La mirada perdida

 

Lo que dice la mirada, cuando los labios no dicen nada

Un cúmulo de ángeles de negro, voyeristas de pensamientos ajenos, conviven entre las conversaciones mentales de decenas de alemanes, visitantes de la Biblioteca de Berlín en la película Cielo sobre Berlín (Wings of Desire) de Win Wenders, 1988.

El ejercicio lo repito con alguna frecuencia cuando viajo en Metro y comienzo a percibir diversas miradas que le cambian la tonalidad al rostro de cientos de pasajeros, anónimos por lo menos para mí. Comienzo de pronto a inventar historias de cada perdida mirada como queriendo ingresar al imaginario de cada quien y escuchar los conflictos internos que tienen allí su teatro de acción.

¿Qué estarán pensando estos que no miran nada?, ¿dónde reposan su mente con ojos de foco perdido? Algunos la enclavan en contabilidades caseras con el cuadro lleno en el haber. Otros, con miradas giocondanas, posan una picardía de domingo no lejana en unos ojos que quieren recrear un erótico pasado de reciente suceder. Algunos parecen leer el libro reposado en el regazo, pero solo siguen renglones sin sentido porque su pensamiento está en otra cosa, en ella, en esa mujer que su paz ha trastocado. Esas miradas dueñas de si mismas están acompañadas algunas veces de manos tejedoras con hilos invisibles que se mueven y entrecruzan como tejiendo imposibles, en otras ocasiones y sin darse cuenta, las miradas van acompañadas de pucheros adultos hechos por labios que parecen musitar palabras mudas, como mordiendo los pensamientos que los ojos callan, como haciendo muecas inconscientes, como opinando, como apretando recuerdos.

De algunas personas, me es aterradora la mirada cargada de callos y de tristeza, miradas apresadas entre rostros llenos de arrugas, como la de María Aurora Valencia, dueña de una chaza ambulante a quien le pedí un día que me dejara tomarle una foto con su pequeño almacén de confites, foto que consta en mi blog y que denota un angustioso cansancio y el anhelo de un casi imposible cupo en un ancianato ubicado en La Estrella. Un mes después de capturar su natural mirada de párpado caído, Aurora era poseedora de otra mirada esta vez más relajada, en el ancianato donde aprobaron su cupo, gratis.

Rumbo a la estación Berrío del Metro, algunos ojos se hunden dentro de rostros curtidos, confesando el agotamiento obrero y la insatisfacción manifiesta de largas jornadas con horas extras no canceladas, esas son miradas acuosas, teñidas de rojo y de lento parpadear. Las cortinas de esta mirada se cierran de cuando en cuando y se abren de vez en vez como atalayas que avisan al pasajero dueño de esos ojos, que ya es hora de bajar para una nueva jornada de lucha diaria.

Estación Prado del Metro avisan por el parlante, pero unos ojos vecinos siguen esquivos ante el sonoro aviso. Ellos se mueven lentos, cavilantes, con su punto de fuga puesto en un par de zapatos de tacón bajo habitados por los viejos pies de una común anciana sentada en frente. Esta mirada, que se clava en el detalle sin observar nada, es la actitud del ojo cuando descansa impávido para que el autor de largos pensamientos comience a tejer historias rumbo a casa. Es esta mirada de quien se abstrajo del audible mundo para coser pensamientos con hilos de recuerdos e ideas, hasta que un tercer llamado con nombre propio le haga salir de trance: ¿Qué hubo, qué estabas pensando?

Cuántos no hemos entrado en ese trance que nos deja ensimismados, tercos al mundo externo. Cuántos no hemos puesto sin quererlo, nuestro foco en un reloj de mano ajena, en un vaso ya vacío o en el teclado del ordenador como esperando que las letras se escriban solas. Cuántos de nosotros hemos buscado rostros nuevos en los techos de madera.

De algo estoy seguro y lo confirmo cuando viajo en Metro sentado en las bancas con otros congéneres esperando enfrente, y es que tenemos terror de mirarnos y reconocernos en el otro. Haga el ejercicio y verá que no miento, que a nosotros no nos gusta que el extraño nos mire, y si las miradas de dos hombres son las que se encuentran, ha vergüenza manifiesta creyendo el otro, que yo soy de gustos diferentes. Cuando el otro nos descubre mirándolo, lo evadimos inmediatamente o cuando soy yo quien descubro esas fortuitas miradas, el del frente es quien me niega sus ojos. ¿Quién nos prohibió dejar la mirada perdida en los ojos del otro?
 
Y ya cerrando los ojos… Dejemos que la mirada se pierda en las ventanas de los otros, miremos de frente y olvidemos la mentira, dejemos que la mirada se pierda cuando los labios no digan nada.

3 comments

  1. Alejo   •  

    Mi viejo, que realidad tan cruel, de verdad, parecemos hormigas que vemos con las antenas, unos mirando al cielo, otros mirando a la tierra peo nunca mirando a las personas a nuestro al rededor, cuantas sonrisas nos hemos perdido?? esa es la pregunta que me hago todos los dias

  2. marisol   •  

    SOLO MUY POCOS ALCANZAN A MIRAR A OTROS A SU ALREDEDOR, E INCLUSO LLEGAN A TENER SU SENSIBILIDAD Y VIVR SUS DOLORES Y ALEGRIAS.

    SABES SOLO ESO TE LO DA DIOS, ES UN DON DE DIOS EL MIRAR EL CORAZÓN DEL HOMBRE.

  3. Pingback: La mirada que introyecta | Carlos Múnera – Somos iguales

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