“Diez fuetazos en el fundillo”

Alberto, pinta con su nieto al que, estoy seguro, nunca le dio fuetazos

Es que no todo es directamente café… sino que al calor de una taza o en compañía de ella, podemos conversar de todos los temas; pensar, musitar pensamientos, etc. Nuevamente, Alberto Mejía Vélez, regresa con sus montañeradas con fragancia rural a conversar con nosotros. Esta vez, para recordar la disciplina de antes.

Por Alberto Mejía Vélez

Las peleas escueleras no son nada raro; no se había inventado el carriel cuando los muchachos ya se daban en la jeta por cualquier bobada, eso sí, fuera de la mirada de los maestros. Siempre ha existido que el badulaque más grande quiera ser el gamonal entre los demás niños; para ello, se asociaba de los peores estudiantes.

Cuando se iniciaba la camorra a trompada limpia, los azuzadores y el resto de curiosos hacían un círculo hasta que la voz de un maestro, con autoridad, daba por terminada la pelea. Paraban a los protagonistas en el corredor ante todos los condiscípulos para escarmentarlo. Les ordenaban darse las manos barrer, como castigo, toda la escuela después de salir los grupos.

Ahí no paraba el asunto; llegaban a manos de los padres quienes los esperaban con correa en mano y les contaban diez fuetazos en el fundillo. Maestros y padres andaban asociados contra el mal comportamiento y ambos se hacían respetar. ¡De aquello, hoy nada! Todo es derecho y no hay deber. Profesores por cumplir una jornada, padres separados y un “hogar” tal helado como los dos polos juntos.

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