La Madre, la Montaña y la Cueva

La Madre, carga a su niño, lo que la hace a ella poderosa y numinosa. Allá adentro, tras las rejas que hacen las veces de puerta a lo misterioso, lo inefable o lo desconocido (Oculto), allá adentro reposan dos: la Madre y el Niño; ambos poderosos. Un “arquitecto”, consciente de su acto religioso e inconsciente de su acto personal, cavó la montaña e hizo habitáculo para tremendos arquetipos. Luego, a través de la estético realizó cuadrado y marco que unifica y da sentido a la obra. La “casa”, además, es una flecha que apunta hacia arriba, lo que lleva al hombre a la comprensión o búsqueda de sentido con ese más allá, “arriba” de nosotros mismos. Los colores, no podrían ser más luminosos-numinosos, trascendentes y esperanzadores, llenos de vida y no de muerte.

Todos estamos impregnados de ello: la Montaña, que somos nosotros mismos y a una Madre, individual, colectiva y natural, además. Somos el Niño sin intoxicación, inocente, poderoso. Somos los arquitectos de nuestros propios símbolos, artífices, orfebres de nuestra vida. Solo me preocupa el encierro de tales símbolos, esa “seguridad” hecha rejas que coarta, que impide la manifestación de los mismos; paranoia y justificación por los daños que nos hacen, por las envidias o la incomprensión. También somos animales salvajes.

¿Imagino que han soñado, muchas veces, con la montaña (Subiendo o bajando)?

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