Los que viven de la olla

Estos hombres están en la olla, no económicamente, sino en el negocio de la olla: en la venta ambulante de la olla, esa que nos sirve de batería para adornar cocinas, no la olla a la que tantos le hullen y que atemoriza como Parca hambrienta de víctima. Entonces, valdría decir mejor: estos hombres está en lo de la olla. Aclarada la frase, procedamos a determinar para qué tanta olla:

  • La pequeña para una infusión de Diente de León, agüita recomendada para el hígado.
  • La que le sigue (arriba-abajo) para poner a hacer un cafecito, “questá siendo mucho frío” (Sic).
  • La otra pa’ una aguapanela está bien.
  • Un sudao pa’ la siguiente.
  • La última, me perdonarán los ortodoxos, servirá para poner a remojar la toalla en límpido, ya que está muy curtida, “¡Es que como el señorito no se estrega, sino que se quita el mugre cuando se seca, me deja esa toalla inmunda! ¿Y a quién le toca? ¡pues a una ques* boba!”, recita la doña como mantra semanal.

Imagen tomada en Ciudad Bolívar.

El Minotauro en Ciudad Bolívar

El Minotauro ha salido del laberinto en que se encontraba, ha dejado de ser mito y anda suelto por los municipios de Antioquia. La última vez que se le vio deambulaba, desorientado, por las calles de Ciudad Bolívar, aprovechando las fiestas de este hermoso municipio.

Variados paisajes tiene nuestra Colombia – Villa de Leiva

Un pecado venial tenemos algunos antioqueños que, por estar encerrados entre montañas, creemos que somos únicos, grandes, raza, pujantes, etc. Algunas, son en parte verdades; otras, verdades incompletas; otras valoraciones, son verdad inflada. En fin, el ego camina mucho por entre nuestros valles.

Pero al llegar a cimas y descender a variopintos paisajes colombianos, nos sorprendemos “a boca abierta” de la belleza de las demás latitudes que componen nuestro territorio. Bosques de neblina, páramos, seco tropical… Hermosas estampas que, por costumbre, dejan de asombrar a muchos.

Mi inclinación de admiración es para el resto de nuestro territorio, urbano y rural, que nos muestra la gloria del universo a nuestros sentidos. Déjemonos conquistar por el olor a boñiga fresca; a ruana de lana virgen de oveja boyaca; por las leñas que se queman mientras hacen lo suyo con un cuchuco; por los árboles que aromatizan las vías nacionales.

Me sorprendió de Villa de Leiva, el color de su tierra que, al ser combinada con el cemento gris, da un tono ocre a los revocados, un amarillento. En muchos lugares los revoques son grises, pero en esas tierras boyacenses parecen paredes bañadas en un sol del atardecer. Busqué la tan anhelada ruana hecha en telar artesanal, y la encontré a buen precio en Ráquira. Ahí la tengo, pues, para reforzar mi montañero ser.

Francisco Pardo Téllez ¿Qué tienes para comentar de estos paisajes urbanísticos?
Alberto Mejía Vélez, no se me vaya a ofender, vos que sos tan “paisa”.

Percepciones de un medio día

Fotos: Villa de Leiva

¡El medio día es tan distinto en cada lugar! En algunas vías, es un hervidero de motores, humo y gentes, que esperan superar el trancón para ir a casa, almorzar en familia, reposar la panza y el cuerpo entero mientras se ven algunas malas noticias y unos chismes de farándula en la tele. En algunos barrios, el medio día es perezoso, nadie se asoma, todo ruge dentro de las cocinas y la paz se posa en sus calles. En el centro de cada ciudad, las muchedumbres caminan cada uno para donde su libre alvedrío no le permite: hay que aprovechar para consignar, pagar la cuenta, llevar el paquete, hacer la “vuelta”, meterse a la calle del comercio, cotizar el material, entre millones de actividades por hacer.

Hay mediosdías tan variados como seres en la tierra, pues el medio día no leva en sí mismo ninguna corporeidad o esencia del ser; esa hora del día es adjetivada por el hombre, teñida de sensaciones y valorada por cada uno. Lo que si parece muy común, es que después de ingerido el bocado servido al almuerzo, el comensal entra en un estado parecido al de meditación: un letargo lento pero que sucede rápido (ojalá entiendan la contradicción) que nos lleva a la somnolencia, al mundo onírico, a la vacuidad de pensamientos, a la felicidad del silencio personal…

- ¡Oiga! ¿Usted, no tiene qué trabajar pues? Son la una y media.

No tengo que explicar la siguiente sensación… ¿Qué me dicen ustedes?

Cuando la sabiduría se apoya en un bordón

Fotos: Villa de Leiva

Cuando la mano se posa en el bordón, la otra le acolita la acción posando sobre su hermana; así, ambas, parecen enroscarse como protegiéndose la una a la otra. Algunas manos se enroscan por causa de una artritis; otras, porque así deben posar cuando descansan en un bastón. Sea como sea, la pose está presta a la tertulia y ahí comienza el intercambio y esquivar de miradas.

- Ana Josefa, sumercé ¿cómo sigue de la presión?
* ¡Ay! mija, ya más reguladita. Gracias, por preguntar.
– ¿Y Betulio?
* Prestando servicio, sumercé. A ver si por fin saca la libretica.

Luego, los silencios que invitan a mirar al horizonte buscando respuestas, atajando preguntas o simplemente, idas, con la mente en blanco que tanto relaja. Explosiones del ser. No hay necesidad de hablar cuando la amistad está haciendo lo suyo en el instante. El musitar palabra, sería romper un sublime momento, sería romper la cintilla que nos une. Luego:

- Ana, mija ¿sumercé está preparada para irse?
* ¿Cómo irse? ¿morir?
– Sí. ¿No te da miedo?
* Ya no.

La, tan buscada, sabiduría ilumina el momento. No hay miedos. No hay temor. Solo hay satisfacción del paso por esta escuela. A lo lejos se oye en la radio la noticia de un secuestro de militares.

Arepas de “Sumercé” en Villa de Leiva, Boyacá

¿A su merced, se le antoja una arepa boyacacuna? Vienen mecidas en cuna de mimbre desde el fogón donde las hacen. Vienen mecidas al vaivén de quien las vende. Vienen con fama tal que hasta se comen frías y a “palo seco”.

Sombrero de fieltro, zapatos de lucha, ruana patrocinada, delantal casero, y espectativa del día… Así es quien vende las delicias de otras montañas, las de Boyacá. ¿Se la empaco, sumercé?

Barro amasado por las manos y cocido por la esperanza – Ráquira, Boyacá

El material habla de su origen y el lugar habla a través de su material. No sería pertinente, entonces, obra de bronce u otro metal, cuando el barro es la materia de expresión de la comunidad. Materia prima que se puede rayar, esculpir, moldear, texturizar, quemar, pintar, modificar a través de la manipulación del oxígeno, técnica conocida como rakú.

Es, pues, obras escultóricas hechas en barro y cocidas al fuego las que adornan la plaza principal del municipio de Ráquira en Boyacá. Un conjunto de obras de la imaginería religiosa que se mezclan con otras, más mundanas que reflejan el oficio de su gente y que mostraré luego.

En la representación de la imaginería religiosa está plasmada la esperanza de conocer los incognoscible a través de nuestros sentidos.

Manneken Pis – Ráquira, Boyacá

Espero que mis señoras lectoras no se escandalicen con las imágenes de estos “hombres” orinando a la vista pública. Permítanme subir al bus, no para cantarles una cancioncita y con ella apoyar a mi familia que se encuentra hospitalizada, pues no es así; tampoco para venderles estos dulcecitos y con ello apoyar a mis hermanitos, pues la que tengo está bien grandecita. Vengo a hablarles del ejercicio de la micción y para ello, les invito a ver las siguientes imágenes:

Manneken Pis / Manneken Pis a lo Juan Valdez / Imágenes Manneken Pis

Ráquira también tiene su propio “Niño que orina”. Y como en este blog tratamos, entre otras cosas, de recuperar la memoria, recordemos quienes viajamos en bus intermunicipal de los “viejos”, buses Escalera o de rejilla en la ventana de atrás, de manibela para abrir la puerta, aquellos cuya puerta abierta era el baño para niños y señores. ¡Usted estaba muy chiquito cuando eso!, increpan algunos; el caso es que me tocó y aún lo recuerdo.

Para orinar en bus no era como ahora con los TermoKing, los Cochebala, los Scania, etc., que es solo abrir el compartimento para tal uso y tratar de manetener el equilibrio para no salpicar a borbotones el bizcocho donde se sientan. Antes, había que contar con la buena voluntad del conductor ante las repetidas solicitudes de los pasajeros al pedirle que si paraba para orinar.

Si paraba, la desbandada aprovechaba para orinar también; las señoras, furibundas por la injusticia, a aguantar. Si el conductor no accedía porque no le estaba rindiendo la marcha, tocaba hacerse al borde de la puerta, sacarlos como se pudiera, hacer equilibrio al mismo tiempo; luego, intentar expulsar el líquido que sale intermitentemente debido a el relieve del pavimento montañoso. Si el niño es más pequeño y no goza de independencia, le será sacado su “pipicito” por la ventana previa solicitud a los pasajeros de atrás de cerrar sus ventanas.

Más historias y referencias de otras tantas esculturas de niños que orinan, serán encargados ustedes.

Riqueza creativa en Ráquira, Boyacá

Ruanas, bolsos, aretes, vasijas de barro, móviles, hamacas, ropas, busos, sacos, sillas, mochilas, loros y miles de artículos más se encuentran en las calles variopintas de Ráquira, una veta de la artesanía en Boyacá. Caminar por sus calles es conocer otro rincón del paraíso, rico en creaciones de manos campesinas que, con humidad, ponen a disposición de nuestros sentidos color, textura, olor a tierra, a barro cocido, a lana virgen, a pueblo.

Esta edificación, por ejemplo, es todo un espectáculo visual lleno de texturas que invitan al deleite, a la trascendencia del ser, a la admiración y a la compra, por supuesto, pues, son creaciones con la energía de su creador: mujer, hombre o niño que busca el sentido de su ser haciendo lo que su ser considera innato: crear.

El campesino, ignora quizás, que son apreHendedores de la naturaleza misma, para interpretarla luego y transformar la materia en vida, en energía vibrante, en bienestar visual. El campesino, ignora quizás, que es un dador de vida y de sentido para nosotros los “citadinos”.

Gracias, hombres y mujeres del campo, de la ruralidad, de municipios pequeños que, sin tanto protagonismo, le dan sentido de felicidad a nuestro paso por esta tierra física. ¡GRACIAS!

Del barro crudo al barro cocido – Ráquira, Boyacá

Así el plástico vaya colonizando más territorios, más cocinas, más balcones; así algunas las doñas estén sembrando en matera plástica; así en la Caverna, de Saramago estén temerosos por el modernismo consumista tan aterrador que está aplastando a los artesanos; asi, con un panorama económico tan egoísta, aun así… el barro persistirá, el crudo y el cocido, el barro seco de la tierra y el que nos envolverá una vez hecha la transición.

Ambas existencias, artesanías y el hombre, son lo mismo: barro. El uno, supuestamente inanimado, pero con un sentido de valor puesto por el hombre. El otro, el hombre, fue, ha sido, y será lo mismo: barro. No por que lo diga aquel relato primigenio, sino porque es real: nuestro cuerpo se forma de lo que come la madre gestante, fruto de la tierra. Luego, crecemos de lo que comemos, sea sano o no somos lo que digerimos. Más tarde o temprano quizá, el cuerpo dejará de ser el saco del alma o de la consciencia y éste se fundirá con la tierra para ser pasto de nuevo.

Del barro crudo: el hombre; al barro cocido: su obra.

Artesanías de Ráquira, Boyacá.

De la belleza que se sale de la piel

Para entender este concepto, echemosle una mirada a nuestra madre, nuestra abuela, esté viva o trascendida… ¿ya? ¿no es bella, acaso?

No importa la piel manchada, las queratosis, el cuerpo encorvado, las manos develando relieves pronunciados; no importa las prendas que las vistan, sus ojeras, su cansada mirada; no importa eso y muchas pendejadas más, porque la belleza, la verdadera, la peremne, se sale de la piel y trasciende más allá, penetra en nuestros corazones y nos conquista.

La mujer es bella por el solo hecho de ser mujer. Las estéticas comerciales solo duran, si acaso, siete parpadeos y desaparecen. La interna, esa luz interna, se siente cuando miramos a los ojos. Hay que reconocer de todas maneras, que hay almas que solo trasmiten pobreza, rencor, odio, vacío, soledad. Compasión.

Támesis

Olores a sudor, zurriagos, ruanas y montañas – Jericó

Es claro que Antioquia no es solo guarniel (Carriel), tampoco mula y menos montaña. Colombia es tierra, mar y aire; es sombrero de ala corta, media o ancha; es pescado, chorizo, carne, pollo, chigüiro, culebra y cuanta proteína venga empacada en forro de piel.

Si tanta estampa en este blog es antioqueña, es debido al viático que me da el tiempo y la vida. Si gustasen imágenes de otras regiones, amablemente les brindaría el número de cuenta bancaria, que en ágil consignación, me llegaría como mil perlas para programar las marchas a pedido. Jajajajja. Mientras tanto, sigan viendo las que por mis travesías se atraviesan.

Expresividad cromática, común denominador en Jericó

Tome asiento, reciba la “fresquita” (viento), pase la tarde o la mañana, vea pasar vecinos, salúdelos, diga: “Buenas…”, levante la mano y esboce una sonrisa, critique un poquito si se le antoja, vaya a la nevera y sírvase un jugo de tomate de árbol, saque galletas también, llene un crucigrama, lea si se le antoja o, mejor, le propongo algo:

Saque la bolsa con fríjoles verdes en vaina y póngase a desenvainar. Traiga dos ollas: una para las pepas y otro para las vainas vacías que sirven pa’ la aguamasa. Póngase un trapito entre las piernas pa’ que no ensucie la ropa. Hágale, pues, póngase a sacar fríjoles y entretenga la tarde.

Los dejo con esta tercera tanda de puertas, ventanas y color de Jericó.

Jericó, paroxismo cromático

Conversando con un amigo diseñador e ilustrador de la UPB, Nelson Andrés, me decía que la carta de colores y de combinaciones de las fachadas de casas de nuestro territorio colombiano son atrevidas, hermosa-mente atrevidas. Las de Jericó, para referirme a las imágenes de este post, son lúdicas, llenas de color, vitalidad; son alegres, “lanzadas”, coquetas con el transeúnte que se deja atrapar a su paso paralelo.

Hay un aprovechamiento formal a través del color, en los materiales que hacen parte de las fachadas de estas casas. Es la idiosincracia, nuestra cosmogonía, la percepción colectiva en este pedacito del trópico, es el paroxismo cromático. ¿Exagerado?











Puertas y balcones para que entren el color y la vida – Jericó

No sé porqué a muchos les aterra el advenimiento del lunes, sabiendo que:

  • Hay, nuevamente, movimiento humano.
  • Nos encontramos con los compañeros de estudio o trabajo.
  • La ciudad late como de costumbre.
  • Las muchedumbres se desplazan, viajan en Metro, se saludan.

Semejante a mi encanto por los lunes son estas imágenes llenas de color, vida, geometría, ordenamiento, arquitectura, armonía, contraste; dedicación, esfuerzo, pujanza, cultura, aseo, entre muchos conceptos más.

Así que, para comenzar una semana con ánimos encendidos, les dejo esta colección de fotos tomadas en Jericó, Antioquia. Tomadas en compañía de varios amigos que conocieron por primera vez a este ESPECTACULAR municipio de color, café, cardamomo, guarnieles, talabarterías, dulcerías, balcones y cultura, en todo el sentido de la palabra.

Sé que son varias tantas de fotos las que he traído de Jericó ¡y cómo no hacerlo! si este municipio es coqueto con la cámara. Esta tierra te posa, se cuadra para la foto, se organiza, se alisa la falda y se cuadra el sombrero. Hasta acomoda la garganta pa’ salir bien. Nunca se cansará uno de trepar senda loma para descubrir rincones nuevos en Jericó. ¿El cielo nocturno? frío, nublado y llovido.

Nace, crece y, algunos, matan a su hermano

Rara especie es el hombre que, siendo racional, mata a su congénere y sigue caminando en dos patas como si nada, creyendo que ha evolucionado por haber levantado las delanteras y nombrarlas como brazos. Brazos asidos de unas manos que cercenan órganos, como despresando un pollo antes de ser asado.

Hay humanos que se persignan antes de matar, se santiguan como para expiar el pecado por adelantado, le da beso al crucifijo, bendice a la madre y a la María ascendida; luego, con sigilo y motor cuatro tiempos, se acerca a la víctima, lo calcula, la aguarda, la asecha, se le acerca, mira al cielo y se santigua de nuevo y PUMMMMMMMMMMMM. ¡Figuró*! ¡Un muñeco* nuevo adorna el cielo!

Rara familia esta la de los homínidos, que mata a sus hermanos solo porque visten diferente, porque piensan diferente, porque transitan diferente. Nacen, son tomados como tiernos, balbucean, caminan, comen compota, crecen y, algunos, aprender a disparar trabucos, fierros, pistolas y revólveres, otros más primitivos aún elijen el cuchillo y el machete para perforar a sus víctimas.

Con otro tono… la imagen fue tomada en Támesis, en mercado de domingo, donde se hacen las carnicerías itinerantes. Aún me pregunto de qué será la quijada junto al perro, pues, de res no es. ¡Es muy pequeña! Tiene el mismo tamaño de quijada de perro… no estoy diciendo nada. Quien sea experto en quijadas o tanatopraxia animal me avisa.

De escobas, traperos y zocos

Desconozco el nombre científico de aquella planta considerada como maleza, que crece a borde de carretera en las zonas rurales y que, los campesinos, llaman “Escoba”. Recorría uno, entonces, la carretera para arrancar aquella planta que serviría para asirla a un palo, que más parecía un báculo, y hacer con ello la útil y necesaria escoba de barrer.

“Mijo, tráigame el “zoco” pa’ barrer el caño”, indicaba la madre a su hijo que, en las mañanas, le ayudaba en los oficios de la casa. -La escoba buena, la sintética, solo se usa para el interior de la casa, el zoco pa’ darle duro-.

Con tripa de pollo se hace la trapeadora, (TRAPERAS en Televida), alter ego de la escoba de barrer, matrimonio indisoluble que reposa en cada casa: la escoba, para barrer primero; la trapeadora, para pasarla luego. “Y no me pise todavía que me falta una pasada”, grita la doña ofuscada.

Llegado el fin matrimonial de escoba y trapeadora, los infantes de barrios altos se alegran con creativa idea, de hacer con el palo, un carrito de mano: A un carrito se le quitan las llantas con su eje. Se perfora el palo de escoba en la parte inferior. Se inserta el eje en el orificio del palo y se asegura la rueda. Se toma el nuevo juguete por la parte superior y a jugar con la manada del barrio.

Y así… salen historias de una escoba. Las de la imagen, se venden en Támesis.

El alma no envejece

No es que seamos brutos cuando nacemos, tampoco ignorantes; se trata solamente de un cambio de plano o universo. Antes de nacer, nuestra alma estaba en alguna parte, por lo menos eso creo yo; yacía en la unicidad del creador o embrionaria en algún estado. Luego, fue empacada en este cuerpo para que creciera, fuera menos egoísta y compatiera, dando haciendo uso de un don perentorio: DAR.

Vinimos a dar: amor, perdón, comprensión, dinero, ropa, un aventón, una mano, una montada de llanta, un empujón económico, escuchar, cocinarle al otro, ceder el puesto, en fin, millones de acciones para DAR. Así, el alma, va trascendiendo, purificándose, iluminándose y, para los creyentes, santificándose con la gracia divina.

Cuando nacemos, pues, no somos ignorantes, solamente perdimos la memoria de lo ocurrido en otro estado. Crecemos, sin recuerdo aún, y vamos adquiriendo conocimiento, creemos que ya somos grandes cuando siempre lo hemos sido; aunque también somos pequeñísimos según sea la mirada.

En el compartir de nuestra alma está parte del crecimiento: “piedra con piedra se lima”, dice la Biblia. En la conversa está el recuerdo de nuestra existencia. En la tertulia está la evaluación de lo vivido. En la amistad está el descanso de nuestras angustias. En el encuentro está el espejo que nos hace iguales.

Imagen de Domingo en Támesis, Antioquia.

Comentario de Alberto Mejía Vélez: “Sí,  también creo que las almas estaban pasando lo más de bueno en un lugar lleno de fuentes de aguas claras, árboles frutales y mucha tranquilidad hasta que llegó el “trasteo”. Las acomodaron unos “señores” con alas tan blancas como la gelatina, que les iban buscando el empaque. Algunas no quedaban muy a gusto con el “traje”, pero que podían hacer si la orden llegaba del que estaba más encumbrado.

Antes de arrancar para este precipicio les decían: “Mis queridas, se tienen que manejar bien, no se vayan a juntar con ese tipo que llaman ‘Egoísmo’ que tiene un “combo” de alta peligrosidad en donde sobresalen el odio, la envidia y la avaricia.

La verdad es que ellas como que no tuvieron buen entrenamiento. Al llegar estrenando vestido, les salió al paso una “vieja buenona” llamada Sexualidad, ésta les hizo olvidar a lo que venían y lo que iban a dar con amor; entonces hasta la ropita se la entregaron.

Algunas de ellas que estaban mejor entrenadas no se dejaron llevar por las apariencias y fueron llamadas de nuevo a vivir en santa paz y las otras… por ahí andan todas envolatadas las pobrecitas.

Tardes y flores en Jardín

Una tarde, un sol que ya se guarda, un aroma de paz, un descanso a la mirada y a los pensamientos. Unas sandalias que liberen, aunque sea un poquito, a unos pies siempre presos. Un color sobre un fondo igualmente colorido, una mirada de recuerdo cómplice, una actitud de despreocupación.

Así viven en Jardín, en la Metrópoli, en los pueblos, en los barrios, así viven algunos que ya no se preocupan por el ego, el dinero, por la crianza de los que ya están criados. Así son las tardes de los tranquilos, de quienes no cargan costales del tiempo.

Un paisaje envolvente: Jardín

Para turismo hay que bajarse del carro, del bus; despegarse del guía, de itinerario; ser rebelde, irse por otra vía; probar de aquello y hablar con menganos; preguntar por todo y observar; oler, comprar, visitar; meterse a la casa de un propio y preguntar porm la colcha, por la banca que tiene afuera, aceptar el tinto que le ofrecen y preguntar por pandequeso para trancarlo bien; conocer amigos y presentarse ante extraños; conocer recovecos y averiguar por lo que no vea. Pasear, disfrutar y volver.

Si vas a ciudad hay que visitar la plaza, si es al campo hacerse montañero, si es al pueblo hacerse uno de ellos, si es a carretera hay que abrir ventanas para que entren los múltiples respiros de los árboles amigos. En fin, que salir es muy bueno. Solo se necesitan pocos pesos si lo importante es disfrutar. Si hay que aparentar, ya la cosa no es conmigo, el consejo vendrá de algún snob.

¿A qué pueblos quisieran ir, volver, regresar, atisbar? (Eso es sino que me manden viáticos para dos y un pequeño y yo le voy… jajajajajajajajaj)

Las bellas baldosas modulares

Escasas son, en la actualidad, estas bellas baldosas de 20 x 20 cms. Tabletas modulares que entretenían nuestros tiempo armando figuras, en citas médicas, en salas de espera, en casas ajenas y en la propia, si es que tuvimos de esas.

Los mismos creadores de tales módulos, ignoraban quizás, el significado profundo de sus gráficos, esos que Carl Jung trabajaba a diario en las meditaciones de sus sueños para simbolizar el todo del hombre -su individualidad- y su carga en el inconsciente colectivo; esos que los tibetanos crean en varios días enteros con arena de color para meditar y una vez terminados, destruirlos para significar lo efímero de la existencia.

Parece, pues, un simple piso usado por decenios, pero llevan en sí la posibilidad de la modulación, del movimiento, del juego para crear nuevas modulaciones, para buscar figuras, para entretener nuestra vista, para meditar, para esperar, para hacer menos monótono nuestro caminar, por su piso y nuestra vida.

Alguno podría replicar en qué carajada ser tan trascendental, pero, como siempre, los invito a aprehender este mundo visible, que no es otra cosa que pura ilusión, un universo holográfico de nuestra mente en nuestro cerebro oscuro. Pero entre más miremos el detalle insignificante, más nos conoceremos, más perceptivos estaremos; veremos cómo todo está conectado.

Baldosas del convento de Concepcionistas Fransciscanas en Jardín, Antioquia.

Jardín y el alma de su gente

Para qué color sin el hombre, para qué geometrías y bancas de parque, para qué tintos y confites, para qué helados y parques grandes, para qué fuentes y palomas cerca, sin la mirada del hombre que valide tal existencia.

Para qué balcones sin quien otee, para qué puertas y ventanas, para qué jardines, para qué flores si no hay quien las riegue y las admire, les hable cada día y saque cogoyos para multiplicar la belleza.

Para qué cafetos, para qué plataneras si no hay nadie en la cocina que nos haga sentir en el hogar, para qué cocina de leña si no hay nadie que la corte, para qué dulces si no hay quien se haga melcocha con ellos.

Es necesario, entonces, que exista el hombre para que admire lo creado o lo que existe. Es necesario quien eleve una mirada al cielo azul pero tenga la capacidad de ver más allá, en el universo oscuro y reflexione “qué es el hombre para que tengas de él memoria”, como decía el cantor cuidador de ovejas.

Algunos rostros, gestos y piel de Jardín, Antioquia.

Un Jardín de colores y geometría

Es innegable la belleza de este municipio en el Suroeste de Antioquia: clima propicio para el turismo, flores que adornan balcones, geometría y color en los alrededores de su plaza y en muchas de sus casas, y un marco natural de plataneras y cafetos en las montañas que la encierran. Jardín, un estímulo visual para sus visitantes.

Un atractivo de siempre, son las sillas o butacas en madera y cuero, pintadas a mano y con escenas propias de la región, con colores vibrantes, sin temor a la estridencia, armónicas, atrevidas. Su disposición en el parque me recuerda los antiguos taxímetros a los que se les bajaba la bandera, pues, las butacas esperan, inclinadas, a que el cliente llegue y la componga y pida tinto, alfuna ‘fría’ o un helado; luego, pura conversa y contemplación.

Esta semana estará dedicada a Jardín. Como pa’ antojar…

De plumas, trinos y picotazos

Los grillos y las ranas dejan de hacer sus llamados, sonidos y quejidos, para dar paso al trino pajarero de cientos que reposan en los árboles. Esperan a que despunte el día, calientan motores y pescuezos, afinan el guargüero y comienza reconocerse el cucarachero, el toche, la mirla y hasta la calandria, esta última suena pero en la radio.

Comienzan, luego, a visitar los cebaderos artificiales que los humanos crean para su beneficio visual; les ponen banano, plátano comino, agua con azúcar, papaya. Y ellos dan “papaya” al gusto visual del dueño de la finca, al ojo de la cámara del visitante, a la pericia del experto en reconocer plumajes y nombrarlas en latin vulgar.

Luego, los habitantes de la finca o de la casa de campo, se olvidan de sus trinos y se ocupan en almuerzos, en aseos y frituras, en asadones y reparaciones, para que al terreno no se lo coma la manigua. Entonces, los pájaros dejan de actuar y se ocupan de lo suyo, se olvidan de la ternura que finjen en la mañana y se preocupan por su sobrevivencia. Comen, tragan, se hartan, se miran feo, marcan territorio, se picotean, se pelean, se extienden sus alas, se demuestran poder, se hacen feas, espantan y se van.

Mucho de eso hacemos los humanos: el consciente se disfraza con arquetipos, se cobija con su sombra, actuamos papeles para la sociedad, representamos un papel público. De noche, aflora el inconsciente, armamos película de ficción, volamos, desafiamos gravedades, caemos, nos liberamos. Al día siguiente… trinamos.

Fotos tomadas en la vereda Pueblito de San José, Amagá. Antioquia.

Amagá no olvida a ninguno de sus héroes

Viudas, huérfanos, amigos y demás familiares de los 73 mineros fallecidos en la tragedia de la mina San Fernando, marcharon desde el parque hasta el cementerio para recordar la tragedia de hace un año en el municipio de Amagá, suroeste antioqueño.

La algarabía que normalmente se escucha en el parque de Amagá fue dando paso a un respetuoso silencio en camino al cementerio, que solo era quebrantado por las sirenas de las motos de la policía y por los ensordecedores pitos de los autos fúnebres que, esta vez, llevaban adentro y sin caja, la memoria de los 73 mineros fallecidos hace un año, pero estaba también, la memoria de los demás héroes de las cavernas.

Los mineros que marchaban lo hacían con paso lento, en silencio, en pulcra actitud e imagen, no en su acostumbrado vestuario de trabajo: sin camisa, sudorosos, pintados con el óleo de la tierra, el carbón y el sudor. Marchaban temerosos, como cuando se acercan al socavón y hacen una cruz con su brazo para santificarse quizá, temiendo ser la última vez que vean la luz al principio del túnel.

A estos mineros no les es ajena la muerte, la han olfateado cuando camina cerca, no la femenina muerte que se pasea en las páginas de Saramago y que envía sobres violeta; esta muerte es más oscura, tiñe de negro por donde pasa, deja una estela de gas y de carbón a su paso, esta muerte no es bella y sí descarada, aprovecha que su paciente posa enterrado en el cautiverio de un socavón y lo abraza allí mismo, como en tumba colectiva. Pero como los vivos afuera de la caverna son tan tercos, a ellos no les gusta la tumba que la muerte eligió para enterrar a sus víctimas, por eso, unidos, unidas, en solidaridad conocida, se tornan a sacar sus cuerpos inertes para enterrarlos en otro aposento más limpio, más digno, menos oscuro, menos profundo; a solo dos metros para que no sea muy fuerte la ausencia.

Amagá carga el peso de la pobreza, de la corta expectativa de vida de sus héroes, del abandono en que permanecen muchas de sus viudas, del olvido de algunos gobernantes, de la impotencia de una vocación minera que no le genera riqueza. Este municipio desea ser mirado, tenido en cuenta; algunos de sus jóvenes le apuestan a la cultura pero sus sueños son capados por la poca confianza inversionista del presupuesto municipal.

Qué hacer con este municipio. ¿Convertir sus minas artesanales en museos de la tierra y del mineral y traer gentes aventureras a invertir?, ¿Hacerlo territorio para el deporte de terreno?, ¿ciclomontañismo, cross, fotoaventura?, ¿aprovechar el talento musical de sus habitantes?, ¿hacer corporación y maquila con sus tantos artesanos?, ¿proyectos fami-económicos con el talento de las viudas? Hay miles de cosas que se pueden crear, hacer, cumplir, solo se necesitan voluntad y creatividad.

Para ver más imágenes de Amagá…

Benditas las manos de quienes cultivan el campo

A pocos les importa las manos que labran la tierra donde se cosecha el alimento que, en cada jornada, se sirve a la mesa. A pocos les importa las condiciones en que viven miles de campesinos. A pocos les importa los sueños, las carencias, las vivencias de miles de familias del campo. Si desplazaron a cien o mataron a diez, “eso no es conmigo”, recita el inconciente colectivo de millones de “citadinos”.

Eso sí, si sube la papa, si está cara la yuca, si la zanahoria no se puede comprar para este mes, que el lulo está muy caro, la mora ni la mire, berenjenas para este mes no. Maldinga sea esta volatilidad en los precios. Maldingo es el que maldice al campo, a su tierra y a quienes la cultivan.

Algunos ignorantes o vacíos ciudadanos, se burlan cuando ven las modas del campesino “fuera de lugar” cuando deambulan en la ciudad y no en la comarca. ¡Ay de ellos! Porque se están riendo de ellos mismos, de sus falacias y su pasado; pues todos llevamos capote en las uñas y harapos en la piel.

Benditos los hogares -con bendición universal y no religiosa- que, unidos o en solitario, bendicen los alimentos y las manos que ayudaron a prepararlos. Que no se les olvide a estos, bendecir a quienes los cultivaron. Esta oración es tan poderosa que hoy, científicos japoneses, han visto el poder del pensamiento, la palabra escrita y la palabra pronunciada en sus experimentos (Ver, Los mensajes del agua).

En la imagen, María y Marcos, hermanos, personas de paz y del campo, anteriores dueños del terreno donde está construida la estación del cable aéreo de la vereda Guatocó, en Sopetrán.

Chupe mamoncillo pa’ que se entretenga

Pa chupar, hay paleta, mantecado, bolis y mamoncillo. Decida usted, hoy viernes, con qué quiere entretener la muelamenta. La casa le recomienda el mamoncillo que es de origen natural. Móntese a un árbol de dicho fruto, si lo prefiere compre los gajos ya bajados, use los labidentales para partir la cascarita que proteje el embrión, succione y entreténgase buen rato con la peluda pepa del fruto invitado.

Una vez adentro, haga ejercicios de malabarismo entre lengua y oclusodentales, mándela para arriba, deténgala con el paladar, escóndala bajo la lengua, chúpesela todita. No exagere el ejercicio hasta llegar al núcleo, túsela con el chupar pero no exagere, que hay cien más. No deje la bola limpia al alcance de la vista ya que similar a un removible dental es. Bótelas lejitos, no las deje en el quicio de la casa, no se las deje al niño que se atraganta, además está usada, guarde una docena para pasar la tarde o por si se va la luz, repita la próxima semana, sea niño y siéntase feliz.

Venta de frutos en Santa Fe de Antioquia.

Exhibidores caseros -“Hágalo usted mismo”-

Dele la sopa al niño, que sea de Guineo que tanto alimenta, insístale, no se deje convencer de que no quiere más, dele la sopita que bien le hace, luego, al terminar, lave bien el plato y haga negocio. Búsquese una caja de ganchos para pañal de tela -sí, aún hay familias que no tienen para los desechables-, saque los ganchos y téngalos ahí. Caliente aguja capotera, perfore el plato de manera sistemática, hágalo con un cabo de vela, no lo intente con encendedor. Terminados los orificios, proceda a enganchar y haga negocio: cuelgue una docena de carajaditas varias, algo misceláneo, baratijas y antojitos y deje que la presa venga, que el cliente se acerque y proceda.

Ventas estacionarias en Santa Fe de Antioquia.

Sal de ahí chivita chivita

Aclaremos de una vez, chiva: bus urbano con sillas comunitarias y gráfica foclórica latinoamericana, propia de municipios alejados de la metrópoli y sí muy usados en ambientes rurales. Chiva, además, se dice de la cabra. Animal.

El título de esta entrada recuerda aquel sonsonete con el que nuestros maestros de kínder y primaria nos entretenían al salir de paseo: “Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí, de ese lugar. Época de tareas y mugre, de frijolito, de círculos hechos de pasta seca; de plastilinas deformes, de tachones y rayones.

La escuela, el bus, el paseo. Elementos que nos transportan a la época de algarabías infantiles, de rondas, quejas y llanto; de permisos para orinar, de sí señora, no señora. De pupitre limpio, del mismo pero rayado; de lápicito mordido, de forro de cuaderno; de compañerito orinado, de burla y nuevamente de queja.

De burlas, hay muchas: por gordo, mafafa; por lentes, cuatrolámparas; por flaco, pitillo; por fea, moscorrofio; por calvo, piojoso; por pobre, gamín; por sucio, mocoso. Vil es la jornada escolar hasta la graduación, vil con el pobre, vil con el de físico diferente, vil con el discapacitado. La escuela, como claustro, es la primera jaula donde al hombre se le trata miserable: algunos por su maestra, otros, por sus congéneres de edad.

Sal de ahí, chiquito, chiquito, sal de ahí, de ese lugar. Allí fue donde, por primera vez, nos sentimos abandonados.

Chiva para llevar niños en Guatapé.

Zócalos en Guatapé

En Guatapé, donde queda el “mar” de Medellín, donde existe un malecón al estilo de ciudades costeras, que goza de la práctica de deportes náuticos, del turismo, de la cosecha de variados productos agrícolas, en Guatapé, decía, se pueden ver estos hermosos zócalos que adornan muchas de las casas de este municipio del oriente antioqueño.

Zócalos simples, sencillos, artesanales, tridimensionales -como los de las fotos-, comerciales, institucionales, es decir, de muchas formas, colores y motivos. No hablemos más, al grano con estas imágenes.

La mirada que introyecta

La espera, en cualquier lugar, nos invita a la meditación, a masticar pensamientos, a tomar decisiones, a atar cabos, a buscar culpables o a declararlos inocentes. Esa meditación nos lleva de la mano, a veces, hacia pasajes oscuros de nuestra vida, olvidados, recuerdos vestidos de sombra junguiana; otras veces, nos trae a la memoria momentos gratificantes, atemporales, vigentes como la sonrisa de la niñez o de un primer amor, o de un galardón escolar o de alguna izada de bandera como premio al ego. ¿Qué se mira cuando tenemos la mirada perdida? En la foto: mujer en Salento, Quindío.

Ojalá este blog no fuera solo de escritura mía y se unieran más colaboradores permanentes que dejen otras visiones diferentes a las mías ¿quién se atreve? Por el momento y en la semana de Colombiatex, les dejo una descripción de Beatriz Arango (@quemepongobea), de El Colombiano y del blog ¿Qué me pongo?, acerca del vestuario de la mujer de la foto.

“Veo un look de aires masculinos. Parece que, sin intención, propone un atuendo divertido. Masculino, en tanto lleva chaqueta tipo blazer y pantalón oscuro. Sin duda, este es el año de los estilos masculinos. Los zapatos colegiales le aportan comodidad y las medias blancas gruesas le dan proteccción. Lo femenino no se esconde, al contrario, se multimplica en los anillos de la mano y el color de las uñas y en el “atrevido” color turquesa de la chaqueta.

De nómadas y recolectores

Pretendía hacer un inventario de lo que las mujeres guardan en un bolso, pero el tema se me hizo conocido y al buscar en el oráculo virtual, me di cuenta que así era, que el tema ya ha sido abordado, por tanto, tema cerrado.

De todas maneras no sobra decir que el bolso, sea de uso femenino o masculino, nos ata al pasado nómada del hombre, cuando era recolector e improvisaba talegos para “coleccionar”, guardar o transportar lo recogido por el camino elegido. No se puede decir que la costumización o personalización de dichos talegos, bolsos y carteras hoy en día, corresponde a un comportamiento racional, humano; pues otros animales también acicalan cosas, como algunos pájaros con sus nidos.

Unos bolsos nos hacen sentir contacto con la tierra y sus ancestros como son las mochilas arhuacas, las guayú, las boyacenses que, cuando entramos en contacto con ella, sentimos la piel animal, el pelo caliente que nos une a ellos, que nos hace sentir cobijados.

El machismo le impide a muchos hombres usar bolsa o talego, a excepción de estudiantes de diseño, arquitectura, artes y demás que muchos hombres más que, por su estudio o trabajo, usan esta herramienta para transportar el conjunto de elementos necesarios para sus respectivas tareas.

Quizás ya no seamos nómadas o quizás sí: nómadas laborales buscando estabilidad, de  casas en arriendo, de visitas a centros comerciales, de calles que no tengan trancones, de pueblos a pasear, de promociones en hipermercados. Si nómadas no somos, recolectores sí.

Venta de bolsos en Salento, Quindío.

Voces de Occidente, Buga

Jacobo tiene un padrino amable y bonachón, padre envidiable y alcahueta. Este hombre es muy estimado en Antioquia donde desarrolló parte de su carrera, allí, dejó como herencia el cariño, la ternura y su voz, voz que le ha dado el pan suyo y de los suyos. Su persona ha sido humilde y en muchos medios le han brindado homenajes y, estas letras, no son uno más, puesto que serían insuficientes estos pocos renglones que escribo. Son tan solo el cumplimiento de un encargo de Jorge que, al saber de mi viaje a Buga, me pidió tomar estas fotos donde laboró por primera vez.

Jorge Eliécer Campuzano, el ‘Espectacular’, aquí te publico el encargo. Un abrazo. (Que la liga, manda decir Jacobo jajajaj)

‘Hippies’, una especie en vía de extinción

“Cuando vaya a publicar la foto, ponga: especie en vía de extinción”. Fue el permiso que me dio Huayra, como se hace llamar este hippie, amigo de la vida y de la tranquilidad. Realiza su labor de bolsos en cuero en Salento, Quindío, población que vale la pena visitar -con dinerito en el bolsillo- porque de seguro se antojarán de alguna manualidad, artesanía o manufactura.

Muchos hombres de poder trabajan duro, durísimo, muy duro, para poder tener el futuro lo que estos hippies tienen en el presente: TRANQUILIDAD, FELICIDAD. Huayra es un mantodo bien‘, amable, buena gente, de seguro tiene mucho por enseñarnos.

Como ya está la cámara otra vez bien, a viajar se dijo. ¡Pa la envidia de muchos!

Rastros del Big Bang por doquier

Observar una hormiga que quizás nadie más vuelva a ver, que nadie más mirará; ver un solo metro de recorrido en su existencia; observar una hormiga, pues, es el testimonio de un acontecer casi milagroso: la vida. El movimiento. La gravedad. La libertad. La substancia.

Viviremos 80, 70, 40 años y solo vimos 10 ó 15 segundos en la vida de esa hormiga, y esos 15 segundos representarán alguna fracción ínfima del Big Bang.

Prefiero la foto que el video. La primera, me permite ver una fracción de segundo por los minutos que quiera detenerme a contemplarla. Fotos en Amagá.

Amagá, de barro y de carbón

Algunas imágenes de la mirada de Adriana Quiroz, entre sus fotos están las obras de Hermes, artista de Amagá que comparte sus horas entre la carnicería Zeus y el solar de la casa donde queda el rincón de su trabajo con el barro.

Ver todas las fotos de Adriana Quiroz en Amagá.

Sudor y piel – TomaTodo en Amagá

El vestuario del minero es la piel, que con sudor en la superficie, cubre del frío y del abandono de la mirada de los otros. El ripio, el carbón, la tierra, el olor, el sudor, se pasean sobre el corazón abandonado del minero. Juntos, se internan en la selva profunda de las tinieblas, socavón maldito que se ha tragado a muchos. Justamente, después de llegar de TomaTodo, muere esta semana un minero cercano a la mina que visitamos, una peña se le vino encima estando adentro.

“No conozco más que esto”, recitan casi todos los mineros, “No me dí cuenta de lo que les pasó a los mineros de Chile”, confiesa Guillermo. “No sé qué más hacer”, dicen muchos. “Un familiar mío murió en una mina”, se escucha con frecuencia en el pueblo.

Por último, reza un Tip de ElColombiano.com:  “Mina de Angelópolis le robó el sueño de profesional a Guillermo”

Ir a Amagá con TomaTodo, era el intento por decirle a la comunidad virtual, a los lectores, al mundo, que existe un municipio con necesidades de empleo, diversión, lúdica, ocupación del tiempo libre, espacios urbanos: AMAGÁ, “Puerta del Suroeste”, una puerta en ciertos temas desportillada que necesita una gran reparación, sobre todo, en el alma herida de tantas personas que han dejado a sus muertos en las entrañas de la tierra, allí mismo donde vivían por horas sacando carbón.

En respeto y homenaje a los muertos de la tierra de Amagá.

Todos Ponen – TomaTodo en Amagá

Un éxito la Toma en Amagá el sábado 20 de noviembre de 2010. 35 participantes partieron desde Envigado hasta la vereda La Mina en el municipio de Amagá. Algunos, ingresaron a la mina La Hornilla, otros, se regaron por el terreno buscando imágenes que los obreros no entendían. “Pa’ qué me va a tomar una foto así tan feo”, increparon muchos mineros; no entendían que lo que buscamos es la naturalidad de la cotidianidad.

Para no hablar mucho, por lo menos hoy, el resto del mes les estaré compartiendo las imágenes de algunos que ya comenzaron a publicar el material en www.TOMATODO.net

Ver imágenes de:

  1. Adriana Quiroz
  2. Alejandro Henao Loaiza
  3. Alejandra Puerta
  4. Ana María
  5. Argenis
  6. Ariakas -Carlos Marín- (véalo también en Flickr)
  7. Carlos Esteban Orozco (Vea más material en su blog)
  8. Jonathan
  9. Juan José Ospina
  10. Sandra Milena Ramírez
  11. Sofía Ospina Ruiz (10 años de edad)
  12. Wilson
  13. Wilson Flórez
  14. Yuliana Betancur (véala también en Flickr…)

Amagá, vista por Argenis

Argenis, aficionada de la fotografía, interesada en la escritura narrativa y el periodismo, gusta la música reggae y rock de grupos locales. Vea más de su trabajo en http://www.flickr.com/photos/argenis231/