El estigma del algarrobo

La cocada, el corozo, el arequipe, el tamarindo en dulce y en fruta, la papaya, el bocadillo, el anón, la piña, la breva con arequipe, los panderitos… en fin; decenas de productos en un pequeño espacio que encierra el folclor alimenticio de un territorio. Pero más allá, a la derecha, colgado, desapercibido; cuelga el polvillo mágico que ayuda al colon, conocido por su fragancia que, en chiste, dicen, se parece a la pecueca: el algarrobo.

Con una estima que podría tumbar al más débil, este fruto es rechazado con bendiciones y contras audibles; no lo quieren en las casas por pena a las visitas, no la quieren y le temen mal aliento; pero lo que no saben quienes la rechazan, es que es enemiga del mal del siglo 21. El algarrobo o la pecueca, pone a trabajar el colon de manera regular, lo mueve, le invita a contraerse y a ejercitarse muscularmente para que el cliente viva sin estrés; regular, visitando el cuartico diario.

Bendito sea el hombre, la tierra y sus frutos

Viajar por tierra no es la segunda opción de quien no puede viajar en avión. Viajar por tierra es permitirse ver la película de la naturaleza a través de una ventana que nos muestra su propia edición de imágenes, sus propios matices y nos permite ver la película en quinta dimensión: las tres dimensiones del volumen, la dimensión del movimiento, y la quinta, la del olor. Porque a la par que vemos la escena multidimensional que queramos observar, se nos cuela por la nariz, la multitud de fragancias del campo, del campo y sus leñas, de sus leñas y sancochos, de sancochos y sus gentes, de sus gentes y los sembrados, de los sembrados y sus árboles, de sus árboles y los vientos que, de nuevo, nos traen las fragancias de sus leñas y así, cada vez colándose nuevos olores a nuestro cerebro.

Bendita la tierra, bendita ella y sus frutos, benditos ellos y el hombre que los siembra.

Corozo, aguacate, algarrobo, chaparro rojo para el azúcar en la sangre, mango, banano y muchas frutas más, a borde del camino en la Quiebra de Guamito, vereda de Santa Bárbara en Antioquia.

De un museo impresionista y su obra comestible

Ya saben algunos que me gusta promover la visita a cierto museo en particular, un museo con obras temporales, itinerantes, donde sus obras son accequibles al público cotidiano. Algunos dejan de ir allí porque tienen un concepto errado de inseguridad, otros, desorden; pero ninguna de estas dos palabras habita en este espacio de la cultura.

Las obras que allí se exponen, a la vista y a la venta, son accequibles, económicas y comestibles; se trata de la Plaza Minorista de Medellín, museo de la cultura al que llevé por 12 años a mis alumnos de Comunicación Visual. Cultura, más no arte, aunque de este último también podemos encontrar si vemos los avisos hechos a manos de algunos locales, algunos murales y mucho de lo que llaman arte primitivista.

No se arrepentirán al visitar este museo de estética puntillista e impresionista con sus millares de frutas de colores, una sobre otra, itinerantes, esperando cliente, obra comestible cercana al bolsillo del comprador o del desprevenido. Sé que muchos no la conocen, pero si desean ir recuerden invitarme.

El orden “antinatural” de algunas naturalezas

Lo que el hombre ve ya está trastocado por el simple hecho de ser observado. Así, la naturaleza no sería tan “natural” como creeríamos. Los arquitectos y diseñadores de paisajes están virando su hacer hacia la “naturalidad del “caos” y están dejando de lado los jardines rectangulares, armados, milimetrizados, ordenados; están abandonando la manufactura de jardines artificiales, para acercarse a la “naturalidad” de los mismos, recreando pequeños bio-espacios con variedad de especies vegetales y florales, para reflejar, aunque sea de manera “virtual”, trozos de bosque, naturaleza o paisaje.

En los mercados populares, como el de la imagen en La Minorista, se refuerza, por el contrario, el concepto artificial del orden, acercándose a la geometría, al fractal, al orden especial que connota la calidad de los alimento ofrecidos. Estas geometrías unidas al color, potencializan el concepto y se acomodan en el tema del arte, el mercadeo visual, la comunicación sensorial.

Desde que el hombre abandonó la caza y la recolección de frutos, quizo mercar, más bien, e inventarse estéticas aparentes. Mercó y echó en un talego el fruto de su sudor, pidió devuelta y sacó para el pasaje, comió, compartió con los suyos y parió nuevas miradas.

Afiches y verduras: dos caminos tan diferentes

Doña Martha y don Jesús tienen negocios muy diferentes. Ella por un lado, encontró que a la gente le llama la atención los carteles bonitos de novelas y artistas famosos y que a los niños les encanta los adhesivos para pegar en todas partes; mientras que a él, le interesa más que la gente se alimente bien y por eso decidió desde hace 10 años vender frutas y algo de verduras.

Sin embargo doña Martha y don Jesús tienen algo en común: son esposos desde hace 15 años.

Colaboración de Juan Camilo Orrego Soto / Fotos tomadas en Girardota

Rellenando chorizos en Girardota

Y así entre charla y charla con su amigo el vendedor de variedades, don Mario embute y embute el relleno a la tripa ayudándose de un palito por aquello de la higiene, para luego hacer las divisiones y poner a secar el chorizo que luego venderá. La carne que ya no se vendió se la llevara en las bolsas que hay entre la bolsa que dice comcel a donde su amiga doña Nora, la vendedora de plátano, banano y verduras que tiene una nevera y que siempre le hace el favor de guardare la carne que al día siguiente esperara vender; por eso es a doña Nora a quien siempre le vende la mejor carne.

Ritmos cotidianos en la Plaza de mercado de Bello

Se madruga. ¿Dónde está la talega? – Se espera que los veintemil rindan. Se espera el bus, otros bajan a pie. Se llega, se camina y se comparan precios. Se pregunta de nuevo, y ya, teniendo los precios de la bolsa popular, se llena el talego con líchigo y se camina buscando más.

Se compra, se pide rebaja, luego de eso se pide la encima, encima se recoje una papa que hay en el suelo, está buena. A cómo la panela, a cómo la habichuela, a cómo el chonto, a cómo esa verbena.

Se llega a la casa, se pone la olla, se levanta el sanchocho que es lo más rápido que se puede hacer. Se sirve la mesa, se pica el cilantro, se come en plato de peltre, se sorbe la sobremesa, se limpia en la manga, se saca el palillo, se chupa pa dentro.

Y así mismo pasan los días de los que de lo alto descienden, bajan y se entretienen, suben y se detienen, en el devenir contínuo de sorbos y de comidas, de sudor y de sueño lento. Una siesta, me levanta ligero.

L.A.

Por: Gloria Cecilia Estrada.

Aquí no hay palmeras ni playas ni chicas ni chicos dorados por el sol; tampoco hay autos convertibles ni limusinas, ni casas de famosos con balcones y piscina, ni almacenes lujosos ni muchachos en patineta; no está la “clase de Beverly Hills” (ni la original del noventa ni la copia de ahora); ni se encuentra uno con Winnie the pooh saludando por la calles; desde aquí tampoco se ve la colina con las letras de HOLLYWOOD ni hay estrellas y huellas estampadas en el piso. En donde estoy se habla español, se come chile, se venden frutas de todos los colores, se regatean los precios, se escucha música en cada esquina, se exhibe ropa en los andenes, ofrecen comida china, los baños son sucios, hay que esperar con el almuerzo en la mano a que desocupen una mesa… Donde estoy también es Los Ángeles, California, es la plaza de mercado en el centro histórico de la ciudad, donde los mejicanos están reconquistando terrenos que un día fueron suyos. Una invasión cultural que se percibe con todos los sentidos.

Plaza de mercado en Los Ángeles. Estados Unidos. / ¿Quieres ver otra imagen de Gloria C. Estrada?

Una paradita saludable

El viento nos viste y nos rodea, el sol nos ve desde lo alto hace rato, El calor aumenta y eso nos dice los cercano que estamos a la alegría y el disfrute. Aromas de árboles varios entran por mi nariz, pero yo voy rumbo a Sopetrán, pero una paradita en plena vía no cae mal. ¿Cómo se llama esta fruta? – Níspero. ¡Ahh, ese es el níspero, ¿me deja probar? Claro, pero esa no que ya está podrida. Nena, ¿llevamos tamarindos pa la familia? Deme 4 paquetes por favor.

Y así nos detuvimos por un instante bajo el intenso calor ardiente por cierto de San Jerónimo, Occidente de Antioquia.

Carretera tropical

Guanábana, piña, corozo, banano… esperan por los clientes que rumbo a sus fincas pasan por esta carretera en San Jerónimo, Occidente de Antioquia. Y para probar estas delicias tropicales debes hacer pequeños sacrificios: para comer la piña, hay que pelarla; para saborear la guanábana, hay que descubrir las pepas y limpiarla de ellas; para masticar corozos primero hay que dárselos al infante para que juegue con ellos estallándolos con una piedra. Con el banano la cosa es fácil, pero por favor, no me deje la cáscara por ahí tirada.

Morcilla de Tejelo

Famoso en Tejelo, es la carnicería La Española en cuyas afueras se vende morcilla por montones y si usted pregunta que a cómo la libra, entonces la señora del dedo mocho y su ayudante le dan un pedazo de buche u obispo para que vaya probando el sabor.

Esta señora toma su cuchillo extra largo y con su mano de dedo ausente, detiene la morcilla para que no se le mueve mientras hace el corte. La sal es derramada sobre tal manjar de dientes negros y la compra es envuelta en papel kraf, ese mismo que se usa en los bultos de cemento.

En la imagen, mercado popular en Tejelo, detrás de EEPPM.

Explosión de rojo en Medellín

La comunidad amante de este seco alimento se encuentra feliz con la explosión de color y sabor ante la cosecha de chontaduro visible en las calles del centro de Medellín. Confieso que nunca lo había probado, hasta que en el anterior fotopaseo bloguero, Verónica de CON QUÉ SE COME, me invitó a probar el sabor de estas teñidas fibras de chontaduro. Su sabor: Seco, algo graso, fibroso como mango maduro pero deshidratado, muy seco. De poco sabor hasta que se intensifica con sal. Su color: Un naranja quemado muy profundo, intenso y casi mentiroso o artificial. Es que hay que probar nuevos sabores y decidir si se repite o no.

Toñito ¿Se te acabó el madroño?

Pues sí señores, una chaza de la carrera Cundinamarca vende cuanta fruta rara hay en la viña del Señor o sino es rara, por lo menos escasa. Entre otras frutas, venden madroño aquella fruta de la canción: Toño, ¿te casaste Toño? Toñito, ¿se te acabó el madroño? Toñilas (¿y de aquello nada?) ehhhh, a ver las dos guayabas. Lo bueno fue ver la cara de una alumna mía probándola por primera vez. Nada como sentir algo nuevo, inesperado y único. Foto tomada por Diana Cristina Miranda, alumna mía de Comunicación Visual. Puro color.

Bebé encaletado

Es la segunda foto que tomo de un bebé encaletado entre el mobiliario de trabajo. En esta ocasión, es el bebé de Lady vendedora de legumbres en la plaza minorista de Medellín. Este afortunado niño, goza de la compañía de la mamá mientras ella trabaja, gozará de una buena alimentación basada en frutas y verduras, legumbres y tubérculos. Este bebé goza del cuidado de su madre y abuela. Este bebé goza de la buena compañía de los vendedores de la plaza, sonrisas y buena merca. Bendiciones para el bebé.

Si quieren ver otro bebé encaletado…

Juan David sigue creciendo

Caseta con niño adentro