Mi Polaroid imaginaria

Me llegó carta de una bloguera amiga que hace poco conocí personalmente. A parte del placer de conocerla, tuve el placer de recibir, como ya lo dije, un correo suyo donde me confesaba su pasión. Me pareció hermosa esta historia y muy evocadora, tanto, que les traje el texto para que no quede en secreto, semejante confesión.

Mi Polaroid Imaginaria. Por: Sara Cuartas Valencia (carta enviada a mi correo)

Siempre me ha gustado la fotografía pero técnicamente he tenido negaciones con las cámaras. Quisiera compartirle algunas de mis experiencias con el tema. Creo que en estos recuerdos puedo reafirmar que la imagen siempre será mi pasión pero opté abordarla desde lo literario.

Recuerdo que el primer contacto con la fotografía fue hace unos 19 años. Era una camarita que me enseñaron a construir en el colegio en clase de Estética. Era un juego de papiroflexia: triangulitos que al unir dos partes dejaban un pequeño hueco que hacía de visor y lente con el que se “capturaban” cuadros maravillosos que no podían ser vistos en ese instante sino por el “fotógrafo” y jamás materializados en un papel -al menos que se hiciera un dibujo inmediatamente-.

No había cómo revelar las imágenes que se veían al poner un ojo en el pequeño espacio mientras el otro hacía un guiño. Uno de mis mejores recuerdos fotográficos era mi madre tejiendo. “Registraba” todo lo que había en casa y a mis amigos de la cuadra; pero tuve una gran decepción con mi Polaroid imaginaria cuando a Mábel, mi vecina, le regalaron una camarita de pasta naranjada, rectangular y con un flash en la mitad. La cámara más poderosa que había visto.

Mabel era hija de un vendedor de repuestos de carros. Se decía que el dinero del padre de mi vecina, era de origen “caliente”; -me imaginaba billetes en llamas o saliendo de un horno como un pastelito-. La vecina tomaba fotos, pero ella obtenía las imágenes en papel, luego de ir con su madre a Foto Japón. Recuerdo que nos sentábamos todos los de la cuadra a vernos en las fotos.

Mi Polaroid imaginaria padecía del rechazo y la burla de muchos, no había nada por mostrar días siguientes a las tomas que había hecho con mis humildes triangulitos. Abandoné mi camarita de papel y en esa envidia terrenal por el rectángulo naranja de mi vecina no quise seguir haciendo fotos. Días después le dije a mi madre que quería una camarita de cumpleaños quien me respondió que para un próximo onomástico me la daría, entonces esperé ese día con ansiedad y cuando llegó, encontré una camarita, pequeña, de color naranja como la de Mabel, pero no tenía espacio para poner el rollo o disparar, era de JUGUETE.

Recuerdo mi tristeza ese día, y más cuando Mabel, que estaba invitada a la fiesta de mi séptimo cumpleaños, tomaba las fotos a mi fiesta y a mi cámara de juguete. Pensaba que la cámara era para adultos o niños con mucho dinero, como mi vecina.

La cámara que había en casa, se usaba en fechas especiales y nunca la pude manipular. Mi resignación fue tanta que me olvide de esa pasión. Cinco años después de ese cumpleaños, me regalaron una preciosa cámara, era mi objeto del deseo; no paraba de hacer fotos hasta que mi próxima decepción se hizo manifiesta: la espera por ver revelado en Oduperly, un rollo con 24 tomas que se me fueron en un instante. Frustración porque mis padres no tenían dinero para estos asuntos de la imagen y menos de manera permanente; pasaron meses antes de ver el resultado de mis tomas.

A mis 17 años, estando en grado 11, desempolvé el maravilloso regalo, y con las ventas que hacía de chocolatinas en el colegio compraba rollos y revelaba las fotografías en una hoja de contactos, -que me decía la señora de foto Japón, salía más barato y podía ver cuáles me gustaban para luego ampliarlas-. Muchas de las fotos que tomaba me parecían feas, aburridas, pero mis compañeras de colegio me encargaban una que otra. Tomaba fotos a todo evento y hacía historias con ellas, juntando las imágenes y los textos que leía o escribía en las tardes.

Cada día tenía menos dinero para comprar mecato en el recreo y mis ingresos por las ventas estaban destinados a comprar libros en la librería La Anticuaria o en la librería de la Universidad de Antioquia, a comprar rollos y a su revelado. Mis  gustos eran sencillos pero costosos para mi estado financiero. Dejé por completo la idea de seguir con la fotografía cuando le mostré las fotos que realizaba a un conocido que estudiaba Artes en la Universidad Nacional. Sus cometarios dejaron mi pequeña muestra fotográfica hecha pedazos, no creía que un estudiante de Artes tratara a un aficionado con semejantes palabras. La risa burlona de él hacia mi cámara fotográfica fue tanta, que me sentí como un mosco en la sopa más selecta y amarga. Hoy no olvido los comentarios del estudiante y de Mabel.

Desde luego que seguí tomando fotos y me aseguraba mucho de que mi camarita -que según el estudiante de Artes era para tomar fotos de paseos en Comfama y no para fotografía artística- me diera satisfacciones. Cada foto que tomaba, aunque no tuviera técnica, tenía vida.

Momentos significativos capturados con el par de triangulitos de papel: mi madre tejiendo. Una compañera del colegio durmiendo en clase de Química con un rayito de sol colado por la ventana e iluminando su rostro. Una señora barriendo la calle con un vestido colorido y su escoba como el mejor de los autos. Una pareja besándose en el parque en medio de niños. El remiendo de una media. Guayacanes Amarillos con sus flores en el piso por los meses de febrero y marzo. Mi papá recién levantado. Un niño con su camisa blanca manchada con helado de mora. Los dedos de mi abuelo teniendo la prensa. Imágenes que me son inolvidables.

Le dije que la fotografía me ha gustado, pero he tenido inconvenientes que me hicieron dejar mis triangulitos de papel hacedores de instantáneas, hoy, recuerdos imborrables. Pero pensándolo bien, si funcionó mi Polaroid imaginaria.

Imágenes: 1. Cámara similar a similar a la primera que me regalaron (Múnera) a los 12 años, una Kodak 76x con flash en Magicubo. Los Magicubos se compraban en droguerías. 2. Bolardo en Carabobo.

3 comments

  1. Gloria   •  

    Sara, es refrescante el sabor de tu escrito que nos lleva al tiempo en que fuimos niños entretenidos con juguetes sencillos y compañeros enamorados todos de la calle y del juego; de los roles; de las casas, los buses y los supermercados de mentiritas; usando y abusando de nuestra, escasa o fértil, imaginación infantil. Muchas veces me pregunto qué tan excitantes serán los recuerdos de aquellos que crecen, y seguirán creciendo con dos amigas, casi exclusivas, llamadas televisión e internet, y que los sábados y domingos tienen clases de piano, plastilina, danza árabe, patinaje, natación, alemán, etcétera etcétera etcétera.

  2. sacuva   •  

    Gloria, Gracias por las palabras. Baudelaire decía : “el artista es quien mantiene el niño interno” Y Nosotros contagiados de la nostalgia lo revivimos en el recuerdo del Domingo en las montañas de arena cerca de la casa, en las tardes de Enero y las cometas enredadas en un alambre de luz. Fetiches Infantiles que guardamos en el cofre de lo preciado: Nostalgia hecha relato. Igual que usted, me he preguntado qué recuerdo hay en el niño del video juego y la Internet o en los niños de multiples habilidades del Sábado en la mañana.

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