El Valor de esta Efemérides

 

 

Imagen tomada en la Avenida La Playa en Medellín.

(Palabras de apertura al Simposio acerca de los 200 años de Aguadas, Caldas), pronunciadas el 30 de mayo de 2008, en la sede de la Institución Educativa Marino Gómez, antes Francisco Montoya)

Hoy mi invitado especial es Eduardo Domínguez Gómez*, quien me colaboró con el siguiente texto.

*Historiador,  Magíster en Historia

Profesor Titular en la Universidad de Antioquia

Miembro de la Academia Antioqueña de Historia

 

Un pueblo sin la conciencia de sus raíces pierde identidad. Una persona que no tiene interés por conocer quiénes fueron sus antepasados, dónde vivían, qué tipo de vida llevaban, etc., pierde la memoria de su pasado y, con ello, un gran tesoro de valores y realidades humanas que trasmitir a sus sucesores. (…) Las personas y las sociedades se hacen más libres, crecen y producen, si se conocen mejor a sí mismas, de dónde proceden y cómo han llegado a ser lo que son. (Cano S, Víctor. “¿Qué es la microhistoria?” www.bisabuelos.com/microhistoria.html, visitada el 6 de mayo de 2008)

Cuando nos reunimos para conmemorar una fecha de fundación, los historiadores aceptamos la presencia en estos actos ofreciendo las razones por las cuales vemos válido aceptar la invitación. Y esta oportunidad que nos abre el Simposio “Aguadas y la colonización antioqueña” nos sirve para hacer la siguiente proposición: Las efemérides, como los medios masivos de comunicación, sirven para informar, formar y entretener. Y, aspecto que no siempre logran los medios,  nos permiten modificar nuestra mirada con respecto al valor de las distintas historias. Las pequeñas (o micro) historias, esas de la vida diaria, donde buscamos que la sociedad de masas no nos convierta en átomos anónimos; las biografías; las de familias o las del terruño donde empezamos nuestros primeros vínculos sociales. Y las macro-historias, definidas así por su cobertura geográfica de países -donde ejercemos la ciudadanía- subregiones, continentes o universo, donde nos realizamos como especie.

 

1.      Contribuyen al crecimiento de la información.

Por razones que la sociedad tiende a olvidar, los acervos documentales (archivos, colecciones públicas o privadas) para respaldar los estudios históricos sólo se atienden en coyunturas de conmemoración. Y entre los motivos para que así suceda están las concepciones mismas acerca de la historia, los intereses políticos, los presupuestos escasos y las urgencias impuestas por los modelos de desarrollo económico, social y cultural.

De las concepciones acerca de la historia podemos decir que en los pueblos y naciones educados bajo la convicción de que el mundo actual es el resultado de los hechos pasados, es decir, que el presente está determinado única y fundamentalmente por el ayer, sus habitantes tienden a promover la idea de que el pasado merece toda pleitesía. Y, en consecuencia, viven en la añoranza, siempre con nostalgia de lo que pasó, pretendiendo entender todo como aciertos incomprendidos por los contemporáneos de las épocas anteriores. Y buscan las oportunidades en las fechas fundacionales para resucitar tradiciones y ensalzar a los personajes famosos, a los fundadores, a los ejércitos y sus batallas, o a las expresiones folclóricas, cuando no a denunciar con tristeza y pesimismo el deterioro ambiental. Todo tiende a perderse en la nebulosa de unos mitos que enceguecen al habitante que sólo alcanza a recibir las luces estridentes de quienes pueden contar “el verdadero pasado”. Polémicas van y vienen  por encontrar los datos fieles y por demostrar que sus claves para interpretar son las únicas valederas.

Tal enfoque es el historicismo haciendo daños. Creer que el presente es consecuencia del pasado paraliza a los pueblos. Los esclaviza en la adoración de los ancestros; les impide renovar su lenguaje, sus técnicas, sus relaciones políticas y sus convicciones. Siempre buscando “la esencia”, “la identidad”, “el linaje”, “las grandes obras” y toda suerte de datos que abruman al ciudadano de la calle y orientan su vida hacia un pasado glorioso pero imaginario.

No obstante, siendo la idolatría por el pasado una equivocación y un impedimento para abrir la conciencia a favor de las innovaciones, la investigación histórica nos enseña que es una enfermedad cultural que puede ser tratada y tiene cura si convertimos las efemérides en  una oportunidad para volver sobre las fuentes de investigación disponibles, agrandar ese patrimonio y ponerlo al servicio de las generaciones actuales que buscan orientarse en la vida cotidiana.

 

A la mirada historicista, esa que piensa que, sin remedio, somos genio y figura hasta la sepultura porque los dioses y el pasado como fuerzas superiores así lo determinan, debemos sustituirla por una mirada prospectiva, la que nos invita a rescatar la capacidad humana de intervenir en sus propios destinos y que reconoce la herencia pero la proyecta hacia nuevos modos de vivir. Así, las conmemoraciones se constituyen en la oportunidad para abrir nuevos archivos,  auscultar otras fuentes, proponer modelos interpretativos inéditos y acrecentar el acervo para que los argumentos se fortalezcan.

2.      Transforman nuestra atmósfera espiritual

Gracias a la oportunidad que las conmemoraciones dan, la conciencia de los ciudadanos y de los investigadores también se modifica. Ese “equipaje mental” del que hablaron los historiadores, compuesto por mentalidades, ideologías, representaciones colectivas e imaginarios, se verá interrogado por la información desconocida. Y, unas veces se empecinará en que los nuevos datos ratifican sus convicciones (conservacionistas), otras veces abdica de cualquier costumbre y se apega sin condiciones a las verdades que acaban de ser postuladas (esnobistas); pero en otras ocasiones, hace una buena reflexión, critica, compara, elige y, por sindéresis, hace síntesis renovadoras parta identificar nuevos  significados.  

En esta conmoción de las conciencias es donde radica gran parte de la importancia de las historias locales. Es respetable lo que dice el epígrafe de Víctor Cano que introduce estas palabras de apertura, pero es equivocado: Un pueblo sin la conciencia de sus raíces pierde identidad. En primer lugar, la “identidad”, si la entendemos como  el modo de ser y de existir en las circunstancias concretas de la vida, es imposible de evitarla. Todo pueblo y toda persona, por el mero hecho de hablar, relacionarse y cumplir con las demandas de la supervivencia, se percibe a sí mismo y es percibido por los demás. Y de esas percepciones se configuran las identidades. Otra cuestión distinta es el tipo de ingredientes que las componen. Cuando se ignora mucho o todo acerca del pasado, lo que sucede es que no comprendemos por qué somos como somos. Entramos en “crisis de identidad”. Es lo que sucede en Colombia y ha quedado registrado en la prensa (que la he examinado en las hemerotecas entre 1862 y 2008), en la literatura y en la política.

La desazón que nos acompaña desde nuestras gestas de  Independencia frente a España, hace 200 años,  y que nos lleva con tanta frecuencia al recurso de la violencia para resolver dificultades mayores o menores, está nutrida, en parte, por esa falta de información acerca de nuestro pasado. Los otros factores provienen, entre otros, de los regímenes políticos instaurados desde entonces, siempre atendiendo las urgencias bélicas y los intereses de minorías poderosas;  de los modelos educativos orientados al entrenamiento, la eficiencia y la productividad; y de los sistemas religiosos que infundieron e infunden miedo a lo nuevo y muestran a las ciencias y a las libertades como sospechosas de pactos con los demonios.

Tampoco es acertada su afirmación, según la cual una persona que no tiene interés por conocer quiénes fueron sus antepasados, dónde vivían, qué tipo de vida llevaban, etc., pierde la memoria de su pasado y, con ello, un gran tesoro de valores y realidades humanas que trasmitir a sus sucesores. Cuando se ignora el pasado, es imposible perderlo porque no se ha adquirido; sucede algo peor: las fantasías ocupan el lugar del conocimiento comprobado. El mito reemplaza al saber y le abre paso al fetichismo. Este es el camino para el empecinamiento de muchas personas que siguen afirmando que todo tiempo pasado fue mejor. Entonces los valores y realidades no superan las tradiciones orales que se repiten sin crítica alguna, sólo por el placer de recordarlas. Con bastante frecuencia las vemos reproducidas en las biografías y en monografías de barrios, pueblos y ciudades. El efecto martirizador de esta ignorancia acerca del pasado es la nostalgia, especie de intimidación psicológica que impide a quien la padece elaborar una crítica de lo existente y proponer nuevos horizontes para sí y para los pueblos.

La afirmación del autor Cano que sí merece todo respaldo es la que cierra el epígrafe: Las personas y las sociedades se hacen más libres, crecen y producen, si se conocen mejor a sí mismas, de dónde proceden y cómo han llegado a ser lo que son. Agregándole, para mejorar el enfoque histórico, que también necesitan tomar conciencia de sus perspectivas, es decir, de las posibilidades que les abre su propio modo de ser alimentado en parte por las herencias y las circunstancias en que viven. Porque la historia, siendo un agradable y maravilloso recuento, no se agota allí, generando lecciones como lo hace con tanta frecuencia. Tampoco es un  magisterio que nos conduzca inexorablemente por los caminos correctos. Y, menos todavía, alcanza a constituirse en un antídoto contra la posibilidad de repetir los errores cometidos. Estas son falsas ilusiones de la cultura moderna y positivista. La historia es, por encima de cualquier dogmatismo, una fuente de creatividad para las generaciones que la estudian cuando van a tomar decisiones, pero no garantiza que estas decisiones no se equivoquen, que sean completamente válidas o que inexorablemente den en el blanco.  

3.      Nos dan oportunidad de re-creación

 

Llegados a este punto, podemos abordar el tercer elemento. La forma de entender las efemérides como recreación: como entretención lúdica o como crear otra vez (re-crear). En el primer sentido, toda conmemoración emociona por su capacidad de ponernos en contacto con lo desconocido o lo olvidado, pero también por reiterar o por cambiar lo existente. Nos invita al jolgorio como expresión del júbilo que permite descargar nuestras tensiones; es la catarsis o desahogo, como la conocemos entre paisas. Por eso se les llama fiestas.

Sin embargo, nuestro deber como académicos, es llamar la atención acerca del segundo sentido de la palabra re-crear; la oportunidad que se abre con las efemérides: hacer el balance entre los tiempos para detectar los horizontes hacia los que individuos y pueblos pueden encausar sus quehaceres.

En este simposio escucharemos las contribuciones de los doctores Javier Ocampo López (La fundación de Aguadas); Jorge Eliécer Zapata (La colonización antioqueña en la óptica de los analistas Otto Morales Benítez y Albeiro Valencia Llano); escucharemos también al historiador Albeiro Valencia Llano (El contexto histórico de la Fundación); José Fernando  Ocampo Trujillo (El impacto de la colonización antioqueña sobre dos mementos decisivos de la historia del siglo XIX); y Antonio Estrada Álvarez, con su examen genealógico a una de las familias fundadoras de nuestro municipio. Testimonios históricos que nos dan fundamento para apoyar la creación de unos estudios permanentes acerca de Aguadas, la CÁTEDRA DE LA AGUADEÑIDAD. Iniciativa académica que debe llamar la atención de los jóvenes y los mayores para examinar con celo las razones por las cuales a los doscientos años de fundación nuestra ciudad presenta grandes problemas de inequidad social, de calidad de vida, de desempleo y falta de oportunidades para el trabajo, el estudio y la diversión. Estudios que deben ponernos de frente a los problemas y búsqueda de soluciones.

Pena sentimos los aguadeños mayores cuando todavía transitamos por carreteras en permanente destrucción; caminos que impiden al cultivador sacar sus productos en condiciones de mercadeo que retornen sus esfuerzos en forma de utilidades decentes; pena nos da cuando nos enteramos de la falta de futuro para los jóvenes, dispuestos siempre a emigrar en busca de oportunidades en las ciudades industriales o comerciales; cuando la calidad de la educación y la salud no alcanzan a cubrir las demandas de toda la población en niveles de excelencia; cuando las obras de infraestructura prometidas eternamente por las distintas administraciones, se mantienen como una promesa pero no se concreta.

Si estas reflexiones del Simposio nos sirven para despertar las mentes y ponernos en actividad cívica hacia un esfuerzo colectivo por mejorar las condiciones de vida y democracia en Aguadas, nuestra participación no habrá sido en vano. Y podremos dejar encendida una vez más la llama de la esperanza para que al llegar a los 250 años, nuestro municipio sea visto como un ejemplo a seguir por los demás pueblos de Colombia.

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