegría le llegó, al ver en el principio de la subida de la calle, los retozos del sabueso canelo, que no dudaba, sería el padre cariñoso de una hermosa camada…

El final del vuelo

Por Alberto Mejía Vélez

El cucarrón, cansado de revoletear por las alturas, empujado algunas veces por la fuerza de viento u otras, llevado en artísticas marionetas de la brisa suave; cae estrepitosamente contra el suelo.

En el ayer pasó por encima de suntuosos edificios haciendo mover con fuerza el par de alas; vió desde la inmensidad del firmamento los espacios de pobreza, las grandes discotecas donde el ‘amor’ se vende; miró a los recolectores de basura que otros arrojan y que son sustento de la familia; escuchaba el ruido de las motocicletas en precipitada huída, gritos de angustia e hilillos de sangre que aun corrían por el pavimento con su rojo apagado y mal oliente; llegaban en sus vuelos hasta las antenas las promesas no cumplidas, el grito del parto de las madres bebés  y la primera mirada del hijo sin futuro. Bajaba casi hasta tocar el suelo y percibía los suspiros jadeantes en los moteles y el sonido de copas que celebraban el final de una doncella menos y podía escuchar, el conteo de billetes con los que una familia se podría alimentar o pagar los estudios.

Viajaba buscando otros horizontes por las cordilleras y oteaba las hermosas fincas en donde, en otros tiempos, vivían en mancomunidad los ancestros, el trabajo honrado, la fidelidad, la humildad y la palabra notarial; pero ahora no veía nada de aquello. Donde estaba el cafetal, encontró la piscina; en la otrora cocina, caliente y acogedora que le daba vida a la chimenea, estaba instalado el bar, y en las piezas decoradas con el daguerrotipo familiar e iluminadas por el crucifijo al amparo de la Virgen del Carmen, se convirtieron en mullidas camas donde el sexo llega al paroxismo.

Regresó cómo pudo, sacando fuerzas donde ya poco había, lleno de desilusión, dejó que sus alas se detuvieran. Cayó y la poca vida que le quedaba, se la apagó el zapato de un transeúnte.

La angustia de la última mirada


Por Alberto Mejía Vélez

Los días traen, a cada instante hermosas postales. Para verlas se debe andar con los ojos bien abiertos y haber dejado detrás de la puerta: odios, resquemores, celos, angustias y envidias. La hermosura está junto a ti.

Hay quienes se internan en la espesura del monte buscando el paisaje; otros se adentran en la profundidad del mar para encontrar lo que sus aguas esconden. ¿Será que cuenta las flores lleno de admiración? ¿O hará con sus manos temblorosas limpieza y poda? No es nada raro que el aroma lo transporte al pasado, cuando con el corazón henchido de amor llevara ramillete acompañado de guitarras y tiples a la mujer que colmaba todo el ser, sin que quedara espacio para nada más.

Puede ser que la angustia de la mirada, sea de saber que falta tan poco para abandonar las alegrías del pasado o el amor de seres queridos. No es raro, que busque entre palomas y flores la compañía, para contar historias que en su casa ya nadie quiere escuchar; él lo supo, cuando lo mandaron a dormir a la última pieza junto al crucifijo, que lo acompaña desde antes de la procreación de los hijos.

La naturaleza, el amor y la paz, la encuentra en lugares prestados. Nada rima en sus palabras, ni su voz enamora la vida material. Sólo la flor escucha su monosílabo carrasposo: ¡Ingratitud!

De frisoles con coles y de montañeros

Por Alberto Mejía Vélez. Aquí se ha llegado al paroxismo. El manjar de los dioses. En España, los llaman judías, ¿será porque los hebreos, parece ser, han sido comelones del fruto de esta planta leguminosa? ¡Vaya uno ha saber! Pero parece que la cuna es la de los ‘manitos’ está en México.

Por estas breñas de don Tomás Carrasquilla, es el plato que no puede faltar en la mesa del más encopetado  o en la humilde casa de chimenea humeante. Según la alcurnia se les denomina: fríjol, frisol, frijol, etc. Pero la auténtica que viene desde la montaña arriba, son frisoles con coles o con plátano verde ‘picao’. Muchos, los prefieren con cidra ¡todo va en gusto o la región de donde provenga el comensal! Los hay liborinos; se encuentran grandes, pequeños, rojos, amarillo y hasta negros, pero los que mejor se ven en el plato ante los ojos y el gusto son los cargamanto, ya sean rojos o blancos a quienes se les ha echado garra de marrano criollo. No puede faltar a esa vianda extraída de las cercanías del cielo, el ‘hogao’, que le hace juego al apetitoso manjar.

Cuando se juntan los frisoles, la arepa, aguacate, chicharrón de siete patas y la mazamorra en la culinaria maicera, se ha llegado al momento culminante de chuparse los dedos; ‘aloye’ mi don. Cómaselos ‘jirviendo’ con su carne en ‘polvo’, pa’ que le sepa ‘gueno’.

¡Ah! los que le sobraron, se comen al desayuno del día después en ‘calentao’, con arepa delgada o ‘tela’, dorada en el fogón y no olvide la tajada de quesito hecho con leche de vaca negra.

Se dice de alguien que vivió un tiempo en el extranjero y cuando anunció el regreso, la madre le preparó un buen plato de frisoles para sorprenderlo; al sentarse a la mesa, le dijo a la progenitora: ¿vieja, que clase de frutillas son esas?

“La mazamorra piláa”

Alberto Mejía Vélez, es un joven lleno de sueños, un joven de 72 años de edad. Anoche nos mostró su casa y su hermosa sencillez en El Colectivo, programa de Teleantioquia dirigido por Andrés Mora. Mejía me dejó entrar a su casa y a su cálido corazón y hoy me tratan como a un hijo más de su camada. Este joven sigue haciendo realidad sus sueños, como el de compartir la memoria no conocida por la niñez de hoy. Viejo: ¡Disfrutalo! Gracias.

Por Alberto Mejía Vélez

¡Oh! aquellos tiempos. Desde la puerta de tranca, el caminante al saludar, escuchaba una voz amigable al interior de la casa que invitaba a pasar y a sentarte en el tarimón, que los antioqueños llamamos tarima del corredor; y una mujer, que no ocultaba el embarazo, traía en sus manos una taza inmensa, repleta de mazamorra con unos granos igual que pelotas de ping pong, donde no faltaba el dulce machacado. “Siéntese mi don a la fresquita, tome aliento, para seguir la jornada”. Hoy eso no se puede hacer.

“Se llamaba mazamorra al guiso con el que se alimentaba a los galeotes: remeros, casi siempre forzados, en los navíos llamados galeras, y a los marineros. Consistía en las legumbres disponibles, generalmente lentejas y garbanzos, cocidos juntos y aliñados con algunos vegetales disponibles como pimientos”. Wikipedia.

Pero por estas breñas de maiceros, la cosa fue distinta. Heredamos de los aborígenes el amor por la nutriente mazorca que sonriente nos brinda encantos. Las amas de casa madrugaban a desgranar para echar en el fondo del pilón y con la mano, acertar golpes que fuera descascarando el grano, hasta ir a parar en ollas de barro, que a fuego de leña iba tomando un olor que se expandía por la casa, enredado en el canto de las mujeres amantes del esposo, hijos y del trabajo honesto del hogar. Eso también ha sido desalojado por el modernismo.

Ya esos ajetreos, que eran unidad familiar, se han cambiado por salir a la puerta, a la espera de quien ha hecho de la costumbre montañera, un oficio lucrativo. El grito del vendedor se escucha a lo lejos: “mazamorra… mazamorra pilada”, a $500 el cucharón; la leche la pone usted, si acaso tiene dinero para la bolsa y la endulza con el recuerdo.

“Surrunguiando” pensamientos

Por Alberto Mejía Vélez

El sol caía casi vertical. La sombra estaba bajo el cuerpo y del pavimento exhalaban vapores por evaporación; así redunde fue que lo pensé.

Trabajar como ambulante era lo único con lo que podía contar para subsistir, así como lo hacen miles de personas. Se había ubicado estratégicamente, tal como lo hacen las grandes compañías del espectáculo cuando, con publicidad, invitan a llenar los estrados de imponentes teatros.

A la guitarra se le habían encontrado los mejores acordes. La ‘taquilla’ terrestre al alcance de la mano; el tinto y el agua, para aclarar la voz; y el mejor amigo en primera fila, para que ayude a no perder la fe que a veces lo abandonaba.

La lucha contra la adversidad había formado en él, un espíritu guerrero.

Todo lo podía perder en un instante, jamás la compañía de su perro -sería como extirparle el alma-. Para él, ‘surrunguiaba’ las 6 cuerdas en armonía; por él, sus esfuerzos por vencer las dificultades climáticas y para él, su existencia. La mascota sabía, sobre su amo, que también tuvo veinte años. Ambos estaban seguros, de que el amor existe más allá del sexo.

“Coja oficio que la vida no está pa’ bobadas”

Por Alberto Mejía Vélez.
Todo estaba listo: pinceles entre el vaso, aceite de linaza, pomos con óleos multicolores, trapo, recipiente para limpieza, trementina, lienzo, paleta, caballete y… ¡manos a la obra! Los ingredientes habían salido de dineros ‘capados’ al bastimento casero, esperando que la consorte, mujer de armas tomar, no se llegara a dar cuenta del desfalco.

En un rincón, ‘agallinao’, empezó hacer la obra pictórica que tanto había soñado desde que se destetó del hogar paterno. Con trazos largos y de colores fuertes iba delineando la figura femenina, encontrada en una revista para que le sirviera de modelo. Se alejaba del caballete para observar: ¡Sí! las cosas andaban bien. Untaba y mezclaba en el pincel colores que le fueran dando forma y realce. Sentía satisfacción y paz absoluta en lo que realizaban sus manos, que no fueron hechas para labores bruscas sino para la delicadeza, el amor y el arte.

Al terminar el cuadro, iría a engalanar uno de los lados de la pared de la sala, “En aquel”, se dijo, que quedaba enfrente de la ventana para que cuando la gente pasara fuera observada y admirada. Estaba embebido en los pensamientos y casi listo para firmarla, cuando sintió un estrépito de rayo. Voló por los aires la parafernalia artística, que quedó como ‘carne en polvo’. En un instante alcanzó a ver su obra desastillarse contra el dintel de la puerta.

La esposa, era el huracán que todo lo destruyó en un abrir y cerrar de ojos. “¡Ve este langaruto! ¿A vos quién te dijo qué de eso se puede vivir? ¡No me creás tan ‘collareja’! No sólo ensucias las ropas de los niños, sino que das mal ejemplo. Coja oficio, mijo, que la vida no está pa’ bobadas”.

La comunidad animal y el egoísmo del hombre

Esta foto de Alberto Mejía me fascina en el sentido de la mirada, una mirada que ve lo desapercibido, lo despreciado. Es el ejercicio de estar más presente, vivo, atento. Es la acción de buscar y ver, agacharse y reír ante la grandeza de lo pequeño.

Por Alberto Mejía Vélez.

Quizás, la lombriz había salido a explorar la noche anterior, perdió el equilibrio y ya no pudo regresar a su túnel; batalló por sobrevivir hasta fallecer. Comenzaba a aclarar el día y la hormiga sintió el llamado de sus antenas: olor a comida y su origen. Al llegar, se asombró con el tamaño de la presa. Sus fuerzas no serían suficientes para cargar el apetitoso plato del día.

¿Qué hacer? Se comunicó con sus congéneres que fueron llegando uno a uno, hasta formar una abigarrada multitud. Cada obrera recibía, de la reina, la orden para empezar, unidas, el fatigante trabajo de cargar al ‘hombro’ el majar, el cual llevarían por las hendijas donde estaban radicadas, víctimas desde aquel día en que partieron del patio posterior desalojadas con agua hirviendo.

Una tras otra se fueron acomodando debajo del invertebrado, esperando el mandato de alzar: “un, dos, tres”, gritaron y la lombriz se empezó a mover, cargada por la fuerza de la unidad. El recorrido era extenso y fatigante, pero era necesario hacerlo. Por días no faltaría alimento en la despensa y el hambre no las acosaría.

¡Mundo pequeño, que irradia sabiduría! “Manque” parezca raro, al ser humano le quedó grande el accionar dentro de la comunidad. Es ‘cusumbosolo’, ‘echado patrás’, egoísta, mentiroso, fanfarrón y otras bobaditas de memoria genética que lo hacen diferente a la comuna de pequeños seres, mirados indiferentemente por encima del hombro.

“Ahí tá pes”, el meollo. No sabemos agruparnos y, menos, compartir. El sufrimiento y la necesidad ajena nos importan un ‘bledo’. Cada uno se precia el ‘buenavida’ de la creación cuando solo somos unos ‘calzonsingentes’ y nada más.

“Atraigo, ligo, ato al ser amado”

Por: Alberto Mejía Vélez

Iba para el Centro, no a la guachapanda, como quien se ocupa de algo o de alguien. ¡No!  Quería salir a ‘loliar’ a los almacenes y centros comerciales y ver en los escaparates, lo último de la moda. Eso, le había dicho una amiga, era magnífico para desestresarse; según le había dicho, a su vez, el médico de la EPS. Al llegar a una esquina concurrida, el espacio se llenó de papelitos que los vehículos, a su paso, empujaban hacía al cielo; al caer entapetaban la vía.

Caminó pocos pasos cuando, jóvenes, ancianos, incapacitados y mujeres; entregaban en las manos de los transeúntes la curación a todos los males. Papelitos tan surtidos como una bandeja paisa. Los humanos -no sé porqué- somos amantes a ‘agüeriar’, o sino démosle un vistazo a lo que se siente al ver una mariposa pegada de la pared; oír el ‘currucutú’ a media noche, un gato negro sobre el tejado, etc.. Los pelos se ponen de punta, la epidermis como piel de gallina y  ¿por qué no de gallo?

Ahora se dice “ligar” cuando hace mucho, la gente del común, le decía a una madre: “Mija, a su hijo lo enyerbaron. Él que era tan ‘avispao’ ahora anda ‘aleláo’”. Los celos se remontan a la creación del mundo. Adán no los pudo ocultar cuando le reclamó a Eva por las charlas clandestinas con la serpiente. Nosotros recordamos que de allí nació la moda del vestido ¡Y qué precios!

Había camino pocos pasos, dijimos y le echó mano a la hojita que le ofrecieron, la depositó en fondo del rebujo de la cartera, entró en la iglesia, oró ante la imagen de predilección, llegó a la casa y tomó el teléfono: Señor, quiero que ligue a mi esposo de 80 años, que se cree de 20 y no hace sino dar lora, hablando disque de polvos…

“Los animales son hombres disfrazados”: leyenda africana

Por: Alberto Mejía Vélez.

Oscuridad fabricada por la altura de los edificios, bullicio insoportable de vehículos y gente. Todos, atropellados en una carrera sin fin; sin estacionamiento. Unos, bajan y otros, al contario, suben. Se golpean inconcientemente o se paran en el jarrete de quien se ha adelantado.

El jaibaná, al implorar los espíritus jai junto a la quebrada que atravesaba el bosque, jamás les había dicho que terminarían asentados en la prisión amurallada de hierros retorcidos amarrados con argamasa de ciudad.

Unos, estaban inclinados sobre los surcos de horticultura; otros, engreídos en la pesca y hasta niños lanzaban flechas en busca del animal que calmara el hambre. ¡Qué calma!

Las ingenuas miradas se posaron en el hombre blanco, al llegar sin aviso, en una maloca. ‘Arrozudos’, ‘agallinados’ y desalojados han ido quedando los Emberá ¿oites?.

Otrora, se enseñaba en las cartillas, que los indígenas eran los verdaderos dueños de la tierra. De eso pasaron a ser los mendigos en esquinas y aceras; respirando el humo envenenado de los motores; recibiendo miradas despectivas e interrogantes de transeúntes hartos; explotación inmisericordiosa de seres sin consciencia que les roban hasta el último centavo, que va a parar, a cantinas y en horas de la noche, en casas de bombillos rojos.

En sus miradas se puede ver el temor, la angustia y el hambre. El hogar quedó allá, lejos, rodeado de árboles, quebradas, riachuelos, costumbres, folklore; de sol diario, luz de luna en noches de calma y luceros titilantes. Paz que se fue perdiendo con la llegada de los afuereños que han acrecentado la hacienda y disminuido el territorio de ingenuos compatriotas sacrificados por la injusticia.

Los ‘cacos’, solo han dejado cacas

Por Alberto Mejía Vélez.

Siempre fue una casa lúgubre, habitada, últimamente, por una persona que hacía poco por tenerla en buen estado. Por algo inexplicable, un día salió para nunca volver. En el pasado aquella propiedad fue admirada, pero como sucede siempre, la soledad y el abandono fueron haciendo mella.

Alguien le hizo un muro para blindarla de personas indeseables, sin embargo, cada día que pasaba algo había desaparecido de la estructura. La pregunta de los vecinos asombrados era: ¿cómo y por dónde?

La puerta principal y las ventanas ya no cubren el interior; los postigos cerraron sus ‘ojos’ y no miran con disimulo a los transeúntes; las habitaciones que fueron refugio de amores, besos y pasiones quedaron al descubierto para la entrada de murciélagos. Las rejas que brindaban seguridad y adorno en el ayer, solo son unas cuencas vacías y taciturnas, por la que penetra sin riesgos el aire gélido en el anochecer tétrico del barrio y las siluetas móviles de criminales tenuemente iluminadas por la luna, a veces traspasada por las nubes.

Por la imposibilidad de transporte se han salvado los muros, tejados y tuberías. La casa, llora. En el llanto, es acompañada por murmullos de antiguos habitantes que ven cómo ha sido carcomido por la indelicadez de la ambición, la ignominia y la inseguridad. Se sientan en el vacío a recordar aquel pasado de calma, sinceridad, armonía y familiaridad. En voz baja se relatan el nacimiento de hijos; la profunda alegría en el advenimiento de nuevos seres que prolongarían su estirpe; el llanto fúnebre ante el primer muerto y el esparcido olor a flores, que hoy, ha sido absorbida por el de las cacas depositadas por los ladrones.

Un par de viejas botas – Coloquio

Por: Alberto Mejía Vélez.

Se quedaron bien paradas, tal como las dejó el ingrato dueño.

La izquierda le comenta a su par: ¿No sientes nostalgia de ver la forma, cruel, en que fuimos arrojadas a la calle?

¡No! Es el comportamiento natural del ser humano. Nuestro dueño nos sacó de la vitrina en donde estábamos, a la mirada inquisidora de ojos que nos querían deseaban. Muchos nos despreciaron por color; otros, por tamaño; la mayoría, se detenía, miraba y, al ver nuestro precio, se devolvían nostálgicos.

El señor qué nos alejó del lugar en donde permanecíamos tranquilas, estaba acompañado de una bella mujer. Salió feliz con nosotras bajo sus brazos, nos paseaba por lugares exquisitos, bailábamos con él hasta largas horas de la noche; golpeando, algunas veces, a la hermosa pareja y hasta nos le paramos en un callo.

Muchos de sus amigos nos miraban con envidia, diciéndole que estaba muy ‘titino’ con sus botas nuevas.

¡Nos gustaba tanto cuando nos llevaba al parque a que nos lustraran! nos hacía cosquillas ese vaivén del cepillo y aquella delicia de sobarnos con trapo para que nuestro color relumbrara.

Recuerdo cuando el lustrador me daba un golpecito en la punta, para qué me bajara de la cajita y tú pudieras subir

¡Gratos momentos!

No nos gustaba cuando los pies del dueño sudaban en exceso.

¡Verdad!

Nos pasaron los años y con ellos, nos llenamos de raspones, perdimos el brillo natural.

Los tacones se torcieron y el cuero se agrietó. Ya el amo ha mirado con codicia a otras más jóvenes.

Por eso estamos aquí, esperando el sonido de la campanilla del carro recolector de basura, para emprender el viaje sin retorno. Allá donde tiran las cosas que no sirven.

¡Ajá!

Las papitas de don Manuel

Por: Alberto Mejía Vélez, invitado permanente

Estaba desempleado. Cierto día salió de su casa a recorrer las calles y en el camino observó a alguien que fritaba papas en una olla y después las empacaba en pequeñas bolsas que pasaban, luego, a manos de niños y mayores para ser consumidas así: fresquitas. ¡Ahí está mi salvación!, pensó, tengo qué buscar un buen lugar, se dijo.

Buscaba un sitio que no fuera peligroso y por donde deambularan buena cantidad de personas. Llegó a la plazuela de San Ignacio y el “fogón se prendió”. Comenzó con medio costal de papas, a un costado del atrio de la iglesia; desde temprano hasta entrada la noche.

Desde 1970, fecha en que comenzó, las cosas han cambiado mucho. Los niños de aquel entonces que correteaban por las bancas. Hoy, ya mayores, arriman por el paquete de papitas acompañados de sus hijos; ya no son cortadas con cuchillo, sino con un aparato qué lo hace milimétricamente o piden la bolsa de papita criolla, última invención en su ventorrillo.

¡Los tiempos han cambiado! Ha visto desaparecer casas antiguas del entorno para darle cabida a la modernidad. Vio la partida de la Universidad de Antioquia, aunque aún observa a ilustres personajes ingresando a disertar en el Paraninfo. Las damas encopetadas que salían de misa del brazo de caballerosos esposos, se han ido perdiendo del panorama. Fueron apareciendo loros con su algarabía desde lejos; venteros de tinto y cigarrillos en sus coches de bebé, adaptados para tal fin.

Pasan los años y escasean los cabellos, los movimientos se han hecho lerdos. El nuevo panorama se ve con ancianos cabizbajos que huyen del estorbo y buscan refugio bajo de las palmeras, recostados en las bancas. Llegaron también aquellos que le temen a la realidad y su pasado escondiéndose en el alcohol. Hizo su aparición el experto en cartomancia y otras brujerías con los que embauca a cuanto incauto camina por allí.

Don Manuel sigue allí, firme, con su venta de papitas fritas que le dan la ‘papita’ del hogar.

De regreso al nido de los sueños juveniles

Por Alberto Mejía Vélez, invitado permanente.

Cuando nos montamos en el vagón del Metro, para dirigirnos a Copacabana, el corazón palpitaba dela misma forma en que sucedió al visitar por primera vez la noviecita al escondido de la mamá.

El día adormecía y un cielo rojizo y amarillento hacía más nostálgica la ocasión y, peor, ver como la calma antañona se destrozó con pitos desabridos de vehículos que cruzaban raudos.

Aquel parque y la esbelta palmera, observados desde la torre de la iglesia, estaban iluminados de bombillos multicolores. La mirada escudriñaba entre transeúntes: ninguno tenía el rostro del amigo que se quiere uno encontrar. ¿Para qué preguntar? de seguro dirán: se fue a dormir al sueño eterno.

Algo llamaba la atención. Eran unos pequeños recuadros iluminados en los que estaban adheridas fotos antiguas de caserones en los que durmió por años la hidalguía. Hoy ya no existen. Otras imágenes, de personajes típicos que hacían reír con sus travesuras. Estaba la peluquería de Víctor Gallo; aquella a la que nos llevaba el papá para la motilada, mientras él leía revistas viejas, arrumadas en una mesita ‘desangarillada’ casi para irse al suelo. Todos la llamaron: La Esquina de Zacarías, por el propietario de la tienda; reconocida por la mejor avena que haya pasado por mi guargüero, salida de manos del viejo transportador de carros de bestia.

Regresar al nido de los sueños juveniles sin que nadie te reconozca, es hurgar el alma con el filo del olvido.