Cuarenta y cuatro, ochenta y uno, ochenta y siete

Cuarenta y cuatro, ochenta y uno, ochenta y siete. Ese era el teléfono de mi casa cuando nací en el barrio Manrique. Y fue ese mismo, el teléfono que le di al ayudante de la buseta que me transportaba en kínder, allá en el 79, cuando me subí por error a la hora equivocada y me monté con los niños de tercero. Al mono, ayudante del chofer, le tocó tomar un taxi y llevarme de manera particular a mi angustiado hogar. Recuerdo que llegué avergonzado y lanzando gritos de no querer volver a la institución.

Cuarenta y cuatro, ochenta y uno, ochenta y siete. Ese mismo número es el que tuve que marcar –otro día- para avisar que la buseta que me transportaba, ya no se encontraba esperándome, que al parecer dio marcha para repartir muchachitos sin tenerme en cuenta a mí. Tuve que explicar a mi angustiada abuela que yo tenía varios retorcijones y que mientras el conductor esperaba llenar su cupo, su nieto querido se encontraba haciendo repetidas visitas al baño de la institución, empujado quizás, por parásitos en su intestino. Ese fue otro día que viajé en taxi.

Cuarenta y cuatro, ochenta y uno, ochenta y siete. Ese era el teléfono de mi casa antes de que uno dictara el número diciendo: “con el dos adelante”

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