Historias a pie limpio 2

Una vez montados de nuevo en bus, colados del mismo modo y sin estipendios para el chofer, iniciábamos otra ruta de aventuras para bajarnos en algún barrio cerca al río Magdalena; para quedarnos por horas, jugando en los arenales, recogiendo carajadas, percibiendo los olores del mismo, los vientos, la temperatura en la piel y la libertad. Sí, esos paseos de cada temporada de vacaciones de diciembre, junio y Semana Santa; me sabían a libertad e independencia.

Para Juancho, era un diario actuar en la cotidianidad; aunque esa palabra no fuera conocida por nosotros a esa edad. Para mí, era el asombro por casas hechas con otros materiales. Esa Medellín montañera se me presentaba ocre, ladrillo, naranja, rojiza, verde, azul verdoso. La Dorada, en cambio, se me presentaba gris, con ladrillos extraños, con calados o ladrillos en cemento que dejaban entrar el viento a las casas; con ventiladores por todas partes, con mecedoras y sillas amarradas de un cable plástico que permitía el asiento a las personas y que eran sinónimo de pobreza; lo gracioso es que diseñadores industriales actuales, han visto la verdadera riqueza del material y hacen sillas costosísimas, después de releer su uso.

La vegetación se me presentaba como seca y el mejor regalo a mis sentidos, era el olor que en toda la ciudad se podía percibir: una fragancia de leña y hoja quemadas, pues, en ausencia de recolección de basuras, las personas barrían sus aceras o calles empedradas y quemabas el recogido. Ese olor lo reconocía hasta dormido, sin exagerar, era el que me despertaba para decirme que había llegado y que era “libre”. Aún hoy me pregunto qué tipo de árbol es el que, al quemar sus hojas y ramas, produce ese aire de tierra costera; he creído que son los Almendros, que tanto abundan en La Dorada de mis recuerdos.

Al llegar de noche a la casa, unas tajadas de maduro se fritaban en pailas con capas de amor tostado; esas pailas que no brillan sino que una costra negra las protege del tiempo y del desabrido olvido. Arroz, de ese sencillo que no tiene nada, pero que hace del amor cocayo. Aguapanela, que es el Vivecién natural que alimenta al pueblo. Esa Tía Oliva no cocinaba con aceite, mantequilla o sal; ella era solo amor, con amor freía, con amor salaba, con amor endulzaba. Cuando murió, sola en su casa y con mi primo ad portas de irse a prestar servicio para el Sinaí, la Tía Oliva solo tenía arroz en su cocina, en una profunda soledad, pues, nunca regresó el único hombre de su vida y que, en algún tiempo, le llevó a vivir a su propia moza a la casa. Por eso la T mayúscula, porque Tía, era grande.

Prestaba servicio militar en Puerto Berrío, cuando me dieron la noticia, llamando de un teléfono público de Edatel, de que Tía Oliva había muerto, diciéndole adiós al que pasaba por su casa. Ahí mismo, en la llamada, la subí a los altares, la declaré Sierva de Dios, Venerable, Beata y Santa con solo una orden mental, di gracias que no sufriría más en este lado del ser, esperando a un hombre que jamás regresaría.

De Juancho y yo, les puedo seguir contando…

1 comment

  1. gloria estrada   •  

    Utilizás aquí una palabra que me recuerda a mi mamá: carajadas. Me gusta este estilo, este sello. Te veo en cada palabra, en cada olor, en cada sentido. Un abrazo enorme.

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