Rayoncitos de primero elemental – Retromirada I

Sé que el siguiente texto es personal, pero permítanme el espacio para hacer un ejercicio de escritura, reconocimiento y evocación. Quien quiera leerlo haga como siempre: evoque sus propios recuerdos estimulados por los míos. Además, es mi participación en los 75 años de la UPB.

Cuando me mandaron para el hogar de espacio y tiempo, “acarnicé” en casa humilde de barrio popular. Abuela y Madre habitaban la casa y la llenaban con aromas de amor. Cuando me reconocí en substancia y alma descubrí que no vivía con padre alguno; le decía a mis compañeritos de primero elemental, que era hijo “de esos que nacen sin la necesidad de que los padres se casen”. No sabía de genitalidades y menos de convenios matrimoniales.

En ausencia de padre, pues, me di a la inconsciente tarea de inventarme varios a lo largo de mi vida, hasta que fui consciente de tal acción. Los cinco años de la primaria me hice a unos padres en el sentido masculino de la palabra: uno, subjetivo; el otro, institucional. El primero fue el capellán escolar, al que le presté el voluntariado en las lides eclesiales: acólito sin sotana, previo ayudante de las misas y compañero de conversación en su oficina. El segundo, fue la institución misma que me vio crecer en cuerpo y conocimiento: la U.P.B.

Cada quien ha tenido sus apegos: juguetes, perdidos en la niñez; alguna prenda, el barrio, territorio de desarrollo. Fetiches todos que, sin patologías, se convierten en referentes de una edad o un espacio mismo en el tiempo. El barrio en el que crecí no fue mi cuna de olores ni la mina de amigos; fue en las mangas del colegio y en sus muros, donde mi imaginación se apegó ante las  ausencias infantiles.

Este territorio escolar de la Sección Preparatoria de la Universidad Pontificia Bolivariana, se convirtió en la muleta que llenaba, virtualmente, mis soledades; pues a los niños también nos da eso -más ahora en la era de padres ausentes y nanas de tiempo completo y horas extras-. Pocos o ningún amigo tuve en esos cinco años, por eso me hice amigo de adultos, del sacerdote, de quien estuviera disponible para conversar. Tal hecho fue reforzado al acompañar a mi abuela a sus visitas de tardes soleadas, escuchando charlas de viejos, de mohanes, de espantos, de biblia, de evangelios, del campo y de dolores.

Varios rituales se configuraron en esos años y marcaron mi diario vivir de ahí para adelante: caminar, oler, observar, pensar y meditar: solo. Visité cada rincón de nuestro espacio escolar ingresando a territorios prohibidos, pues, no se podía subir a los pisos de los grados superiores: los de “primerito” no podíamos transitar por los pisos 3, 4 y 5. Aún así me las arreglaba para atravesar esos pasillos que se me presentaban como inaccesibles y provocativos, ventanas adornadas con trabajos de los “científicos” de los grados cuarto y quinto: un cohete, un fríjol brotado, un mapa de Colombia, además de unas cuentas numéricas ininteligibles para uno. Allí no usaban lonchera, solo morrales. ¡Eran los grandes!

Esos terrenos de quiénes éramos pequeños fue mi territorio, mi verdadero barrio sin vecinos; con compañeritos, pero casi siempre como extraños. Poco interactué con ellos. Trasladada mi familia a un nuevo barrio, cursando cuarto grado y sin bus que me transportara, me tocó comenzar a usar el bus urbano; sin embargo a la salida de la jornada caminaba desde la sede en el barrio Laureles, hasta la calle Colombia con Cúcuta por puro ocio, por gastar tiempo, por abrirme a la ciudad, para no llegar tan rápido a casa. En el recorrido, levantaba cosas del suelo para entretener mi imaginación: ruedas, taquitos de madera; o sacaba del morral un carrito para hacerlo rodar por la baranda en hormigón del puente de Colombia, ¡tremenda “autopista”!

Pero regreso al terreno de la confianza, al marco de las aulas: el colegio. Allí fue mi explorar, mi imaginar, mi caminar; allí las fantasías, las elaboraciones mentales, la toma de instantáneas con mi mente. Para complementar la imagen “paterna” de la institución, he de decir que en el primer mes de clases de ese primero elemental, comencé a recitar, aprender y cantar los himnos de Colombia, Antioquia, Bolivariana y al Pabellón Nacional, este último solo volví a cantarlo 12 años después, besando la bandera en mí despedida como soldado de la Patria.

Cantos, marchas, banderas, formación, toma de distancias, orden en la ida al baño, valores, catequesis, tareas, descubrimientos, formación, disciplina, aseo y mística; ese fue el ropaje con que nos cubrieron en esos años de primaria; y con esos conceptos me dejé vestir. ¡No me arrepiento! Esos primeros años configuraron las vidas de muchos de los que por allí pasamos e hicieron parte de lo que somos hoy.

Ese hoy, es el que acoge a la que fue mi segunda casa, mi barrio, mi territorio; ese presente es el que le permite a la Universidad Pontificia Bolivariana, cumplir sus 75 años de existencia. A esta Institución, columna de muchos, le estoy por siempre agradecida. A ella, a sus fantasmas que caminan como recuerdos en nuestra mente, a sus olores de eucalipto, al cemento que integra cada muro de la Sección Preparatoria y a sus baldosas amarillas que siguen siendo las mismas que pisé, al silencio que “escucho” cada vez que regreso para percibir los olores que me inundaron, a sus gentes, a sus directivas, a su razón social de ser. ¡Gracias!

Me detengo en la primaria para hacer de la secundaria y la Universidad; otro ejercicio, personal, íntimo; un ejercicio de sanación.

3 comments

  1. marly   •  

    carlos, gracias por revivir esos recuerdos , que a veces con el afan cotidiano olvidamos, para mi tambien esos fueron momentos que marcaron lo que hoy soy, la UPB siempre sera parte de mi historia

  2. luz   •  

    son los mejores momentos de la vida de todo estudiante gracias por revivirlos

  3. Olga Nidia Molina Bedoya   •  

    Qué bonitas vivencias, Carlos. Creo que quedaste muy bien ante el auditorio. Gracias por compartirlas.

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