Sonácrata, un motoaventurero

Una mariposa reposó a mi lado, tal vez para escuchar también, las notas musicales que el viento traía de unos metros más allá de donde estábamos mi esposa y yo. Minutos antes un motociclista se había bajado de su moto con un estuche de guitarra rumbo al patio principal de aquel restaurante camino a Santa Fe de Antioquia. Unos leves sonidos de las cuerdas se escapaban hacia nuestra mesa, y aunque estábamos lejos, los armónicos  ritmos ambientaron nuestro almuerzo en esa jornada de vuelta a Medellín.

 

El artista tal vez cobró lo suyo, porque no se escuchó más y a nuestro lado pasó sin solicitar algún estipendio por su acto terminado ya. Sin embargo, algunos pesos le dimos ante el asombro de que habíamos alcanzado a escucharle. Pero más que dinero, le pedí unos minutos de su tiempo para que nos narrara su locura de ir en moto de bar en bar, de municipio en municipio, de restaurante en restaurante; recorriendo caminos inéditos o conocidos para él, acompañado de su guitarra amiga y de su moto cómplice.

 

Es Carlos Mario, un aventurero que lleva su talento en estuche de guitarra, recogiendo dinero para su primer cd, porque lo anteriormente recogido fue para su moto.  Y Ahí sigue, metiéndole primera a su vida y guardando de vez en vez, los anhelos de sus sueños. Y ahí va, marcando el pare en cada pueblo lejano para darse a conocer, para mostrar lo suyo.

 

 

Su tarjeta personal dice: Carlos Mario. SONÁCRATA. Cantautor / Cel: 311 322 50 21 / sonacrata@yahoo.es / http://sonacrata.blogspot.com

Manjar de olores – Crónica

El encanto del sentido más evocador

- Inclino mi cuerpo como una reverencia y por segundos lentos desaparecen de mi vista decenas de comensales en algún restaurante de esta Medellín coqueta. No es un saludo especial, quiero únicamente acercarme de manera íntima a uno de mis mayores placeres: OLER. Entro entonces en sano éxtasis cuando percibo el ascendente aroma del pesto que viste a unos canelones y de una albahaca impetuosa que trata de conquistarme de primeras. ¡Calma que a ambas las quiero y las necesito para comer entero! Para seguir con mi ritual, cierro los ojos llevando un bocado virgen a mi boca y no puedo dejar pasar tal sabor sin antes jugar a solas con él. Podría morir en ese instante. Percibo.

 

¡Los olores! Esos eternos milagros que se nos presentan inadvertidos cada día en medio de afanes insalubres, milagros que deben ser admirados en cámara lenta, cuadro a cuadro, gramo a gramo, molécula a molécula. Qué tal el cine con el olor como cuarta dimensión… ¡Sería perfecto! (La tercera es el tiempo). ¡Los olores! Aquellos protagonistas que parecen de reparto, que parecen extras, que parecen de segunda hasta que se escucha un “Huele feo, ¿cierto?” y entonces se vuelven antagónicos.

 

- Abro mis ojos y me doy cuenta que Diana estaba allí, converso, sonrío. Tomo uno de los panes que esperaban por mí, lo parto como lo haría el Mesías, sólo que los acerco a mí para aspirar todos los aromas que me puedan donar y abandono uno de ellos, para bautizar su mellizo en vinagre balsámico y jugar de nuevo en mi boca. Converso.

 

¡Vientos saborizados! Sensaciones estas, que como máquina del tiempo, son capaces de transportarnos a lugares, fechas, instantes y momentos. La entrada del extremo sur de San Diego en Medellín huele a la entrada de los teatros Junín en los ochenta, a crispetas de caramelo con ropa nueva. En ocasiones, en la estación Acevedo se cuelan a los vagones del metro, aromas de La Dorada (Caldas), a cierta hoja de árbol y madera quemadas y humeando. Hay calles en Bello que me han teletransportado a Puerto Berrío (Enserio). Una estantería en el Politécnico huele a mi salón de 1°C en 1980. Los recreos huelen a sánduche y café con leche frío. El edificio de primaria de la UPB no ha cambiado de olor en 27 años. Las casas todas tienen su propio olor.

 

¡Los aromas! Viajan colados de manera gratuita en el aire, sin marcar la registradora, sin pagar peaje. Un cuerpo recién bañado, una sábana recién cambiada, el delicioso aroma a carro o tenis nuevo ¿Cómo preservarlo? Cuántos compramos el jabón de baño, probando aromas a través de la caja.

Cuántas no huelen la carne “a ver” si está mala. Cuántos compramos el shampoo por su aroma y no por sus componentes. Cuántos no amamos el ajo sofriéndose en mantequilla, o el aroma de un cilantro recién picado para hundirse luego en un mondongo dominguero. (Sí, ya se q a muchos no les gusta)

 

Cerrar los ojos y oler…

 

¡Aspirar! Atreverse a entrar en alguna librería con el único fin de robarse seis minutos la fragancia de un libro intacto, todo un protocolo: se elige el libro, ojala de hoja crema, las blancas huelen más a químicos; tomarlo, abrirlo en cualquier capítulo (como siempre la mitad) tocarle sus hojas castas y pasarlo abierto por la nariz para aspirar aromas de goma y papel con un triz de tinta. Mmm…

 

Otras recetas más sencillas: visitar carpinterías o tiendas de muebles y percibir las maderas todas ¿qué tal el comino? Nuestra casa recién trapeada con aromas falsos. Una arepa tostándose (ojo se les quema). Viajar por carretera, sacar el codo por la ventana, mirar para afuera, dejar que el viento nos peine a su manera y permitir la entrada de miles de mensajes: que una molienda por allí, que los mangos ya se caen, que por allá cocinan con leña… ¿qué tal los pinos subiendo por Las Palmas? ¿Qué tal el olor a campo, a finca campesina, a boñigas bienhechoras de la tierra?

 

La cuenta por favor…

 

No hace falta entonces jugar con cuña y combinado para ser felices o comprar un “quintico” para asegurarnos una alegría inventada; hace falta más bien, no tomar un chocolate de abuela sin antes olerlo y jugar con él. Sentir un antipasto o un tomate recién cortado. Darse cuenta de cómo se funden el gordito y la punta de anca como uno solo, siameses de cara distinta y ser feliz. Oler, aspirar, sentir, percibir, viajar.

 

Ya los veo saliendo a comer… ¡Pillados!

Más cosas de niños

Quisiera que me colaboraran diciéndome más oraciones que hayan escuchado de niños, que incluso me serviría para una crónica que quero escribir.

Yan Camilo me cuenta: “Múnera, alguien me contó esta: Le preguntaron a una niña que era una lagaña y ella respondió: “Es el huesito de la lágrima”

Mauricio Botero me comenta esta: “Múnera, a mi hermanita Stephany, le pregunté una vez ¿qué estaba haciendo? y me respondió pegada de un switch en la pared “nada, aquí jugando a fundir este bombillo”

En el Departamento Administrativo de Planeación me contaron esta: Miguel Ángel, 4 años: “Gracias Dios por todos los dulces que me diste hoy”

Saris: Gracias querido Niño, por la reunión de profesores, puedo dormir hasta las 10.

La matraca

La matraca era el nombre que le dábamos en mi casa a un reloj despertador bastante desbaratado y terco para morir. Se trataba de un reloj que dividió su vida en varias etapas. Era un reloj para mesa de noche, barato él, sin abolengos de marca o metal.

Su primera vida fue brillante y funcional, su siguiente etapa fue golpeada y algo pelada, sin embargo su timbre era ensordecedor y se destacaba no solo en las primeras piezas del hogar, sino en los hogares de ultra muro.

Luego le llegó una etapa extraña, donde, debido a los golpes, su funcionamiento era perfecto sólo si se ponía de lado como caído y protagonizando el “3” la posición del “12”. Le llegaron los males de la vejez, pues este reloj barato ya rayaba los 45 años de edad funcional hasta que su mica o vidrio de protección, reventó. Ya no había que moverle desde atrás la manecillas porque se podían mover de primera mano por delante.

Los amigos de la casa que amanecían en ella, no entendían la nueva estética funcional de la matraca y lo ponían parado como debe ser, con el 12 arriba, pero de terco el reloj se detenía. Estaba enfermo ya. La hoja con los números se oxidó ya muy rápido sin la protección del vidrio y fue en una de sus tantas caidas en la que quedó manco del horario. La matraca había muerto contados 48 años aproxiadamente. ¡Y era un reloj barato! sin abolengos de marca o metal.

Imagen en la Semana Santa de 2008. Ritual del toque de la matraca en viernes santo. Envigado.

A marchar este domingo 20 de julio

Imágenes de la marcha de febrero de 2008 en Medellín. Las imágenes amplían y llevan un corto mensaje. Haga click.

Gracias señor por la avena

Un sobrino de mi esposa Juan Diego Gallego Blandón a sus cinco años oraba así: …y Señor, gracias por las avenas, gracias te doy señor por las avenas porque sin ellas no podríamos vivir…

Uno creería que el niño es muy sano y su alimentación muy saludable, para darle gracias al señor por dicho cereal, pero ante la pregunta de mi esposa de cuál avena era que estaba tan agradecido, Juan Diego respondió señalando esas líneas rojizas por debajo de su piel, nuestras venas.

A lo que quiero llamar mi atención, es acerca de la mejor oración que existe, esa de agradecimiento al creador por tanta belleza, minucia, color y sabor en este mundo. Nuestra oración en cambio se ha dejado permear de la bolsa económica y de tanta noticia con ictericia. Nuestra oración es un pliego de peticiones permanente, de demandas y tutelas al Verbo Divino. La oración de los infantes es el resultado del peremne asombro de los porqués respondidos por los adultos curtidos y corruptos. la oración del púber es la gracia de Dios que sube humanizada con aromas infantiles. Nuestra oración es ganar los números de la henchida lotería, la del niño es agradecimiento porque aprendió a contar con los mismos dígitos. Nuestra oración es un carro, la del niño es la ofrenda de su carro de juguete para que Jesús se haga pequeño y juegue con él.

No esperemos estar en cama, heridos, cuadripléjicos para dar gracias por la lotería que ya hemos ganado: Ver, oír, saborear, oler, caminar, sentir, vivir, amar. Gracias señor por las venas, porque sin ellas no podríamos vivir. Amén.

Imágenes tomadas en semana santa, iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, Parque de Berrío. Medellín – Colombia.

Arepa e chócolo con quesito

Qué cosa más rica es ese binomio culinario de la arepa de chócolo* con quesito y mejor cuando se forma aquel triángulo amoroso a la llegada de un espumoso chocolate en leche. Sí señores, ah fríos que nos ha quitado ese trinomio de sabor. Ah tardes que nos han acompañado paralelo a una buena visita parviada*. Cuán sencillos y humanos nos sentimos cuando comemos del fruto de la tierra cocido al calor del fuego. Cuán prehistóricos y felices, naturales y desnudos nos sentimos.

Las panochas de Adela en Urrao, en las fiestas del Cacique Toné. Nótese que las parrilas son radiadores de nevera.

*Parviao: De parva. Insumos para tomar las “onces”, el algo, la merienda. Panes, tostadas, calados.
*Chócolo: Maiz blando. Choclo

Maaario a molerrrrrrr

“Mario a moler”. Esta frase que me acompañó durante mi crecimiento, es relativa a un objeto en vía de extinción: la máquina de moler. En ella fortalecí mis músculos, molí el arroz tostado para hacer cofio, la desgranada mazorca para las arepas de chócolo, la carne para la comida y la yuca para suavizar las arepas.

 

Corona es la marca, que en alto relieve, resalta en esta tecnología. Un trapo reposa en lugar de la manija de madera que se quebró décadas atrás. Otro trapito sirve para ajustar la parte trasera desde donde se aprieta y a medida que uno comienza esta campesina labor, se ajustan las mariposas que apretan las partes y hace la masa más fina.

 

Hoy en día me imagino las juventudes preguntando a su madre: ¿Qué son esos dos huequitos en el poyo de la cocina?, es más, muchos ni han visto esos dos huequitos en el poyo, y menos saben qué es un poyo.

 

Extrañeza la de Lina y Giovanni, a cuya boda fuimos mi esposa y yo, cuando en la lista de novios, un máquina de moler estaba entre los regalos a escoger, que “porque a Giovanni le fascinan son las arepas así, molidas”. Pero ambos se rieron copiosamente cuando al instalar la máquina en su nueva casa, no encontraron los dos huequitos para instalar este adminículo culinario. “Pues va a tocar decirle a su mamá que mande la masa ya molida mijo, porque aquí se fregó”.

 

Es que ya no se hacen cocinas ni poyos para moler el maíz. En la imagen: Doña Adela está moliendo el maíz para las panochas, las verdaderas arepas de chócolo. Urrao, Antioquia. Fiestas del Cacique Toné.

El nombre de Dios

En el mundo de las artesanías hay un término que define la primera venta del día o de la feria y que abre con buen augurio el resto de la jornada.

En algunas ocasiones he participado como artesano vendedor de mis creaciones en ferias de artesanías. He de decir que es un mundo particular, con lenguaje común y mañas que pasan de artesano en artesano. Todos llevan sus sillas, coca del almuerzo, metros de costal de fibra sintética para cerrar el “chuzo” en la noche, extensión de energía con bombillo incluido para las tardes y noches, etc.

 

De todo ello, lo único que yo llevaba a mis ferias era la mercancía y la coca del almuerzo, del resto yo no tenía ni idea que había que llevar. El caso es que en unas me fue bien y en otras me pasó como el café con leche cuando queda muy oscuro, que la vaca pasó volando.

 

El caso es que cuando se abre la primera venta del día, los artesanos hacen el ritual de persignarse, billete en mano, y clamar audiblemente ¡Bueno, ya me hice el nombre de Dios! ¿Será que lo diezman? No creo.

 

En la imagen: Parque de Sopetrán en Antioquia. Domingo de mercado en el parque del municipio.

Dulces que me llevan al pasado

Nunca fui muy amante a los dulces. De niño incluso, pedía confites el día de los disfraces y se los regalaba a una anciana que tenía una caseta de ventas (Chaza) callejera, solo me quedaba con los Supercoco no más. Recuerdo de todas maneras ciertos detalles que me hacen esbozar una sonrisa:

  • Los chicles Globo, que destilaban rojo y sabor en grandes cantidades
  • Los pequeños cuentos del Chavo del 8 que venían en Yupi
  • Las bolitas de chicle que mi abuela me prohibía que porque daban caries
  • El cofio que hacía al escondido en mi casa por las tardes
  • El ponqué Ramo que compraba en la tienda Puerto Arturo en Manrique a 2 pesos
  • Los bolis me eran prohibidos tajantemente. Bolis: jugos hechos de agua sucia con anilina y sabor empacados en una bolsita. O por lo menos eso me decían en la casa adjunto a la prohibición.
  • Los Snaky aún los consumo, delicioso.
  • Y la mejor chocolatina del mundo, ahí no hay “milkygüey” que valga, lo mejor en chocolatinas es la pequeña Jet. Cosa que si van a EEUU y me van a traer cositas, o ustedes que me escriben desde todos los lugares de la orbe terrestre, tráigame periódicos de sus lugares de residencia, porque la chocolatinita me la compro yo aquí.

Lo de los periódicos es en serio, estoy coleccionando periódicos de otros lugares del mundo, por si vienen, me traen uno. En la imagen: Caseta de ventas en Urrao, tomada en las tradicionales fiestas del Cacique Toné.

Lleve la tortuga, la balletilla, la piña oromiel

Avenida San Juan con la 65 en Medellín, estos son los personajes que viven cada día en los semáforos de esta ciudad. Recorrer los semáforos es recorrer los pasillos mismos de una plaza de mercado, es pasar por cacharrerías y tiendas de legumbre, hasta tienda de telas puede ver ya.

Dicen que les van a prohibir las ventas en los semáforos, que les van a prohibir llevar pan a la casa. No falta sino que los afilien a la planilla PILA pacabar de ajustar. Con los que si no estoy de acuerdo, es con los que lavan parabrisas, piden plata y manipulan con niños alquilados para trabajar de mendigos, eso si no.

Al 10 de Brasil, le tocó vender empanadas

Al parecer el pase del 10 de Brasil, no fue lo suficientemente rentable para sus dueños y ahora el 10 se quedó sin el pan y sin el queso, eso sí, quedó con empanadas para vender.

Esta es la nueva modalidad en cuanto a ventas de empanadas se refiere. Ellas van a Mahoma, calienticas y con su buen pique. Esa estética de acomodación la han copiado muchos ya, dicen que caben 100 empanadas bien acomodadas. Habría que contar. Usted los puede ver a los vendedores regados por el sector de la Bayadera, el Hueco y Guayaquil en Medellín, ofreciendo tan humilde manjar. Cada vendedor tiene tres salidas, es decir, 300 empanadas vendidas.

Iba en mi moto y no resistí la tentación de parar a pedirle permiso al mejor jugador de Brasil para tomarle la foto. Sector de La Bayadera, 7:45 a.m. / ¿Qué es una empanada?

¿A cómo la chunchurria con arepa?

Ir al Pedrero en  Medellín, hoy Plaza de la “Luz”, era como un castigo por el pantanero al que eran sometidos mis tenis Atomik o quizá los Croydon. El caso es que hoy hablo como un viejo, diciendo… “Vea, a mi me tocó ir al Pedrero a mercar” así, con ese tono arriero que tenemos algunos.

 

Ya luego fue la Plaza Minorista. Museo del color es esta plaza que no cambio por otra. Allí seguía acompañando a mi abuela o a mi madre, para ser el cotero de ellas, con la recompensa de que cuando llegáramos a la zona de carnicerías, una libra chorriante de chunchurria me esperaba trenzada ella, colgada sobre el horizontal, como diría Jorge Eliécer Campuzano.

 

Ahí sí que cargaba el talego, cual loco que roba niños, con una moral más alta, porque en casa me esperaba el sartén que recibiría gustoso, esa libra de chunchurria, y un limón que esperaba llover sobre tal fritanga.

 

Y aunque algunos estremezcan el rostro con pucheros escrupulosos, hay otros que quisieran tan humilde vianda colombiana. Eso con limón y arepita tostada, ¡Hum! – De venta en la Avenida Oriental, en Junín y en la Avenida De Greiff… por la noche.

 

En la imagen: venta de chunchurria, papa criolla, buche, pincho y arepa e chócolo en El Peñol, Departamento de Antioquia. Celebración de los 30 años de la nueva cabecera municipal.

Oreja, buche y trompa peluda

Yo puedo parecer muy montañero y tal vez lo sea a mucho honor, pero yo perro frío si no. Hasta ahí llega la montañerada mía. A mi el perrito, que sea caliente y hecho a la vista. No por desconfianza, sino, pa que no se enfríe la salchicha.

 

Más bien déme una arepa e queso, desas que están asándose ahí. Y echale lecherita.

 

Ventas de fritanga en la celebración de los 30 años de la nueva cabecera municipal de El Peñol, municipio de Antioquia.

Tan juicioso que es él

- ¡Ay no jodás Berenice!, ¿Te vas a casar con él questá tan viejo?
* Vehh y por qué no. Él es muy juicioso, muy querendón y respetuoso ques lo importante
- ¿Cómo así que lo más importante?
* Ay vos sabés. Qué se va a poner uno con esas groserías. Ya uno con estos años y estos rollos que no los puedo ni esconder. Ay qué pena mija ponerse uno ya en esas.
- ¿Y sí es juicioso o hay que recogerle las porquerías de por ahí?
* ¡Que si qué! Rodolfo lava, plancha, zurce medias, cose lo más de bueno. Él fue el que le cogió a este slack.
- ¡Vea! ¿E hijos qué?
* Yas tan grandes, deso ya no hay qué preocuparse.
- Pues hasta bueno ome Odila. ¡Yo sí me quedé fue sola mija!…

En la imagen: Barrio Sagrado Corazón de Jesús. Zona de reparación de carpas para carrocerías. Cosen en plena calle y a la luz del día.

A Sócrates lo castraron

Salía de la Universidad de Antioquia de conversar acerca de mi experiencia con el blog a unos estudiantes de Periodismo por invitación de Carlos Agudelo, docente y director de De La Urbe, y me disponía a prender mi moto cuando una escena robó mi atención.

Una chica joven se comportaba tierna y sospechosa con un gato que aceptaba gustoso, las caricias de ella. Esta joven universitaria, cuyo nombre olvidé, instaba al felino a que entrara a una jaula portátil de transporte animal. Sócrates como me dijo ella que se llamaba el gato, se desperezó poco a poco y fue accediendo ante las zalamerías de la joven, y guiado por el olor que le atraía desde la jaula, fue sigilosamente entrando hasta que se acomodó allí dentro sin más ambages.

Pero Sócrates, que no es tan bobo, salió de nuevo como previendo que no todo era tan bueno y con esa malicia felina, comenzó a retozar con esta chica, ante la mirada de tres personas que habíamos caído en la curiosidad del evento.

- ¿Y tú estudias veterinaria o algo así?
* Nada. Economía (Sonríe como sabiendo mi reacción)
– ¿Pero estás en algún proyecto de investigación?
* No, para nada. Voluntaria con los gaticos de aquí de la universidad, que ya son muchos. Simplemente los llevo a una veterinaria y allí los castran.
– ¿Y a este lo conocés?
* Sí, este se llama Sócrates.

Prendí mi moto y los dejé ahí, jugando. Quizás él se la pilló y a punta de jueguitos la estaba convenciendo de que dejara las cosas así, en su punto. El caso es que hoy Sócrates ya debe maullar un poco más agudo y sin prole qué cuidar.

Fotos tomadas en la Universidad de Antioquia. Las imágenes amplían.

5 cosas que antes se reparaban

5 cosas que antes se reparaban, no sé ahora.

  • El caucho de la olla a presión (Olla atómica, olla pitadora). Un señor pasaba gritando vendiendo el repuesto.
  • La manilla de algodón que sirve de mecha para el fogón de petróleo de mi abuela
  • Las tijeras y los cuchillos se los dejaba a un señor que pasaba por la casa afilándolos
  • Los cables de asbesto de la estufa que mamá mantenia arreglando
  • A las estanterías, camas, bibliotecas, escaparates y chifonier, se les ponía una tranca o cuña que ayudara en cualquier desnivel. La cuña era cualquier volante de esos que echan debajo de la puerta, doblado en 8.

El señor, Medias de Seda

Ser enigmático, habitante asiduo de la carrera Carabobo. Todas las mañanas usted lo verá a las 7:50, esperando que abran un almacén en particular, a la espera de cartón y papel para reciclar. No pide en otro lugar, ni tampoco su oficio es reciclador. Don Rodrigo, solo elige el material que el almacén de siempre le guarda y ya. Rodrigo hace su trabajo de clasificación de manera lenta y parsimoniosa, viste sus manos con un par de medias nonas y no es por escrúpulo que lo hace. Rodrigo me cuenta que las empezó a usar una vez que un perro lo mordió y lo que más me sorprendió… Se quitó las medias que usa día y noche para mostrarme sus manos; eso fue un acto de confianza que todavía me sorprende. Sus manos son blancas ya por la ceguera solar a la que son sometidas.

Ese es Rodrigo por si se lo encuentran y algunos le llaman, Medias de Seda. En las mañanas lo ven en Carabobo, en las tardes lo verán en la plazuela de la iglesia de la Veracruz haciendo nada. Invítelo a tinto.

Rueda diario, cargada de café

Muchos cuerpos sin el olor de la jornada laboral caminan rumbo a escritorios y construcciones, rumbo a sus trabajos particulares. Recién bañados caminan los que a buscar trabajo se levantan. Una parada, un tinto, una brave conversación del partido del domingo, una crítica al gobierno o una alabanza al ejecutivo… Tres sorbos más y ¿cuánto le debo? – 200 pesos vale en el centro. Empacame dos pandequesos y echale servilleta. Mañanas en Plaza Botero.

Carrito para vender tinto. lo que corresponde a la tapa del motor, se levanta para guardar todos los insumos del día.  Es una réplica de un Dodge 600, de las más lindas que he visto.

Yo soy santo, virgen y pequeño

Fui donde la abuela muy temprano. Me arrojé contrito sobre su seno y, sin que el tío lo percibiera, deje un beso y una lagrima conmovida sobre sus manos sarmentosas que amasaron en otro tiempo el perfumado pandequeso, para que yo lo robara luego del escaparate familiar.

 

¡Seno confortable y casto de la abuela! Al abrazarlo con unción nos sentimos reintegrados a la fuente de nuestra estirpe, oímos palpitar la entraña fecunda, genitora, que bautizó con su sangre nuestras venas e infundió en nosotros el espíritu divino que hoy asoma a nuestros ojos.  Recostar la cabeza sobre el seno santo de la abuela, es limpiar el alma de todos los pecados, es hacerse virginal y pequeño como un niño.  Yo lo sentí así.”

 

De la crónica “En el Pueblo”, Mesa de Redacción, El Espectador.  Medellín, 26 de junio 1920 por Luis Tejada

 

Yo soy santo, virgen y pequeño porque cada viernes que subo a almorzar en casa de mamá, terminado el manjar hecho a 4 manos y un corazón, yo me elevo a la dimensión de la digestión y reposo la panza en las piernas de mi abuela que yace obligada por mí, en un sofá conmovedor. Mi abuela cede ante mi presión semanal de cada viernes, y le pongo a rascar sagradamente mi cabeza, vicio que por estar casado solo puedo disfrutar una vez por semana, pero que de soltero era bálsamo diario para mi cuero cabelludo.

 

Por eso,  como dice Luis Tejada, Cada semana yo limpio mis pecados, me hago virginal y pequeño como un niño. Y no le robo pandequesos, sino que me da arepa. Y su escaparate es otro cuento.

En la Imagen: Juana Abreo, mi abuela. Está viva y este es un pequeño homenaje. Lo bello, hay que hacerlo en vida.

Se perforan orejas sin dolor

Ventas ambulantes en Carabobo

¡Eso fue tenaz! La experta en esos menesteres calentaba la punta de un gancho, de esos de asir pañales, sobre la llama de un cabo de vela. Otra mano mientras tanto, derretía un hielo sobre el lóbulo de la oreja de mi hermana. Recién había nacido por esos días y ya estaba sometida al primer ritual de iniciación que la identificara como mujer: perforar la oreja para que cuando la vean en el cochecito no le digan… !Ay, tan lindo el niño, cómo se llama!

La señora experta, tomó la aguja y al otro lado del lóbulo la esperaba un corcho para detener la punta, el hielo había hecho lo suyo, privar del dolor. Un quejido, un llanto y su bendito hilo pa quel hueco no se cierre. Amén que ya es mujer.

En la imagen: Venta de manillas, aretes, rosarios, cadenas en la carrera Carabobo.

Una paradita saludable

El viento nos viste y nos rodea, el sol nos ve desde lo alto hace rato, El calor aumenta y eso nos dice los cercano que estamos a la alegría y el disfrute. Aromas de árboles varios entran por mi nariz, pero yo voy rumbo a Sopetrán, pero una paradita en plena vía no cae mal. ¿Cómo se llama esta fruta? – Níspero. ¡Ahh, ese es el níspero, ¿me deja probar? Claro, pero esa no que ya está podrida. Nena, ¿llevamos tamarindos pa la familia? Deme 4 paquetes por favor.

Y así nos detuvimos por un instante bajo el intenso calor ardiente por cierto de San Jerónimo, Occidente de Antioquia.

Carretera tropical

Guanábana, piña, corozo, banano… esperan por los clientes que rumbo a sus fincas pasan por esta carretera en San Jerónimo, Occidente de Antioquia. Y para probar estas delicias tropicales debes hacer pequeños sacrificios: para comer la piña, hay que pelarla; para saborear la guanábana, hay que descubrir las pepas y limpiarla de ellas; para masticar corozos primero hay que dárselos al infante para que juegue con ellos estallándolos con una piedra. Con el banano la cosa es fácil, pero por favor, no me deje la cáscara por ahí tirada.

Un descansito en Bolombolo

Detener el viaje rumbo a la alegría, parar un momentico para mojarse la cara y descansar la nalga. Sentarse en Pollos Mario y pedir la especialidad de la casa, que no es pollo, sino torta de pescado, bautizarla en limón y resguardarse a la sombra de un imponente samán, ver pasar más carros y continuar la marcha rumbo a otra parte, porque Bolombolo es para parar.

Comprar mamoncillos o la fruta que esté de moda para picar en el camino, llevar los dulces para los que cuidan la finca o irán a abrir espacio en la casa a los que vienen de la metrópoli. Comprar una bolsa de agua, mojarse la cabeza y seguir.

En la imagen, ventas en Bolombolo. Centro poblado de Bolombolo, perteneciente a la vereda Bolombolo, municipio de Venecia. Venecia: 2 corregimientos, 17 veredas, 61 Kms desde Medellín. Plátano, ganadería, café, carbón. Atlas Veredal de Antioquia.

Esa pesa está mala

– ¡Ay mamita, usté está como subidita!
* ¡Eh, tan confianzudo!
# ¡Ay Mayeli, peroes ques verdad. Usted como ha subido mija!
* Yuli, ¿Será questoy embarazada? Pere yo me quito los zapatos, que esos son los que pesan
= No señorita, eso no bajó ni cinco. Ese es su peso.
* Ay Yuli, osea que lo del atraso va a ser eso
# Hum, ay Mayeli, la van a e char de la ca sa mi ja
– Pues si la van a echar de la casa, vaya pagándome los 500 pesitos niña.

Ritmos cotidianos en las afueras del Palacio de la Cultura. Medellín.

Se hace escuela al andar

Colaboración de Carlos Torres, del Departamento Administrativo de Planeación de la Gobernación de Antioquia. Imagen tomada en Arboletes, Antioquia.

No importa si hay zapatos o no, no importa si las ropas uniformadas están, no importa si la panza está llena, porque estos arrieros de la educación están dispuestos a llevar escuela donde sea. Tanto los niños que llevan material, como los docentes de Antioquia, que así tengan que viajar en chalupa, lomo de mula o a pie largas jornadas, están dispuestos a enseñarnos los secretos de las letras y los abstratos números.

Amigas en arrastraderas y a pie limpio

¿Y usted questá ciendo a pie limpio en la calle? Meacel favor y pa entro, y póngase hacer tareas más bien. ¡Ehhh! Vena este pues, dizque andando descalzo como si no tuviera zapatos, o siesque no tiene, diga ver pa irle comprando unos.

 

Y ahí se le acababa la sonrisa a uno. Terminaba el ratico libre para los pies y terminaba esa alegre algarabía de las tardes en épocas de colegio. Las calles quedaban vacías porque las madres de los que jugábamos se unían cual cofradía a entrarnos a todos.

 

Mamá buscando cualquier oficio qué ponerme, miraba entonces mis cajones y repetía como siempre: “Vea qué desorden, hasta culebras debe haber ahí”. Y muy sí señor, me tocaba sacar todas las camisas y doblarlas de nuevo con el ritual que me enseñaron. Si eso no satisfacía a mamá, entonces seguía con la trapiada, tres pasadas para ser exacto.

 

Pero usar zapatos también era un problema a veces cuando jugaba… esa se las cuento después.

En la imagen: Combo de amiguitas en Sopetrán, Antioquia. 

Mercados populares en Israel

Natalia Trujillo “Paparazzita”, nunca abandona su cámara. Pidió visa para ir a España y se la negaron, así que en cuestión de minutos decidió irse para Israel y Egipto. Naty Tru trabaja en Conconcreto y nos trae estas imagenes urbanas como sacadas de la misma plaza de cualquier ciudad.

En sus palabras:
Foto 1. Jerusalem Israel.  Dentro de la ciudad antigua se encuentra esta tienda de venta exclusiva de condimentos, vinagres y aceites.  Los productos se encuentran ordenados compulsivamente. La montaña de la tienda colorida, es una montaña de especias y el comprador llega y saca su producto de esa montaña, miren que la parte de abajo está menos pulida.
Foto 2. Jerusalem Israel.  Variedad de aceitunas y pepinillos. Los baldes atrás contienes pepinos (creo que bastante salados).
Foto 3. Tel Aviv Israel.  Mercado de Jaffa.  Tienda cachibaches (collares, pulseras, aretas, pañoletas).

Mendigo por enésima vez

Dada mi compulsiva personalidad, he de decir que tengo algo de memoria selectiva; así que pequeñas tareas cotidianas se me olvidan. Varios de mis actos, entonces, son mecánicos: si no me unto desodorante antes de ponerme la camisa, se me olvida; si mi billetera está tapada con algo, se me queda; si mis llaves no están donde siempre las ubico, las olvido.

Estando de estudiante universitario dejaba, algunas veces, mi billetera, lo que me obligaba ir a una tienda cercana a la estación del Metro a pedir prestado para el tiquete, para ello, dejaba mi carné de estudiante -aunque fuera- para que me creyeran que no era pal vicio y que de verdad regresaría a pagar.

Pues hoy fue uno de esos días. Hoy fui mendigo por enésima vez. Llegué a la estación del Metro en Envigado y mi billetera estaba sin su “cobijita”, sin su billete, pues. Cero pesos oro me acompañaban en efectivo y la Tarjeta Cívica del Metro con cero pesos digitales, además, mi tarjeta débito y crédito, eran inútiles si noai cajero. ¡Ah berrionda piedra (rabia extrema infantil) que me subió al instante.

Dado mi problema de memoria y acostumbrado a los menesteres pedigüeños -sólo en esos casos-, me fui pa la tiendecita donde compraba café con leche en las noches junto con mi novia, quien hoy es mi esposa, a pedir prestado para el tiquete de ida al trabajo, recibiendo una negativa rotunda, clara y directa de la señora -pues que se olvide que vuelvo a comprar allí-. Tocó quedarme en las escaleras de la estación a ver qué conocido llegaba, pero desas cosas de Murfy el legislativo, nadie conocido pasó.

15 minutos de espera y nada que pasaba alguien que pudiera auxiliarme, hasta que a alguien bajaba por las escaleras revisando su billetera le pregunté si tenía un tiquete de Metro que me pudiera regalar. Un sí, rotundo, y una sonrisa extra, me dieron lo que necesitaba, no sin antes hacerme las preguntas de rigor: que si era pa droga que yo pedía, qué pa onde iba, que a qué estación viajaba y que si era tiquete pal Metro o pal colectivo.

Solucionada la cuestión económica, me dispuse a entrar al sistema, y yo que me monto y los conocidos que empiezan a aparecer -tres para ser exactos-. El caso es que llegué a mi oficina y aquí estoy contándoles la vaina. Hoy fui mendigo por enésima vez, pero como dice alguien a quien amo y que me bautizó “Mono”; es mejor madrugar a trabajar, que hacerlo para buscar trabajo. Jhon Jairo, gracias por el tiquetico hermano, que Dios te dé un regalo hoy mismo.

En la foto: Vagabundo en Carabobo, frente a la iglesia de la Veracruz.

Morcilla de Tejelo

Famoso en Tejelo, es la carnicería La Española en cuyas afueras se vende morcilla por montones y si usted pregunta que a cómo la libra, entonces la señora del dedo mocho y su ayudante le dan un pedazo de buche u obispo para que vaya probando el sabor.

Esta señora toma su cuchillo extra largo y con su mano de dedo ausente, detiene la morcilla para que no se le mueve mientras hace el corte. La sal es derramada sobre tal manjar de dientes negros y la compra es envuelta en papel kraf, ese mismo que se usa en los bultos de cemento.

En la imagen, mercado popular en Tejelo, detrás de EEPPM.

Carretilla Mazda

Carretilla Mazda N° 213 para venta de Guayaba con paisaje de San Andrés. Dirección mecánica. Estacionado en Tejelo, donde la señora del dedo mocho vende una buena morcilla. Al fondo, señor con panza afuera.

Manjar de los Sentidos. La sublime belleza de lo cotidiano / Crónica

 

Una pirámide sin terminar de manzanas rojas se presenta como cuadro impresionista al ir a mercar. Un derrumbe de papa capira se me antoja a 1.000 el kilo; un manojo de amarillos reposa en mi mano, pero hoy no llevo papa criolla. ¿Va a llevar cilantro? No más 300 por favor. ¿Y cebolla? ¡Está fresquita¡ No, más bien écheme ahí dos maduritos. ¿Y la zanahoria a cómo la tiene? ¡Que no esté tan paluda pues!

 

Son las cosas pequeñas, los momentos menospreciados, los olores desapercibidos, las caricias no sentidas. Es la sublime belleza de lo cotidiano, eternos milagros que se nos presentan cada día en medio de afanes insalubres. Es resucitar los sentidos del sueño permanente que produce el acostumbrarse a esperar lo extraordinario, a veces, se ve más en el reposo, se escucha más en el silencio, se siente más cuando escampa. ¡Qué más milagro que una sonrisa!

 

No hace falta jugar con cuña y combinado para ser felices o comprar un “quintico” para asegurarnos hasta la partida; hace falta más bien, no tomar un tinto con café de grano sin antes olerlo o jugar con él y nuestra lengua, oler una ensalada con albahaca, rescatar una tostada remojada en el café, probar el naufragio de queso en chocolate de carretera o casero que es mejor. Dejar unos instantes el pan remojado en vinagre balsámico en nuestra boca en algún restaurante italiano, jugar, probar, tentar primero, comer entero.

 

Caminar con pasiva reflexión percibiéndolo todo, pisar el pasto a pie limpio, recorrer texturas urbanas, observar muros parlantes con arengas de un primero de mayo. Visitar alguna plaza de mercado para ver en directo, obras del puntillismo o impresionismo del siglo 20. Mirar tres veces los colores de las frutas, y cómo los venteros en el centro las organizan, cómo las exhiben, cómo el mercadeo. Sacar el codo por la ventana, mirar para afuera y dejar que el viento nos peine a su manera. Mirar la ciudad desde el avión. Buscar rostros cuando miramos techos de madera. Ser el primero en leer la prensa bien doblada. Volver a ser humanos, a ser sencillos, a percibir.

 

Parar oreja (detenerse y percibir) y escuchar voceadores ambulantes, vendedores de “maaasamorra piláa” con colores de voz que se identifican desde la esquina, (Otro canta “mórraaa” pero ese no encima nada). Escuchar las guacamayas de la Plazuela Nutibara. El bosque de bambú de Pies Descalzos que nos arrulla a los que dormimos de vez en vez cuando el viento juega entre las hojas. Escuchar cómo los vendedores de pompas de jabón en los parques no dicen nada, nunca vocean, nunca gritan, porque las mismas burbujas se venden solas.

 

Oler lo que se nos presenta de manera gratuita: Un cuerpo recién bañado, una sábana recién cambiada, el delicioso aroma a carro o tenis nuevo (¿Cómo preservarlo?) Atreverse a entrar en alguna librería con el único fin de robarse seis minutos de fragancia de libro intacto, tomarlo, tocarle las hojas vírgenes y pasarlo abierto por la nariz para aspirar aromas de goma y papel. Visitar carpinterías o tienda de muebles y percibir las maderas todas ¿qué tal el comino crespo? ¿qué tal los pinos subiendo por Las Palmas? ¿qué tal el olor a campo, a finca campesina, a boñigas bienhechoras de la tierra?

 

Es vivir la vida sencilla, sentir la cotidianidad de manera extraordinaria, bebernos esta existencia hasta el fondo para poder partir felices y llenos en cualquier momento. Es encontrarnos 5.000 pesos en el bolsillo del pantalón que no usábamos hace 15 días o es la alegría de mi Diana cuando es ella la que los encuentra.

 

Es vivir la vida como la deben de estar viviendo los secuestrados que huyeron o han liberado, que extrañaban las cosas más sencillas de la vida: un dentífrico, una toalla, una cobija, dos cucharadas de azúcar y una sonrisa familiar, un colchón amigo, amanecer viendo su esposa, los traguitos de mamá, caminar sin cuerdas atadas, los balbuceos de su prole, acostarse en el sofá, vivir, caminar y amar.

 

¿Para dónde vamos hoy entonces? La billetera no importa, ¡Sólo importan los sentidos!

 

En la imagen, Venta de mangos en Támesis, Suroeste de Antioquia.