Recuerdos de la ‘Señorita’ Luz, maestra jubilada

Aquí van cuatro recuerdos, pero si usted se pone a conversar con ella, se queda todo el día coleccionando historias. Relatos de Luz Tangarife, maestra jubilada de Amagá.

1.

Luz, acostumbraba a pararse como se paran las muñequitas de ballet, aunque su estatura no es la apropiada para esta disciplina. Maestra del magisterio antioqueño, Luz se paraba con la mano izquierda en la cintura, pero con los dedos apuntando hacia afuera, es decir, más elegante aún. Un alumno de su clase, allá en el 67, quedó perplejo ante el gran parecido que tenía la “Señorita Luz”, con una muñequita propiedad de su mamá. Esa semana, el niño el repetía insistentemente que eran “igualiticas”; hasta que cierto día, martes o jueves, pudo ser cualquiera, el niño se le acercó a la “Seño” con un regalo: la muñequita de la mamá, traída y autorizada como premio ante tal semejanza. Luz, conserva hoy el regalo de este pequeñuelo que hasta cuarentón será hoy día.

2.

Algún día, otro pequeño de la clase le hizo un regalo a Luz Tangarife, maestra de la Institución Educativa Pedro Estrada, se trataba de un labial usado de un rojo estridente. El niño insistía en que la “Seño” se aplicara el labial: “Profe, écheselo pues”. Luz, cogió el “zoquito” de labial usado y ante la insistencia del pequeño aprendiz, se lo aplicó como acostumbran las mujeres: labio inferior y un beso que parece amasada labial. Al salir a recorrer los pasillos de la Institución, Luz fue abordada por sus compañeras de labor y exhortada a quitarse semejante pinta de labio, que más que parecer mujer vanidosa, reflejaba el ser de otro oficio: “quitate eso querida que parecés una puta con ese color”.

3.

“Para los niños de aquella época, la maestra era algo sagrado, y en el Día del Maestro uno llegaba a la casa pero con bolsadas de regalos”, relata Luz, evocando a su Amagá del alma. Algún día fue sorprendida por un regalo en particular, al llegar a casa y desempacar, se encontró con un casete de música infantil, uno para niñas, según la apariencia externa; un casete rosado, empantanado y sin cinta qué escuchar”. No eran maldades que le hacían a Luz, eran regalos de verdad entregados por niños de primero de primaria. Ellos, en su inocencia entregaban lo que para ellos representaba alguna dádiva sentida.

4.

Al llegar a las siete de la mañana a trabajar, Luz fue abordada por un niño de cinco años, estudiante de preescolar e hijo de una de las cocineras del restaurante escolar. Al abordarla, el niño le pregunta: “Profe, ¿a usted le gusta el huevo cocinado?”, “Me encanta, mijo, me fascina”. Pocos minutos después, una vez instalados en clase, el niño se le acerca y le dice a la Profe: “Abra la mano”. Extendida la mano, un huevo cocido, sin cáscara y con la esfera destruida fue sacado del bolsillo derecho del pequeño bluyín y le fue entregado a Luz como un detalle de cariño.

1 comment

  1. Alberto Mejía Vélez   •  

    Corrían los tiempos del amor sincero al unísono del de la paz, cuando la maestra luz, ejercía con devoción la noble tarea de enseñar. Vivió la época, cuando ellos –los maestros- eran los segundos padres. Pasar de las mullidas almohadas del hogar paterno, a las aulas escolares, no era un trauma, pues allí se continuaban las normas, educación y el amor que los progenitores habían moldeado en los futuros hombres que serían el futuro de la patria.

    Por la foto, se ve, que a Luz, le gustaba ‘juniniar’ en el hermoso tiempo de la juventud. Estaban regados los fotógrafos por todas partes tomando ‘instantáneas’ que después entregaban en los pequeños adminículos llamados ‘telescópicos’, que hicieron furor. De aquel huevo cocinado entregado con devoción, por el pequeño discípulo, no queda ni el olor, pero quedó en el corazón para siempre de la hoy matrona adorable.

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