Monigotes: Gramática visual de un garabato

Texto publicado originalmente en Generación, suplemento de El Colombiano, el domingo 28 de octubre de 2007

  • Los dibujos realizados por los niños encierran un mundo particular, sin esquemas ni reglas.

Papá es un gigante que no cabe por la puerta y tendrá que dormir afuera de la casa, porque mide tres veces lo que la mamá. El bombillo ilumina todo el día. Los carros rastrillan sus latas desplazándose de lado. Los hombres son más grandes que los árboles, las flores más altas que las casas. Los aviones tienen alas arriba y abajo. Un hombre no sólo está secuestrado, está sitiado por decenas de rejas que coartan su libre movilidad.

Pudiera ser una escena a todo color del Guernica, de Pablo Picasso, o las formas al gouache de Matisse en su última etapa, pero son las bellas y espectaculares representaciones de la vida real, que los niños hacen cuando se abre algún concurso de pintura infantil, cuando ociosos descubren las misteriosas últimas hojas de los cuadernos o simplemente cuando su alma quiere crear.

Obras éstas exhibidas en escritorios de trabajo que se transforman en galerías debajo de los vidrios, pegadas itinerantes en la nevera de la casa o colgadas sobre mamparas de centros comerciales o desechadas en las calles.

Acercarse a los dibujos de los niños, es adentrarse al interior de su familia y las relaciones simbólicas o de poder que allí se desarrollan. Color, intensidad del trazo, ubicación en el papel, tamaño de los elementos; son variables que permiten entrever más allá del simple monigote, apreciado por unos y desapercibido para otros.

De manera natural, los infantes pintan su familia, las vacaciones inmediatamente terminadas, los paisajes “naturales” o la típica casa de techo a dos aguas con el bombillo prendido, así el sol esté en su máximo esplendor, un sol con pelos parados que nunca se queman. ¡Qué inteligencia! Proyectar en el papel, los rayos de luz que emanan invisibles desde el sol, representados por unas cuantas líneas con simetría radial alrededor de una circunferencia. Con el mismo principio se ilustra el crecimiento del cabello. Pasado un tiempo, pone de manifiesto, la Ley de la Gravedad y comienza a peinar cabellos. Curioso también la valoración masculina que adquiere el astro mayor, al tomar cara de hombre en complemento con la feminidad de Selene. Es chistoso ver dichas exposiciones en cualquier centro comercial y adentrarse en hogares donde el papá tiene barba y usa bolígrafos en el bolsillo de la camisa, la mamá usa gafas y tiene ese vestido de flores. Unos se pintan pequeños y dejan ver a sus padres como héroes. En los barrios populares expresan de mejor manera la violencia que en estratos más altos, pero todos ellos ilustran caras con sonrisas. Todos ellos saben cómo dibujar la amistad y las mascotas no pasan desapercibidas.

Despojados de cualquier conocimiento previo, estos pequeños dibujantes realizan garabatos basados en su propia percepción, que a la vista de muchos adultos, se convierten en la ilustración de mundos fantásticos por el despojo de reglas visuales y alimentadas más bien por sus propias interpretaciones, inconscientes a veces. Son complejas escenas basadas en la realidad circundante y en las valoraciones simbólicas de cada elemento. Es una gramática visual que se cocina permanente en la mente del niño, una gramática que se presta a códigos aprendidos de otros niños, códigos que ya no le son propios y terminan a veces por entorpecer el lenguaje personal; otras veces por la instrucción insana de los padres queriendo corregir en los niños, pictogramas que no corresponden a las convenciones sociales y que ya se los quisiera Joan Miró. Éste último, se detuvo una vez a ver un inédito rayón infantil hecho de tiza en una pared cualquiera, en algún lugar de España. Observó aquel trazo muy parecido a los de su obra. Se detuvo, admiró, se reconoció.

En esta amalgama de estilos, es posible ver una gramática formal alimentada por perspectivas renacentistas, perfiles con profundidad egipcia, profundidades al estilo clásico. Picasso y Miró entre otros, exploraban las formas para llegar a una síntesis como en el Toro, del primero; por el contrario, algunos regañan, castigan y retuercen el lenguaje propio de cada pequeño individuo, guiándolo a prototipos ya establecidos y poco originales, como ciertas muñequitas que dibujan las adolescentes en sus cuadernos. Por mucha tecnología que exista en cada época, por demasiadas que sean las herramientas de diseño, el mundo entero y lo porvenir, están contenidos en una barra de grafito.

No dudo del amor que Yeferson Estiven tiene por su madre cuando en una biblioteca de la ciudad le puse a dibujar su familia (imagen anterior). Comenzó por ella, siguió con otra figura y terminó con un último personaje más pequeño que los anteriores, no me sorprendí ante su confesión de que aquel pequeño monigote no era su representación, sino la de su padrastro; ubicado por demás, al lado opuesto que la de él. Yeferson valoró simbólicamente a los integrantes de su núcleo y estableció las relaciones que se dan allí. ¡Eso sí, borró cantidades!

Para los que saben, entre mis cartas del suelo, tengo varios garabatos y rayones abstractos, típicos de cuando se conversa por teléfono o no se pone atención en clase. ¿Le suena familiar?

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