La angustia de la última mirada


Por Alberto Mejía Vélez

Los días traen, a cada instante hermosas postales. Para verlas se debe andar con los ojos bien abiertos y haber dejado detrás de la puerta: odios, resquemores, celos, angustias y envidias. La hermosura está junto a ti.

Hay quienes se internan en la espesura del monte buscando el paisaje; otros se adentran en la profundidad del mar para encontrar lo que sus aguas esconden. ¿Será que cuenta las flores lleno de admiración? ¿O hará con sus manos temblorosas limpieza y poda? No es nada raro que el aroma lo transporte al pasado, cuando con el corazón henchido de amor llevara ramillete acompañado de guitarras y tiples a la mujer que colmaba todo el ser, sin que quedara espacio para nada más.

Puede ser que la angustia de la mirada, sea de saber que falta tan poco para abandonar las alegrías del pasado o el amor de seres queridos. No es raro, que busque entre palomas y flores la compañía, para contar historias que en su casa ya nadie quiere escuchar; él lo supo, cuando lo mandaron a dormir a la última pieza junto al crucifijo, que lo acompaña desde antes de la procreación de los hijos.

La naturaleza, el amor y la paz, la encuentra en lugares prestados. Nada rima en sus palabras, ni su voz enamora la vida material. Sólo la flor escucha su monosílabo carrasposo: ¡Ingratitud!

1 comment

  1. Dora Galeano   •  

    Sin palabras…hermoso relato. Me puso a pensar,si hay algo que nos seca el alma es la ingratitud a nuestros mayores.

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