De plumas, trinos y picotazos

Los grillos y las ranas dejan de hacer sus llamados, sonidos y quejidos, para dar paso al trino pajarero de cientos que reposan en los árboles. Esperan a que despunte el día, calientan motores y pescuezos, afinan el guargüero y comienza reconocerse el cucarachero, el toche, la mirla y hasta la calandria, esta última suena pero en la radio.

Comienzan, luego, a visitar los cebaderos artificiales que los humanos crean para su beneficio visual; les ponen banano, plátano comino, agua con azúcar, papaya. Y ellos dan “papaya” al gusto visual del dueño de la finca, al ojo de la cámara del visitante, a la pericia del experto en reconocer plumajes y nombrarlas en latin vulgar.

Luego, los habitantes de la finca o de la casa de campo, se olvidan de sus trinos y se ocupan en almuerzos, en aseos y frituras, en asadones y reparaciones, para que al terreno no se lo coma la manigua. Entonces, los pájaros dejan de actuar y se ocupan de lo suyo, se olvidan de la ternura que finjen en la mañana y se preocupan por su sobrevivencia. Comen, tragan, se hartan, se miran feo, marcan territorio, se picotean, se pelean, se extienden sus alas, se demuestran poder, se hacen feas, espantan y se van.

Mucho de eso hacemos los humanos: el consciente se disfraza con arquetipos, se cobija con su sombra, actuamos papeles para la sociedad, representamos un papel público. De noche, aflora el inconsciente, armamos película de ficción, volamos, desafiamos gravedades, caemos, nos liberamos. Al día siguiente… trinamos.

Fotos tomadas en la vereda Pueblito de San José, Amagá. Antioquia.

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