Pensamientos de café y conversa

Por Alberto Mejía Vélez

El arrancar por los vericuetos y rastrojos de la vida hace siete décadas y tres años más de ñapa, da casi una aureola de santidad; porque llegar, es pasar por sacrificios que nos convierten en mártir, una de las causales para que uno pueda ser elevado a los altares.

Pasar la etapa de niño y estar entre el mundo de los vivos es una proeza: jugar con las cuchillas de afeitar de papá sin cortarse la yugular; trepar hasta el último peldaño del escaparate construyendo una torre de babel con “ingredientes” cuadrados, rectangulares y esféricos y no romperse la ‘molleja’. Introducir en los toma corrientes eléctricos ganchos de cabeza, ropa y todo aquello que quepa por la rendija sin haber quedado chamuscado y tieso. Subirse al fogón en que hierven aguadulce, frijoles y paila con manteca llena de chicharrón y no haber quedado “frito”; tal redención es porque Dios lo tiene uno para acomodarlo en el santoral.

Eso no se discute ni se pone en duda. Seguir el condenado paso a la pubertad, que es como brincar el océano y todavía respirar ¿no es un milagro? Pasar por burdeles y no haber sido carcomido por una enfermedad venérea es otro milagro. Enamorarse de una que otra dama casada y no haber sido descubierto a riesgo de terminar con un disparo en el parietal izquierdo ¿cómo podrá llamarse? Ir consiguiendo novias y proponerles matrimonio sin un peso en el bolsillo sin que el suegro nos haya llevado ante los jueces es ganarse la lotería sin comprarla.

Alguien puede decir, ¿cómo se hace para continuar aún en éste valle de lágrimas?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>