Manjar de olores – Crónica

El encanto del sentido más evocador

- Inclino mi cuerpo como una reverencia y por segundos lentos desaparecen de mi vista decenas de comensales en algún restaurante de esta Medellín coqueta. No es un saludo especial, quiero únicamente acercarme de manera íntima a uno de mis mayores placeres: OLER. Entro entonces en sano éxtasis cuando percibo el ascendente aroma del pesto que viste a unos canelones y de una albahaca impetuosa que trata de conquistarme de primeras. ¡Calma que a ambas las quiero y las necesito para comer entero! Para seguir con mi ritual, cierro los ojos llevando un bocado virgen a mi boca y no puedo dejar pasar tal sabor sin antes jugar a solas con él. Podría morir en ese instante. Percibo.

 

¡Los olores! Esos eternos milagros que se nos presentan inadvertidos cada día en medio de afanes insalubres, milagros que deben ser admirados en cámara lenta, cuadro a cuadro, gramo a gramo, molécula a molécula. Qué tal el cine con el olor como cuarta dimensión… ¡Sería perfecto! (La tercera es el tiempo). ¡Los olores! Aquellos protagonistas que parecen de reparto, que parecen extras, que parecen de segunda hasta que se escucha un “Huele feo, ¿cierto?” y entonces se vuelven antagónicos.

 

- Abro mis ojos y me doy cuenta que Diana estaba allí, converso, sonrío. Tomo uno de los panes que esperaban por mí, lo parto como lo haría el Mesías, sólo que los acerco a mí para aspirar todos los aromas que me puedan donar y abandono uno de ellos, para bautizar su mellizo en vinagre balsámico y jugar de nuevo en mi boca. Converso.

 

¡Vientos saborizados! Sensaciones estas, que como máquina del tiempo, son capaces de transportarnos a lugares, fechas, instantes y momentos. La entrada del extremo sur de San Diego en Medellín huele a la entrada de los teatros Junín en los ochenta, a crispetas de caramelo con ropa nueva. En ocasiones, en la estación Acevedo se cuelan a los vagones del metro, aromas de La Dorada (Caldas), a cierta hoja de árbol y madera quemadas y humeando. Hay calles en Bello que me han teletransportado a Puerto Berrío (Enserio). Una estantería en el Politécnico huele a mi salón de 1°C en 1980. Los recreos huelen a sánduche y café con leche frío. El edificio de primaria de la UPB no ha cambiado de olor en 27 años. Las casas todas tienen su propio olor.

 

¡Los aromas! Viajan colados de manera gratuita en el aire, sin marcar la registradora, sin pagar peaje. Un cuerpo recién bañado, una sábana recién cambiada, el delicioso aroma a carro o tenis nuevo ¿Cómo preservarlo? Cuántos compramos el jabón de baño, probando aromas a través de la caja.

Cuántas no huelen la carne “a ver” si está mala. Cuántos compramos el shampoo por su aroma y no por sus componentes. Cuántos no amamos el ajo sofriéndose en mantequilla, o el aroma de un cilantro recién picado para hundirse luego en un mondongo dominguero. (Sí, ya se q a muchos no les gusta)

 

Cerrar los ojos y oler…

 

¡Aspirar! Atreverse a entrar en alguna librería con el único fin de robarse seis minutos la fragancia de un libro intacto, todo un protocolo: se elige el libro, ojala de hoja crema, las blancas huelen más a químicos; tomarlo, abrirlo en cualquier capítulo (como siempre la mitad) tocarle sus hojas castas y pasarlo abierto por la nariz para aspirar aromas de goma y papel con un triz de tinta. Mmm…

 

Otras recetas más sencillas: visitar carpinterías o tiendas de muebles y percibir las maderas todas ¿qué tal el comino? Nuestra casa recién trapeada con aromas falsos. Una arepa tostándose (ojo se les quema). Viajar por carretera, sacar el codo por la ventana, mirar para afuera, dejar que el viento nos peine a su manera y permitir la entrada de miles de mensajes: que una molienda por allí, que los mangos ya se caen, que por allá cocinan con leña… ¿qué tal los pinos subiendo por Las Palmas? ¿Qué tal el olor a campo, a finca campesina, a boñigas bienhechoras de la tierra?

 

La cuenta por favor…

 

No hace falta entonces jugar con cuña y combinado para ser felices o comprar un “quintico” para asegurarnos una alegría inventada; hace falta más bien, no tomar un chocolate de abuela sin antes olerlo y jugar con él. Sentir un antipasto o un tomate recién cortado. Darse cuenta de cómo se funden el gordito y la punta de anca como uno solo, siameses de cara distinta y ser feliz. Oler, aspirar, sentir, percibir, viajar.

 

Ya los veo saliendo a comer… ¡Pillados!

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