Humos a cocholate y arepa en el campo

Una arepa está en el fogón más tiempo de lo normal, pero es que al consentido de la casa le gusta así, tostada, de forma que se intensifique el sabor del maíz. Otra arepa está recién puesta en el fogón, aún está blanda y se le ve la marca de los dedos; es que a la matrona nadie le quita la forma de hacerlas, a mano, volteando la masa de un lado al otro y rotando la tortilla que se va formando en cada aplastada en el aire.

En el otro puesto del fogón hierve un cocholate, que es así como le dicen al chocolate en tierras montañeras; el café ya estaba hecho y por eso no hicimos mención de él desde el principio. Del café no hablemos mucho, solo que tenía uno que otro grano pasilludo, pero en general de taza limpia; del cocholate, ese sí que estaba pa’ levantar moribundos y hambrientos; con un espumero de tal altura que la doña creyó que tenía jabón. La noche anterior, Emeterio, trajo pandequesos, fresquitos de don ‘Pocho’, desos que la gente pelea en la plaza cuando salen recién horneados.

La tercera arepa es puesta en el fogón. Humea un pedacito quemado pero no molesta, faltaba más, que esos humos son los que le dan carácter a las casas de campo. Por eso, los vecinos se asoman y saben que hay jolgorio gastronómico con aromas a campo. ¡Bendita sea la tierra por el fuego consumidor, que por él mismo cocemos los alimentos. Bendito el campo.

1 comment

  1. Alberto Mejía Vélez   •  

    Comer arepita caliente después de haberla embadurnado de mantequilla, de esa que venía envuelta en hojas de plátano y que se echaba en un recipiente con agua que hacía las veces de nevera, era placer de los dioses, pues estaba hecha por las manos de la madre, que en cada vuelta para darle la consistencia, ponía un tris de sal y mucho de amor. Espere mijo, no la mordisque que ya le llevo el chocolate. De la taza se escapaban hilos de humo que mostraba que estaba más caliente que negra rivereña. A un lado del plato de peltre, tímidamente estaban acomodados un par de biscochos, tajada de quesito y un pandequeso caratejo, que mostraba las quemaduras del horno.
    Todo se iba engullendo mirando hacía el taburete de cuero, en que la maleta llena de cuadernos, indicaba que se tenía cumplir con el deber. El ceño indicaba, que era contra su voluntad. Terminado el desayuno, un abrazo y un Dios te pague mamá.

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