La Tartana de Don Cuco – Alexánder Cuervo

John Alexánder Cuervo López, primer lugar en el género de Cuento, en el concurso celebrado durante la Semana del Idioma, Instituto Tecnológico Metropolitano. Medellín, 15 de abril de 2011

Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde diariamente trabajaba llevando mercados en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.

Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela” con un buen pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo, por lo menos media hora, como era debido antes de arrancarlo. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, algo infernal, sumándole la humareda y el terrible olor. Los vecinos le gritaban: “Cuco, viejo pendejo, dejá dormir; apagá esa cafetera, demente; nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado”. Improperios a los que hacía caso omiso y el cucho seguía calentando su carro.

A los 25 minutos del calentamiento habitual, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stop, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcasa llevándose consigo el filtro del aire, la “concorgaña del gutiplin”, cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: “¡Uy qué nave!”.

Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro “Don Cuco, regálenos una moneita”.

Tres días, ¡tres días! se demoró el “el pobre Cuco” en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los “chirifrostis” y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él siempre dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba, realmente, era el valor sentimental.

1 comment

  1. jairo carmona valencia   •  

    Unas felicitaciones para John Alexánder por este cuento, me recordó mis más de cuarenta años de repuestero, treinta y cinco de ellos en “Barrio Triste”. Todo muy clarito, muy bien hilvanado el cuento y mejor aún su desenlace, toda una cátedra sobre todos los cachivaches que lleva un vehículo… Sin embargo no he podido recordar por más cabeza que le eche a la bendita “VIOLA” o instrumento musical en una tartana como la de don Cuco…

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