Olor a lomo sudado con fique de pueblo

La escena de la imagen ya produce olores en nuestra memoria olfativa a quienes hemos estado cerca de la misma: caballo lento y cansado, sin abolengos ni sangre semental ni pelambre fina que le haga caminar elegante. Costal de fique que hace las veces de colchón, lazo viejo untado de boñiga, sombrero sudao, viejo y quebrado, orín de caballo, tapa de cerveza, olor a botella vacía, músicas guascas, olor a viejo, sudor de tres meses.

Quien monta no es el rey, quien lleva el paso no es purasangre, a ambos se los lleva el tiempo sin herencias ni recuerdos. Pero cada uno es importante en su contexto: al semoviente lo estima la gente, lo golpean suave en el maxilar, le soban la crin, los niños piden una vuelta, el dueño no lo suelta. Al hombre, lo esperan en casa, le calientan sopa, le tuestan arepa, es importante en casa y, si muere, no será olvidado fácilmente, su foto estará en la sala frente al cuadro del Sagrado.

Ambos fueron unidos por el destino, por las cuerdas que hoy se mueven en las leyes. Es el efecto mariposa, el efecto yegua o caballo. Todo está conectado, incluso usted, estimado lector mío, está conectado conmigo, espero lo mismo con usted.

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