Baratongo

Mami: Si no son del Baratongo, no me los pongo y no me los pongo. (mmm, eso lo he escuchado antes)

Colaboración de Margarita María Manrique Moreno. Imagen tomada en Sonsón, Antioquia.

Inventario de un techo en Santo Domingo

Es sabido por antropólogos, que se puede conocer el ritmo de vida de una familia a partir de la basura que saca para su respectiva recolección. Dispongo aquí, un inventario de cachivaches arrojados al techo de esta casa en el barrio Santo Domingo. Los datos fueron sacados de la foto en alta resolución.

·         Camisa, otrora blanca.

·         Trapeadora

·         7 pepas de mango

·         Casete, lado A

·         CD

·         Botella de cerveza

·         Zapato derecho

·         Pulgada de tubo pvc

·         Vaso de yogurt

·         Pila grande

·         Pila AA

·         6 tapas de gaseosa

·         Un calcetín

·         Cáscara de banano

·         Cepillo de dientes

Esto no es basura. Son señales, indicios, signos de vida. Comportamiento, uso y desuso

 

El efecto golondrina

Seis de la tarde y las golondrinas cerraron el caravanchel, dejaron de jugar en el aire y se fueron a acostar. Es 20 de septiembre y ni cuando viví un año en Puerto Berrío había visto tal fenómeno: millares de golondrinas atestaban los cables de energía de una cuadra en particular en Berrío.

Era imposible pasar debajo de tal cantidad de plumíferos sin ser bautizados por sus desechos que como misiles certeros caían en nuestras cabezas. El sector incluso huele a pluma de pollo mojado. Ni un torrencial aguacero las quitaba de los cables y los más gracioso es que casi todas se ubican mirando para el mismo lado.

No había rincón o cable que no fuera ocupado a la fuerza por tales aves. Algo curioso que quería mostrar y eso que no puse más fotos. Puerto Berrío, Antioquia.

Las 11 nietas de Petronila

Ninfa, Chila, Yolanda, Pecosa, Melisa, Luz Mila, Cristina, Patricia, Aura, Geronia y Costanza… todas hijas del difunto Toribio y Petronila, matrona de la región. Todas ellas hechas en el mismo pilón y nacidas con dolor de parto con la ayuda de Maruchenga la famosa solterona, partera del pueblo.

Alegres ellas, mujeres todas, ninguna ha conocido hombre y como van las cosas jamás lo conocerán. La misma Petronila confecciona sus vestidos, les obliga el diario rosario y la molida y amasada de las arepas de mote. Pero ellas viven felices, sin conocer las mieles del hombre y sin estrenar el lecho, pilón hacedor de hijos.

Petroniiiiiiilaaaaa, grita la vecina… dejá  a esas muchachas salirrrrr, vecina, queeeunn díaaaa se te van a volar e hinchadas volverán, con un bastardo nuevo y con un corazón ajeno. Dejá salir muchacha a esas vergajas, que vos estás muy vieja y ni nietos te quedarán.

Venta de muñecas en un puesto de artesanías en San Antonio de Pereira, Rionegro – Antioquia.

Ventas mudas en san Antonio de Pereira

Este tipo de vendedor ambulante no necesita de su garganta para gritar en alto, la suma de sus productos a la venta. Solo el aire que roza sus pulmones son necesarios para cantar su producto a niños y antojados. “¡Qué va a comprar deso, reza mi mamá, yo le enseño a hacer eso en casa y verá ques lo mismo!”. Y pues sí, después quién me aguantó gastando el detergente en pompas de jabón por toda mi casa.

Siempre me encantará ver un vendedor de pompas de jabón, porque lo comparo con los que venden aguacates en los barrios que ascienden montañas, los comparo con vendedores de MAAAAAASAAAAMORRAAA PILÁAAAA. El de las pompas nunca llegará a casa sin voz.

“Mario ¿Quién se gastó el jabón que tenía aquí?” / (Silencio) / Vendedor ambulante en San Antonio de Pereira, Rionegro. Antioquia.

Pájaro de mar por tierra

Pájaro de mar por tierra es un dicho para quien no esperábamos ver, a quien se aparece por lares que comúnmente no frecuenta, a quien hace rato no veíamos.

Dos pájaros de río esperan en tierra por pasajeros: El Turpial y El Azulejo, en una tarde cálida y dorada por el sol de Puerto Berrío en el Magdalena Medio Antioqueño.

Puerto Berrío

Suspiro al recordar mi año de servicio militar en Puerto Berrío. En este puerto, prestaba yo guardia, reflexionaba, pensaba, escribía y dejaba pasar las horas sin darme cuenta.

Doña Carmen vive sola y cada tarde de su lenta vida la pasa en este puerto, engañando peces que luego serán su alimento diario, maná del río Magdalena. Mientras estabamos varios con ella, doña Carmen atrapó un Bagre Sapo de pequeñas dimensiones, ella dice que lo tasajea para dos porciones, pero la verdad es que con una, quedaría aullando la tripa.

Estas fotos de tantos municipios de Antioquia, son el resultado de mis correrías al lado de la Orquesta La Tropibanda, en esta oportunidad, para tocar en el programa Venga a mi Pueblo de Teleantioquia.

Sonrisa Giocondana en Amagá

Esa sonrisa Monalisa, es una sonrisa temerosa de que no se cumpla la promesa del Gobernador de Antioquia de meterle la mano al municipio de Amagá, que la verdad sea dicha, anda caido y desarreglado (El municipio). Las vías, su parque y el fenómeno de hundimiento de la banca y el daño en las viviendas, además del cierre de algunas minas; tienen a este municipio al borde de algún colapso, para no hablar de sus nuevos problemas de violencia.

Pero demás que la mano se le meterá a este municipio y la alegría dejara de ser giocondana para ser libremente expresiva y jocosa cuando estrenen parque, plaza de mercado y pase de nuevo el ferrocarril y vuelvan el color y alegría de otros tiempos.

Chorizo y papa rellena, viandas que mis visitantes de otras tierras no pueden disfrutar… Para ustedes, esta foto y el antojo de su olor grasoso y picante. Bien puedan descarguen esta foto y pongan a curar el choricito, que con limón y arepita, una buena tarde de recuerdos disfrutarán.

Nota del 16 de mayo de 2011: Amagá ya tiene su parque.

San Pedro de los Milagros: Leche, color y belleza

  • Tun tun / ¿Quién es? / La vieja Inés / ¿Y qué me traés? / Un huevo podrido
  • Tun tun / ¿Quién es? / Señora ¿Ha escuchado quel fin del mundo se acerca? / ¡Ay no señor, aquí somos católicos
  • Tun tun / ¿Quién es? / Se arregla la olla presión se arregla / Ay no señor, gracias
  • Tun tun / ¿Quién es? / ¿Doña es a ver si tiene ropita vieja questamos recogiendo pa los muchachos que se están rehabilitando… / ¡Ay señor, la regalamos justamente ayer que pasaron recogiendo
  • Tun tun / ¡Ay, no abrás querida ques un señor pidiendo limosna! / Doooñaaaa

hermosa niña tomando el sol en el parque de San Pedro de los Milagros en el norte de Antioquia. La verdad es que está tomando el sol OBLIGADA, porque el parque de San Pedro no tiene ÁRBOLES que den sombra. Es un parque de esos dizque llamados “CONTEMPORÁNEOS”, desos ques sólo cemento, espacio y nada de verde. Así, así es el parque de San Pedro de los Milagros, muy amplio pero muy seco y con la gente sentada haciendo malacara… malacara porque les cae el sol del poniente y sólo les queda fruncir el ceño para menguar el sol.

Ritual de despedida

¿Quién fue el primero que colgó los tenis en los cables de energía de algún barrio? / ¿Será que este particular ritual se realiza como una manera inconsciente de preservar la existencia propia? / ¿será como trofeo que se expone tras el alcance de una meta? / ¿Por qué este ritual de despedida para los zapatos viejos? / ¿Para qué retiro tan ostentoso, tan visible, tan cariñoso? / ¿Será ese miedo a la “cosa” extinta? ¿a la muerte última?

De pequeño vi, cómo después de un partido de fútbol barrial, el goleador se despidió de sus zapatillas desgastadas, amarrándolas de sus mismos cordones y lanzándolas al aire como a birrete de grados, y verlas enredarse en los cables primarios de energía, sin mayor despedida que su sonrisa.

Ojo al avión arriba de las zapatillas.

Las plantas presas

Condenadas a recibir solo el agua que le regale la lluvia, la misma con que se cargan baterías para carro. Condenadas a nos ser miradas y contempladas, allí, escondidas y presas por las rejas. Condenadas a no florecer y a no ser visitadas por mariposas y abejas biehechoras y polinizadoras, expuestas al piojo de mata, al óxido del hierro, al polvo del caminante, expuestas a ser olvidadas y nuca miradas.

Comuna Nororiental de Medellín, cercanías al Metro Cable.

Romaña quiere un huesito

Qué rico fuera un calambombo bien sabroso!

  • ¡Qué rico fuera que me tiraran una tripita!
  • …Como esa costillita que me tiraron en la carnicería la otra vez
  • O como don Evelio que siempre me guarda el guargüero para mí
  • ¡Y qué tal una librita de solomo, pero qué va, a uno no le tiran de eso!
  • ¿Dónde andará Yolanda la perra negra?
  • Me voy para donde don Evelio a ver si ya abrió
  • De la Minorista al Marymount, Historia de un álbum familiar

    Crónica publicada en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, el 30 de diciembre de 2007, bajo el título de “Tras el rastro de un álbum perdido”

     

    2005, día de mercado

     

    Marta abandona el camino de múltiples colores, de olores varios a fruta y sudor de pueblo, se desvía del circuito normal de compras en la Plaza Minorista en Medellín para dar un vistazo a los particulares locales de cachivaches, segundas y antigüedades que hay en el costado occidental de la misma, locales que visita muchas veces en compañía de su esposo Jassón De La Rosa, quien compra allí diversos artículos con qué armar eclécticos adornos para su casa en Copacabana. Entre hierros oxidados y cobres opacos, dos álbumes en regular estado roban la atención de Marta quien al hojearlos percibe a una familia feliz y de afortunada posición económica.

     

    Diez mil pesos paga por el nuevo tesoro que tocan sus manos; el polvo y la mugre corren por cuenta del vendedor y del tiempo. Los compró porque no aceptaba que decenas de imágenes estuvieran por fuera del territorio familiar, porque presiente la angustia de una familia por la pérdida de dos volúmenes de recuerdos y de rostros que cada vez se hacen más familiares. Se los compra al destino con el único fin de encontrar a sus dueños.

     

    2007, invitación abierta

     

    En un cotidiano encuentro de medio día, Jasson y su esposa me contaron de su especial compra dos años atrás y me invitaron a conocer su casa y a plantearme el reto de encontrarle dueño a los dos álbumes perdidos. Solo tres meses después correspondí a la invitación,  y acompañado de mi amada compinche, conocimos el bello tesoro avaluado en cientos de sonrisas y enmarcado entre los años 1969 y 1970. Varias hipótesis bailaron entre historias y risas y concluimos, a-priori, que una pérdida entre algún traslado o un robo a su castillo urbano, era la causa de que estos dos ejemplares rodaran entre cartones y papeles, cofres y latas, entre piñas y papayas.

     

    Con ese insumo ya en mi casa, corrimos mi esposa y yo a leer signos y a armar descendencias, a realizar cirugías ambulatorias y a extraer imágenes claves para dar con sus protagonistas en carne. No era una autopsia, porque los álbumes nunca mueren; el mal revelado y el fuego son sus únicos asesinos. Tomamos nota, sacamos nombres, unimos apellidos, pusimos edades, hicimos cuentas, tomamos muestras y una pista fue elegida para comenzar.

     

    Llamada al Marymount

     

    Según los uniformes y una primera comunión celebrada en el colegio, una de las niñas de la familia en este álbum había estudiado en el Marymount para 1969. Me contacté con esta institución y entre traslado y traslado de llamadas di con la encargada de la tienda de libros de las exalumnas, Tita Uribe, quien de ahí en adelante fue mi compañera de búsqueda. Ella a su vez, propagó como fuego esa exploración que se nos antojaba a todos como lúdica y chistosa, pero a la vez seria, pues se trataba de una pertenencia ligada al corazón. El correo electrónico fue la herramienta mediante la cual se transmitían algunas imágenes a varias personas que en 1969 estuvieron involucrados de una u otra manera con la institución; Carolina Muñoz, quien colabora actualizando la base de datos de exalumnas del Marymount, identificó a algunas niñas en la foto y, mediante una cadena de correos, continuó la búsqueda de algún integrante de la familia del álbum.

     

    Una dulce voz al teléfono

     

    Tanta cercanía con este álbum viajero, con sus fotos y paseos al exterior, tanto acariciarlo en cada abrir y pasar de hoja, termina uno creyéndose parte de la familia y es como si se buscara en cada imagen, uno siente que estuvo en Londres con ellos; se ve  posando en Guatemala o sentado en su sofá. También sucede que la magia de un álbum nos hace parecer eternos, por siempre jóvenes, con utópica alegría, con sempiterna felicidad, sin problemas que se cuelen por ventanas abiertas. Uno cree que los de la foto siguen así de jóvenes y radiantes, siente que el tiempo se detuvo para ellos, que sus pieles son las mismas; todas estas eran mis percepciones hasta que en mi pequeña oficina sonó el teléfono y una dulce voz anunció su nombre. Aunque ella se presentó como alguien a quien yo no conocía, lo cierto es que todos éramos parte de ese álbum, por eso exclamé ¡Doña Inés, claro, la del álbum familiar! Hablé con ella con una alegría infantil, emocionado; sorprendido también porque su voz no correspondía a la que había fabricado mi memoria, habían pasado 37 años. No indagué mucho y me cité con ella y con todos, para escuchar de viva voz todo el hilo de esa madeja interesante y provocativa. Sólo me adelantó que una Tita la había llamado y que la saludó diciendo: “Llamo a hacerle la llamada más chistosa del mundo…”

     

    Inés Helena Hernández

     

    Tiznado de ansiedad, acudí el dos de septiembre al encuentro con Inés Hernández, acompañado de mi esposa, Jassón y Marta. Nos recibió un rostro algo distinto en texturas pero no en belleza; era Inés, quien vive sola desde la muerte de su esposo en  2000; sus hijas tienen su hogar en otro país. Fotos de varias nietas –su único patrimonio- escoltan la casa en cada rincón. Con sonrisa dulce y modales de reina, Inés nos invitó a pasar a la mesa para ver con ella los detalles de cada imagen, cada personaje, cada habitante de aquel libro sagrado. La invadimos con preguntas, mientras Inés sollozaba al encontrase con la foto de su hijo al que no ve desde hace siete años y que partió enojado con la vida, con ella, con su padre. En ese momento Clemencia, su hija menor, llamó desde Miami; su madre, con un deje pícaro, la dejó en ascuas y no le adelantó nada del encuentro, sólo dijo que tenía una visita particular.

     

    Inés nos contó que tras la muerte de su esposo, tuvo que vender su apartamento, su empresa y varias de sus pertenencias ya que Rodrigo había dejado muchos negocios abiertos y deudas por pagar; atosigada por esa nueva situación económica lo único que quería en ese momento era tapar todos los huecos que su esposo dejó abiertos. Nos contó que el álbum no lo perdió, no se lo robaron, que lo botó voluntariamente un día de trasteo en 2001, menguando las cargas y la economía y los abandonó sin rituales de quemado o rasgado, los botó a la voluntad de recicladores ambulantes, los botó porque quería romper con todo y así lo hizo.

     

    Esa tarde viajamos con Inés a su memoria, caminamos de la mano de ella y de todos los personajes de esta historia. Vimos la foto y conocimos la historia de Maria Cecilia Hernández, su hermana y fundadora de la Casita de Nicolás tras el asesinato de su hijo. Caminamos de la mano con Inés, con Pilar Gómez Martínez y su padre, don Fernando Gómez Martínez, cuando en el 69 abordaban un avión rumbo a un congreso interamericano de prensa en Acapulco, México. Inés era muy de la casa de los Gómez Martínez y servía como traductora a Pilar en algunos de sus viajes. Conocimos a su bisabuelo Francisco Antonio Peña, creador de la Pomada Peña, que “…inicialmente se creó para la caspa, pero cuando las mujeres vieron cómo desaparecían las manchas de sus manos, pulieron la fórmula para ser lo que es hoy…”. Clemencia, la menor de sus hijas, llama por segunda vez durante nuestra visita sin que Inés le adelante nada del encuentro.

     

    Aquella estadía, alumbrada por un cielo que iba ya cerrando, fue una visita de esas que dejan huella, sobretodo por la personalidad de esta agradable mujer que nos dio enseñanzas de humildad y sencillez, que pasó de la opulencia a administrar cualquier peso que le entra de alguna renta, que pasó de los muchos viajes aéreos a caminatas por pleno centro de Medellín y sus recovecos,  adornada a veces de sus clientes, como llama ella a indigentes que siempre le hacen fila por algún dulcecito. Una mujer que agradece a Dios su actual condición económica un poco más modesta, para desapegarse de cosas que realmente no son esenciales ni valen la pena. Que nunca miró por encima del hombro, pero gusta de darse democráticas caminadas por pasajes comerciales. “No quiero volver a esa vida”, dice ella, “solo me quedan recuerdos, sigo aparentando tal vez ser una mujer rica”.

     

    La verdad es que Inés es rica, no lo dudo. Hoy la vida le devolvió dos de los 20 álbumes que sacó de casa en 2001, pero más que álbumes, ella espera que su hijo Juan Rodrigo deje ver su rostro y su sonrisa de nuevo, la que dejó plasmada en el álbum, un álbum perdido y encontrado, un álbum que quedó en mi memoria. A Marta y Jassón les tocará comprar otro álbum, porque este ya no es de ellos, ya no es mío. Me tocará visitar antigüedades y galerías en busca de más personajes como Inés, me tocará seguir caminando esta y cualquier otra ciudad en busca de sonrisas. Amén.

     

    -Rodrigo, Maria Luz, Maria Inés, Clemencia en brazos, Juan Rodrigo

    -Imagen de doña Inés en compañía de don Fernando Gómez Martínez y su hija Pilar Gómez 

    -Juan Rodrigo. Inés no lo ve desde la muerte de su padre

    -Foto de Inés tomada del álbum, tomada por Castro en el Poblado

    -Aspecto actual de Inés Helena Hernández

    -Inés Observa el álbum en compañía de Marta

     

    Las plantas nos pegan a la tierra y al pasado

    ¡Cuál minimalismo! Lo que gusta en los barrios altos de muchas ciudades son las estéticas recargadas que algunos llamarían kitsch . Pero hablemos de ese maximalismo de las matas en los barrios ubicados en las postrimerías de Medellín. Plantas o matas sembradas en recicladas poncheras rotas, en mil y un empaques de plástico, rosales sembrados en otrora ollas incapaces ya de calentar sancochos.

    Las matas son la vida estética de estos habitantes, ellas los unen talvez a su verdadera tierra antes de colonizar en esta ciudad a veces esquiva para ellos. Ellos en su mayoría o los más viejos, iniciaron estos barrios desplazados por La Violencia enquistada de Colombia y por ello traen todo su acervo rural y lo siembran sin darse cuenta en sus casas, jardines y terrazas. Son las matas muchas, el cordón que los une a su pasado campesino y es esa recursividad que algunos llaman ordinaria, muestra de una creatividad con una estética diferente a la urbana a veces tan plana, tan sosa.

    Más valen esas flores orgullosas en envases de blanqueador, esas rosas que cantan alegres con sus colores en ollas y cocas viejas, en platos de peltre reciclados, en bolsas de leche extinta; que los muros insípidos de muchas casas que no alojan sino conflictos y egoísmos citadinos.

    Fragmento de fachada en el barrio granizal, cerca al Metro Cable.

     

    Joan Miró en Santo Domingo

    Surrealismo de líneas infantiles, mancha, abstracción en diálogo con la incipiente percepción infantil. Joan Miró visto este misma mañana en el Barrio Santo Domingo, bajos del Metro Cable.

    Con esta foto y la anterior de Vasili Kandinsky comienzo una nueva categoría llamada Historia del arte, donde intentaré ver el espíritu de distintos artistas o tendencias estéticas en calles y barrios de cualquier ciudad. Esto, siguiento la idea de mi ex profesora Marta Eugenia Laverde a quien doy un saludo por la semilla sembrada.

    Alimento a seis bocas matando ratas

    Matando ratas alimento seis bocas en mi familia. Pero tranquilos todos, que no es que les haga carnita asada de rata para la comida, sino que Yair, vendedor ambulante en el centro de Medellín, vende cáñamo y aguja capotera, pegante extra fuerte, mata cucarachas y mata ratas. Del ingreso de estas ventas, él alimenta a seis personas en su casa.

    Y me imagino que la casa de este hombre de sonrisa gratis, está libre de ratas y cucarachas. O lo contrario, casa de herrero, cuchillo de palo.

    ¿Dónde reposan su silencio ahora?

    ¿Dónde están los desaparecidos?, ¿Dónde su osamenta si es que volvieron a la tierra?, ¿Dónde están sus carnes vueltas polvo?, ¿Dónde quedaron escondidos?

    ¿A dónde fue a parar su sonrisa extinta?. ¿Dónde están los desaparecidos? Se fueron sin el último abrazo, se fueron antes de la víspera escrita de su muerte, se fueron diciendo “ya vengo” y nos dejaron con la promesa incumplida, rompieron el honor y no volvieron.

    ¿Dónde reposan su silencio ahora?

    Plantón contra el olvido en la Plaza Botero el día 30 de agosto

    Con este evento se quería conmemorar el Dia del Detenido – Desaparecido en América Latina, se  buscaba sensibilizar a la gente común  sobre este crimen de lesa humanidad, llamar la atención sobre las víctimas de la Desaparición Forzada que en el país, según organizaciones de derechos humanos superan los 30.000 casos y en Antioquia, la Fiscalía ha documentado cerca de 7.000 desapariciones forzadas desde el año 1.990. Dicho evento fue organizado por la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos – ASFADDES y diferentes organizaciones de derechos humanos y sociales.

    El llamado es a condenar “el crimen de lesa humanidad de la Desaparición Forzada de personas, a rechazar su práctica como un mecanismo para agredir y exterminar a grupos poblacionales, generalmente marginados, organizaciones sociales, políticas, defensoras de los derechos humanos, sindicales,  y a manifestarse a favor de mecanismos efectivos que permitan el esclarecimiento de los hechos, la verdad, la justicia y la reparación integral”.

    El Chapulín Colorado, un ícono incrustado en muchos corazones

    La verdad no soy amante a las personificaciones de Bolaños, “Chespirito”, pero no se puede negar que este ícono popular del siglo 20 sigue incrustado en la mente de muchos televidentes. Este personaje, arraigado en muchos corazones, se niega a morir y desaparecer y tiende a reinventarse en otras manifestaciones estéticas como el esténcil, el estampado sobre prendas y como lo detalla la imagen, en juguetes de fabricació casera, que son mis favoritos.

    Debo decir que poseo uno de estos Chapulín pedalero en mi casa, pero comprado en Urrao municipio de Antioquia. Para mí, nada como un juguete de fabricación artesanal que preserve la cultura local.

    Vendedor de Chapulín y Pantera Rosa en la carrera Junín, cerca al Parque de Bolívar.

    ¡Eavemaría! Es que le sacó los mismos ojos

    Así suene discordante, el jesús infante luce un buen afro rubio. Reposa para el retrato con sus particulares ojos interespaciales que connotan su universalidad. Las escarapelas o escapularios definen en él su adelantado marianismo.

    Me asombra, hablando en serio, la importancia mariana en nustra cultura, dando mayor tamaño al concepto de maternidad, de la misma María, que de quien debería ser el gran protagonista, Jesús. Debería ser María, quien llevara escapularios que hicieran honor al Mesías nacido ya. Por siglos, la iconografía religiosa ha sido permeada de todo tipo de ungüentos icónicos e ideológicos para dar como resultado a la imaginería convencional de hoy.

    La última cena por ejemplo no refleja casi en nada a la verdadera cena histórica, sentados en el piso, en tapetes, comiendo de la mano, sin perspetivas de fondo, sin mesa, sin amplitudes, sin ostentaciones. Es más, los asistentes a la cena, entre ellos mujeres, comían al escondido. Busquen en el evangelio una clave: un hombre cargando agua en horas de la noche.

    Imagen religiosa pintada en la parte trasera de un bus escalera en el Barrio Sagrado Corazón de Jesús.

    La Reina de Nueva York

    Cómo desaprovechar el encuentro con este agradable personaje. Imágenes tomadas en el Parque de Bolívar en Medellín.

    Mercado de domingo en Girardota

    S – ¿A cómo el platanito señor?
    V – ¿Cuánto iba a llevar mi señora, quiere el gajo?
    S – No tanto no, yo vivo sola, es pa llevar dos pintoncitos
    S – ¿Y la naranja?
    V – Me llegó esta mañana, está dulcesita muy buena ¿Una docena?
    S – Noo, cómo se le ocurre, yo es pa llevar dos no más.
    S – Y esa yuquita ¿A cómo la tiene?
    V – Esa me vino muy paluda, si quiere la lleva pa moler con el maíz pa` `cer arepas.
    S – Écheme pues dos pabilitos desos, pero ¿me los encima a lo que llevo?
    V – Eh mi señora, pero usté si vino hoy como vaca amarrada
    S – Hágame la caridad sies tan amable…

    Diálogos comunes. Parque principal en el municipio de Girardota, Antioquia.

    Ya no están los que se fueron

    Quedaron las instancias, los fantasmas, las sombras, los rezagos. Quedaron los aromas y las negras impresiones, las virtuales divisiones, la cocina y el gato barato. De vez en cuando se escucha vaciar el hinodoro y el gritar de un chocolate listo.

    Ya no están y el piso está sin trapear, el brillo de la baldosa desapareció y las paredes al parecer están ocultas, no las veo, no veo en ellas los cuadros colgados. Ellos no están, no están los que se fueron redundo yo.

    Antigua casa demolida e intervenida por artistas en la Avenida Oriental dirección oriente, occidente.

    Más allá de lo evidente

    Esta crónica fue publicada en Generación de El Colombiano el 21 de enero de 2007

    Curiosidades de las fotografías caseras. Una crónica para ver más allá.

     

    Una modelo da la bienvenida a octubre en un almanaque del 78 de Goodyear, unos tenis Atomik acompañan mi alegría en el Parque Norte al lado de las sombrillitas, unos Forché casi extintos, un overol del Chapulín Colorado, el viejo símbolo de Inravisión congelado en un televisor Hitachi, monocromático con cubre pantalla azul para que parezca de color. Son algunos extractos de ver por enésima vez mi álbum personal, un escaparate de imágenes de esas que se van difuminando con el crecimiento.

     

    Cuando veo un álbum ajeno, es mi costumbre voyeurista, ver más allá de lo evidente, ver más allá del foco central, de la cara festiva, del peinado de Alf, de la bomba (peinado) de mi mamá; me gusta ver más allá de risas y velas, de flores que adornan orejas, de poses de colonizador al lado del bus (con el pie sobre el bómper), de la casa o del tren o del eterno Studebaker.

     

    A mí me gusta ver los otros en las minifotos de Junín, esos que entran a los álbumes sin invitarlos, pero que quedaron congelados porque pasaban por el Club Unión, mientras en el María Victoria exhibían Marcelino Pan y Vino y yo posaba con gafas de carey peinado por Juanita, mi abuela.

     

    Me gusta ver el Simca mil y su placa negra adornado de una valla de Naranja Postobón y de cigarrillos Imperial, me gusta mirar el calzado que usan los posantes, ver mis Croydon azules o unos de cuero tipo posguerra que no sé cómo los acepté.

     

    Ver una botella de Kolkana olvidada o de gaseosa Lux, ver lo que comúnmente no se mira, asomarse en las esquinas de la foto, mirar el que quedó mocho, observar estampados, ver que en los setentas no se usaban colores primarios, ver que una paloma quedó montada sobre otra en algún parque de otra ciudad.

     

    No sólo digerir el texto de la imagen, sino su contexto visual, deducir a qué horas fue y cuántos invitados eran según el número de vasos y la botella de vino Moscatel al lado. Ver más allá de lo denotado me provoca más interés, más análisis, más risas. Me pregunto qué será de los otros, aquellos caminantes anónimos a quienes el flash (o el magicubo) los detuvo, qué edad tendrán hoy o si ya sólo existen en mi álbum.

     

    Es dar una segunda mirada, una que nos deje ver el mundo real y cómo fue, una que nos muestre despeinados o desnudos en una bañera inocente, una segunda mirada que nos haga reír, que confirme que nuestro pasado sucedió alegre; una segunda mirada que nos haga jugar y adivinar con referentes visuales, que nos haga recordar y volver a oler el momento, que nos traiga la grabadora con el REC anaranjado, que nos haga volar en SAM por el pasado, que nos haga sonrojar, que nos haga evaluar.

     

    Los álbumes son mundos de alegría, de fiesta perenne, de rumbas perpetuas, de cumpleaños diarios, de comuniones seguidas, de edades ideales, de calvicies ausentes. Ver el álbum familiar es un ritual de iniciación para algunos; un ritual que invita al iniciado a entrar en el grupo de amistades valiosas para la familia, se le entrega al recién amigo con el mismo protocolo de quien entrega la bandera en un funeral militar, se debe ver siempre en la sala y pasar las páginas acompañado de un jugo casero de tomate de árbol.

     

    A los álbumes de familia hay que verlos todas las veces y cada vez, buscar lo nuevo que tiene para decirnos, hay que darles una segunda mirada y ver más allá de lo evidente.Y para los que saben que recojo cartas de amor del suelo… Sí, también recojo fotos de vez en cuando…

    Hubo Quórum en las primarias

     

    Sí señor, hubo quórum en las líneas primarias de energía dos cuadras debajo de la Avenida Juan del Corral.

    Toda la bancada voladora uribista estuvo presente y sorprendió la presencia de dos palomas del Polo quienes ya habían anunciado la no asistencia al libre recinto. Las votaciones van enfocadas a la aprobación de cuatro líneas ideológicas… bla bla…

    Palomas en cables de transporte de energía, me sorprendió que todas miraban a la derecha y solo dos para la izquierda, iba en mi moto y tocó parar.

    La borrasca del 26 de agosto – 5 tipos de lluvia

    Hablando de lluvia existen varios niveles a saber:

    • Brizna: Usted todavía puede salir a coger el bus caminando rapidito y con las manos en los bolsillos.
    • Llovizna: Moja así camine rapidito con la agenda sobre la cabeza. Las mujeres generalmente usan bolsa de algún supermercado para guardar su cabello del agua.
    • Aguacero: Lluvia fuerte, estándar de pluviosidad media, es lento.
    • Chaparrón: Aguacero fuerte pero rápido, vuelve transparentes las ropas. Es mejor que llueva así, porque escampa rápidito.
    • Borrasca: Eso no tiene nombre, es una lluvia escatológica, que avisa el fin del mundo. Arranca techos, crea inundaciones, derrumbes. La que cayó el martes 26 de agosto en el Valle de Aburrá.  

    En la imagen: Borrasca en el patio central de la Alpujarra, en plena feria de artesanías. Artesanos que se vieron afectados en ventas y en la mercancía como lo muestra la segunda imagen.

    ¿Qué se hicieron los niños?

    ¿Qué se hicieron los infantes que chupaban y mamaban las mieles de la madre? ¿Para dónde se fueron a jugar que ya no los veo transportar teteros? ¿Qué se hicieron las edades mozuelas inocentes de tanta mentira, de tanta verdad? Estos berriondos ya nacen aprendidos, conectados a un computador, nacen dentro del video juego. Ya no son ignorantes, saben más que sus padres, en mounstruos intelectuales se han convertido.

    ¿Qué se hicieron los que jugaban con bolas, con taquitos de madera, con crayones y con pintelas? ¿A dónde fueron a parar las mentes vacías ativas para aprender? Ya nacen imponiendo, exigiendo atención, ya no se les puede dar la pela, ya no se les puede dar con verbena. Ya no chupan teteros sino que ponen tutelas, nacen agremiados, manipulan y se ríen.

    Estos pelaos ya no son nuestros y nosotros ya no somos de ellos. Estamos en otro estadio de la historia. El mundo aún no es de las máquinas, las máquinas son de ellos.

    En la imagen: Carrito de bebé adaptado para las ventas ambulantes, una tendencia nacional. Me pregunto, ¿quién sería el primero en imponer esta tendencia? – Amagá, Antioquia.

    Salento, la meca de los artesanos

    Pilas va sin plata para el municipio de Salento en el Quindío. Que conste que le estoy advirtiendo, no vaya sin plata que se muere antojao. Aquí, una muestra de algunos carritos para empujar, mejor dicho, pa entretener al chino mientras se gasta la plata en bellas y variadas artesanías. Las mismas casas parecen hechas con delicadeza por artesanos.

    Rituales en el álbum familiar

    Crónica publicada el 20 de mayo de 2007 en Generación de El Colombiano

    Digan güisqui…

     

    … y entonces todos tratan de sostener por segundos extensos, una sonrisa por entero forzada a la espera de ser heridos en los ojos por pequeñas explosiones, participando todos de un ritual que deja ver nuestra verdadera misión en la vida: ser felices.

     

    Ver un álbum familiar es ver el de otros miles, sólo que con rostros distintos, pero todos obedeciendo un ceremonial latente en nuestros inconscientes. Muchos rinden una veneración especial que me inquieta, ante objetos en particular: qué álbum no exhibe un espejo destellante adornado de un rostro quinceañero, qué galería no resalta el carro de turno partícipe de paseos populares, qué mamá no capturó el triciclo metálico al lado de su hijo; ¿o es al contrario todo ello?

     

    Más rituales se cuelan en los álbumes…

     

    Teléfonos que tutean apoyados en orejas infantiles (el teléfono debe ser de cordón espiralado, no inalámbrico), bañeras que cargan muchachitos, perros de ojos rojos al lado de sus dueños, niños con roles de súper héroes exhiben vestuarios sin poderes. No falta la foto también, de algún integrante de la familia al lado del nuevo equipo de sonido o del nuevo televisor, o familiares vivos enterrados en la playa, no falta la exhibición de copas o de cervezas o el cuchillo hiriendo la torta. Es que es el lugar, es la celebración, es el encuadre, es el objeto, todos ellos parte del culto inconsciente, rituales que seguimos obedientes.

     

     

    O sinó…

     

    Por qué no podemos quedar tristes en las fotos, por qué no despeinados, por qué no el registro de nuestra varicela si esa es nuestra hermosa realidad (reiríamos copiosamente), por qué no puede quedar el pote de champú al lado del postre como resaltaba Beatriz. Cumplimos rituales, imaginarios sociales, convenciones explícitas.

     

    O entonces…

     

    Por qué estamos siempre felices en las fotos, por qué todos alrededor de la torta en el centro de la imagen, ¿no es el niño pues el que cumple cinco años?, por qué la foto al borracho pintado, por qué llevan muchas veces los rostros a la mitad del encuadre.

     

    No faltan las fotos chupándose el dedo estando ellas, en la cocina desprevenidas, o de nosotros bajo grandes construcciones y monumentos, al lado de palomas sin nacionalidad, apagando velas tercas (esta foto se repite hasta que quede “bien”), no faltan las fotos rasgadas que dejan entrever un amargo recuerdo masculino.

     

    El ritual de la utopía

     

    Nadie posa en un velorio ¿o qué álbum familiar registra el dolor? Tal vez lo hagan los cronistas visuales, documentalistas de la historia que retratan el palpitar humano con sus nacimientos y partidas, que revelan dramas humanos para ver la realidad como la pintó Picasso (Por delante y por detrás). En cambio el álbum familiar conserva la realidad última imaginada, la de la felicidad, la de la perpetua tranquilidad sin vacilaciones de lo porvenir, conserva la eterna juventud, conserva las estéticas comúnmente aceptables. Tal vez por miedo al olvido, a la desaparición total de nuestros seres ausentes, a la muerte última que es la ausencia de imagen alguna, tenemos miedo a que nuestra niñez no haya transcurrido, a que la imagen mental desaparezca.

     

    Otros álbumes

     

    Pequeños e itinerantes, son las billeteras. Allí el ritual para unos, es coleccionar rostros 3×4 de los ex novios como botín de cacería adolescente (al hombre no le dejan cargarlas). Se lleva allí también el proceso de crecimiento de los hijos, la imagen del amigo finado, de la madre ausente, más otra larga lista de imágenes en plano entero y plano busto de toda la corte celestial de primer orden.

     

    Yo que identifico rituales en álbumes ajenos, no me había percatado de un ritual personal hasta que Diana Henao amiga mía dijo… “TAN POSUDO, pero miralo pues”. En todas las fotos posaba cual modelo de catálogo infantil y es que no había caído en la cuenta de que yo posaba desde niño. Saluden al pajarito: ¡clic!

    …Y a veces llevo a cinco…

    …Aquí llevo a cuatro, pero a veces llevo hasta a cinco… Me comentó él cuando paralelo iba en mi moto.

    En Moravia, antiguo basurero público de Medellín, hay gente que le pone buena cara a los ritmos cotidianos. Es medio día y este transportador, padre responsable de sus hijos, les lleva a su destino sagrado, la escuela. Algunos dirán “qué pacao”, pero ellos simplemente ven su diario vivir.

    Pienso a veces, y me río de ello, cómo los padres se afanan en comprarle a sus hijos incapaces aún de caminar, juguetes de grandes marcas y costosos, cuando se entretienen ellos con cualquier caja de cartón con una pelota por dentro que haga bulla. Con cualquier chilango, camisa o trapo viejo se hace alegría. Con cualquier caja o celofán que haga bulla se entretienen ellos.

    Nada de “pobrecitos”, “qué pecao”, todos tenemos la capacidad de sacar del sombrero risas y sonrisas. Pesar del que se autodenomina miserable. Para quienes no hayan leído la crónica El baúl de los juguetes…

    Brillos y sombras del trópico

    Ciudad Bolívar, tierra donde los colores del trópico pasan su vacaciones. Descienden de un sol fulgurante y se cuelan por entre los retazos de espacio que dejan las ramas de los samanes*.

    Su parque, esplendoroso recinto de niños y de miradas ancianas, alegres, prestas a la vida. Allí retozan los ánimos juveniles, allí se recrean las frutas con sus nuevos dueños, allí descienden las sombras para reposar en su piso anfitrión.

    Ciudad Bolívar, otro destino del Suroeste Antioqueño para visitar.