Los ‘cacos’, solo han dejado cacas

Por Alberto Mejía Vélez.

Siempre fue una casa lúgubre, habitada, últimamente, por una persona que hacía poco por tenerla en buen estado. Por algo inexplicable, un día salió para nunca volver. En el pasado aquella propiedad fue admirada, pero como sucede siempre, la soledad y el abandono fueron haciendo mella.

Alguien le hizo un muro para blindarla de personas indeseables, sin embargo, cada día que pasaba algo había desaparecido de la estructura. La pregunta de los vecinos asombrados era: ¿cómo y por dónde?

La puerta principal y las ventanas ya no cubren el interior; los postigos cerraron sus ‘ojos’ y no miran con disimulo a los transeúntes; las habitaciones que fueron refugio de amores, besos y pasiones quedaron al descubierto para la entrada de murciélagos. Las rejas que brindaban seguridad y adorno en el ayer, solo son unas cuencas vacías y taciturnas, por la que penetra sin riesgos el aire gélido en el anochecer tétrico del barrio y las siluetas móviles de criminales tenuemente iluminadas por la luna, a veces traspasada por las nubes.

Por la imposibilidad de transporte se han salvado los muros, tejados y tuberías. La casa, llora. En el llanto, es acompañada por murmullos de antiguos habitantes que ven cómo ha sido carcomido por la indelicadez de la ambición, la ignominia y la inseguridad. Se sientan en el vacío a recordar aquel pasado de calma, sinceridad, armonía y familiaridad. En voz baja se relatan el nacimiento de hijos; la profunda alegría en el advenimiento de nuevos seres que prolongarían su estirpe; el llanto fúnebre ante el primer muerto y el esparcido olor a flores, que hoy, ha sido absorbida por el de las cacas depositadas por los ladrones.

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