De misas falsas y entierros verdaderos

Una historia real…

De misas falsas…

Tres varones y una damita, hermanos ellos, convocaban a la muchachada del barrio Santa Teresita, a participar del acto litúrgico que estaba por celebrarse en casa de doña Virgelina, allá en el Yarumal de los sesentas.

No era de extrañar que fueran los niños, los que llamaran a participar de los rituales cristianos, pues, estos valores estaban arraigados en el barrio desde su fundación, por parte de Los Misioneros Javerianos de Yarumal. Este barrio estaba ubicado, además, entre el seminario y el cementerio del municipio. El imaginario colectivo e infantil, por tanto, era alimentado por cantos, sahumerios, entierros, penitencias y vivas al cristo resucitado.

Sin embargo, el sacrificio que estaba por ocurrir, es decir, la misa, no era como las que se celebraban diariamente en el seminario. Esta misa iba a ser oficiada por los cuatro hermanitos convocantes y era parte de sus juegos y pilatunas infantiles.

Uno de ellos, quizás el mayor, preparaba un improvisado altar en algún espacio de la casa y ponía sobre la mesa lo que fueran, las especies de la sangre y el cuerpo del Señor: leche, fruto del sudor y el ordeño del hombre y banano, cortado en tajadas.

Así era. En Yarumal, jugaban a la misa y en lugar de vino y de hostia, John Jairo, Jorge, Edgar y Patricia; servían leche que tapaban con un trapito blanco, y banano que partían en finas tajadas a modo de hostia, y eran levantados incluso, como en el ritual verdadero para una transubstanciación que nunca ocurriría. Los niños que aceptaban la invitación y que hacían de feligresía, asistían no tanto por el ritual en sí, sino, por disfrutar de la leche con banano ofrecidos mientras los ministros del juego cantaban a coro: quien cree en ti Señor, no morirá para siempre.

De entierros verdaderos

Pero en las pilatunas de estos cuatro muchachitos, no estaban solo las misas, había también un juego más fúnebre, algo más que una maldad inocente: los entierros.

Eran los días en que doña Virgelina, madre de estos zumbambicos, reposaba sus 40 días de dieta materna y desde su cama preguntaba: ¿dónde están esos muchachos? – Ellos iban como pa bajo, boliando una olla y cantando. Respondía alguna voz familiar.

En el solar de la casa, había un tanque grande donde guardaban agua para lavar las marraneras y darle de beber a los pollos. En este tanque de agua, los hermanos mayorcitos metían algún pollo extraído del galpón familiar, para quitarle la vida ahogándolo.

Una vez el pollo dejaba de luchar con sus plumas, patas y alas para defender su vida, este era echado a una olla de aluminio y llevado por los niños, por el camino que va al seminario, buscando alguna casa de tapia destruida y abandonada, para enterrar allí, los despojos del recién finado. La caminata se hacía a borde de carretera a la vez que se le cantaban los responsos correspondientes.

Hallada la tapia, abrían en ella un hueco donde pudiera reposar el ahogado. La cavidad era sellada con piedras y tierra, como lo veían en los entierros verdaderos de los que tantas veces fueron testigos, y terminaban el ritual rayando cualquier garabato, como identificando la tumba a la espera de mejor lápida. De vuelta, los niños terminaban su procesión con el mismo coro que cantaban en sus “eucaristías”: quien cree en ti señor, no morirá para siempre.

Y así, estos loquillos regresaban con la olla vacía y un pollo menos en el inventario del galpón. Una vez llegados del entierro, doña Virgelina los confrontaba: ¿Dónde estaban, jovencitos? Enterrando un muerto. ¿Y qué llevaban en esa olla? El muerto ¡Un muerto no cabe en esa olla! Y ellos, sin poder ocultar por más tiempo la inocente maldad, confesaban los detalles del entierro.

De vez en cuando, y como parte del mismo juego, estos muchachitos visitaban el improvisado cementerio para rezar por el “alma” del pollo.

Hoy, Patricia Gil, compañera de trabajo en la Secretaría de Educación, me confirma que, aunque tenían familiares sacerdotes, ninguno de sus hermanos optó por esta vocación. John Jairo murió a los siete años, Jorge es médico; Edgar, profesor y Patricia, pedagoga, maestra de maestros. -¿Y vos, de qué te acordás?-

2 comments

  1. Claudia Avalos   •  

    Yo recuerdo las COMITIVAS!! Nos reuniamos varios pelaitos a hacer la comidita, cada uno debia llevar algo para cocinar o comer, nos inventabamos un fogoncito con palitos y piedras y alli cocinabamos lo que hubieramos llevado.. aunque “cocinar” suena bien, pero a veces nos teniamos que comer un arroz duro y un pedacito de “ñervo” quemado.

  2. Virgelina   •  

    Yo soy la madre de estos pillos, agradezco que haya existido alguien con tanta capacidad para escribir y poder contar los bellos recuerdos de la infancia de mis hijos.
    Si hay algo que agrade a una madre, es poder devolverle a sus hijos sus momentos de verdadera infancia. Que bueno que todos los niños ahora pudieran disfrutar de una manera sana e inocente, tantos juegos que sirven para vivir en Paz.
    Dios le pague Carlos Mario por hacerme sentir una mujer y madre especial.

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