Edicto Público. Por: Arturo Guerrero

Publicado originalmente en El Colombiano el 9 de diciembre de 2009

En vez de besarse, mátense. Eso se ve mejor. No dejen rastros del amor, prefieran las gotas de sangre. Las plazas interiores de las urbanizaciones deben ser escenarios de la desconfianza, pues ese es el clima del estado de odio preponderante.

¿Besos, caricias, intimidades? Por favor, eso pertenece a una etapa superada por la humanidad. Hoy el asunto es de puñales. Los otros no son nuestros semejantes y mucho menos son dignos de un afecto público. Los otros son el punto central del tiro al blanco.

De modo que nada de demostraciones anticuadas, nada de sensiblerías mostradas con descaro a los cuatro vientos. No hay que olvidar el campeonato orbital que llevamos en homicidios por cada cien mil habitantes. No hay que desacreditar la gobernabilidad lograda a fuerza de pactos con quienes solo saben de fuerza.

Vamos a instalar francotiradores que perturben el idilio. Una especie de Cupidos al revés. En lugar de flechas emponzoñadas con amor, esos tiradores dispararán proyectiles para purificar el medio ambiente. Realizarán limpieza social, comenzando por donde se debe, por el acto que multiplica a los humanos.

Algún día el mundo será entonces de pocas personas. No los casi siete mil millones que infestan el planeta, ni los tres que ahogan la ciudad. Únicamente la raza inteligente y viva, la élite bien peluqueada, reinará sobre todas las minas, los bosques de palma, los cultivos que se pagan bien en otras partes, las curules.

Mientras coronamos ese destino escrito en los libros más sagrados, queda prohibido besarse delante de otros que puedan antojarse de quereres en lugar de defenderse con las garras. Esto vale para hombres y mujeres. Los hombres nunca perderán su condición de reproductores de conductas. Las mujeres habrán de recordar en todo momento que es el músculo el que manda.

Así que quedan advertidos. El amor se proclama de ahora en adelante como una debilidad aberrante que fractura las redes sociales de hierro. Los jóvenes, más propensos a su corrupción, han de saber que el verdadero juego lo dan las armas, que el poder es para poder, que no en vano sus padres cambiaron completamente la faz de este país.

Cúmplase y punto.

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