De plumas, trinos y picotazos

Los grillos y las ranas dejan de hacer sus llamados, sonidos y quejidos, para dar paso al trino pajarero de cientos que reposan en los árboles. Esperan a que despunte el día, calientan motores y pescuezos, afinan el guargüero y comienza reconocerse el cucarachero, el toche, la mirla y hasta la calandria, esta última suena pero en la radio.

Comienzan, luego, a visitar los cebaderos artificiales que los humanos crean para su beneficio visual; les ponen banano, plátano comino, agua con azúcar, papaya. Y ellos dan “papaya” al gusto visual del dueño de la finca, al ojo de la cámara del visitante, a la pericia del experto en reconocer plumajes y nombrarlas en latin vulgar.

Luego, los habitantes de la finca o de la casa de campo, se olvidan de sus trinos y se ocupan en almuerzos, en aseos y frituras, en asadones y reparaciones, para que al terreno no se lo coma la manigua. Entonces, los pájaros dejan de actuar y se ocupan de lo suyo, se olvidan de la ternura que finjen en la mañana y se preocupan por su sobrevivencia. Comen, tragan, se hartan, se miran feo, marcan territorio, se picotean, se pelean, se extienden sus alas, se demuestran poder, se hacen feas, espantan y se van.

Mucho de eso hacemos los humanos: el consciente se disfraza con arquetipos, se cobija con su sombra, actuamos papeles para la sociedad, representamos un papel público. De noche, aflora el inconsciente, armamos película de ficción, volamos, desafiamos gravedades, caemos, nos liberamos. Al día siguiente… trinamos.

Fotos tomadas en la vereda Pueblito de San José, Amagá. Antioquia.

Rastros del Big Bang por doquier

Observar una hormiga que quizás nadie más vuelva a ver, que nadie más mirará; ver un solo metro de recorrido en su existencia; observar una hormiga, pues, es el testimonio de un acontecer casi milagroso: la vida. El movimiento. La gravedad. La libertad. La substancia.

Viviremos 80, 70, 40 años y solo vimos 10 ó 15 segundos en la vida de esa hormiga, y esos 15 segundos representarán alguna fracción ínfima del Big Bang.

Prefiero la foto que el video. La primera, me permite ver una fracción de segundo por los minutos que quiera detenerme a contemplarla. Fotos en Amagá.

La belleza no está en las pasarelas

La belleza humana, lo diré hasta el cansancio, está en la sonrisa. La belleza humana y la femenina en particular no está en las pasarelas, o por lo menos no está solo allí. La belleza femenina está en el tono de voz, en una mirada soslayada, en esos guiños que saben hacer solo ellas, en esa feminidad que las lleva a cuidar su apariencia, en sus manos lisas de juventud y arrugadas de senetud, en la cantidad de pendejadas que guardan en sus bolsos, en las decenas de peinados que son capaces de hacer, en la intuición que lleva a guardar de los suyos, en la leche que nace de su ser.

La belleza no se le oculta a la pobreza, retumba desde el mundo de las ideas y sobresale en rostros perdidos en las montañas. El rostro montañero no es ajeno a las bondades de la genética, brota, como fuente de agua, en cualquier rincón, en cualquier vereda aporreada por el hambre y se instala en pieles que no conocen el poderío y la altivez del dinero.

Esta belleza en particular, la extracté de la vereda La Mina, en Amagá, una mañana de sol, de sábado lento igual que muchos, de día de lucha para cientos de mineros, de la tierra que ha tantos ha tragado.

¡A punta de machete! fui testigo

El primero, reposaba como muerto, como herido, sus músculos no soportaron más el peso de su cuerpo y esperaba tumbado en una banca de cemento.

El segundo, cabilaba en lo inmediatamente realizado. Lo hecho, hecho está. No hay atrás. Su mirada se confundía entre la templanza y la admiración por la dureza del verdugo de metal. Caminaba descalzo mientras revisaba continuamente el temple del machete, machete que había cegado, en otras ocasiones, la vida de pastos maduros.

Yo estaba lejos, con mi cámara y un objetivo prestado de buen alcance. Yo mismo fui testigo, así sobre el “yo mismo” que con “fui testigo” ya va el pronombre. El del machete nunca me vio, esperaba que no me viera. Fui testigo. No podía moverme, no podía perderme la foto.

El primero, dormía una siesta en una mañana de sábado soleado en Amagá. El segundo, no tenía más qué hacer, caminaba inoficioso, vacante, sin más pensamiento que revisar el metal de la herramienta montañera que segundos antes cortó alguna espiga de maleza. Al primero, le tomé la foto de segundo; al segundo, le tomé la foto de primero. Ambos son amigos, son vecinos, simplemente pasaban el rato cada uno. ¿Qué se estaban imaginando pues?

¡Así comienzan los chismes!

¡Oe, oe! se coló, se coló

¡Pilatunas infantiles de otras épocas! Entre adminración porque reemplaza un suspiro que evoca recuerdos. Como jugar ‘Tintín Corre Corre’, osea, tocar puertas ajenas y salir corriendo para que no sepan quién fue y entre en desesperación la persona dueña del inmueble. Recuerdo una de las mías: ya no vivía en el barrio Manrique, de Medellín, pero estando allá en una visita, salí a la tienda donde siempre hacía los mandados; pasé por una casa y toqué la puerta y salí corriendo, en la esquina reflexioné y me dí cuenta que la dueña no me reconocería si me viera, así que me detuve y esperé que la señora saliera y desde la esquina le señalé que fui yo quien tocó en su vivienda, luego corrí.

Me colé en buses en la ciudad de La Dorada, en Caldas, junto con mi primo, hermano del alma, ‘Juancho’ y recorríamos toda la ciudad escondidos en la puerta de atrás, que era donde, lógicamente, uno se colaba. Mis ojos siempre presenciaron los famosos coleros que se pegaban desde la calle Ecuador con la oriental en Medellín, en sus bicicletas; tal aventura se hacía enganchando a la parte trasera del bus una cuerda a la que iba amarrada la cicla y así ganarse toda la subida hasta los inicios de la comuna Nororiental.

He de confesar, y no me da pena, que cuando nació Jacobo casí me colé en un bus, y digo casi porque fue con consentimiento del conductor para evitar tener que correr dos cuadras hasta la Clínica Las Vegas donde tenía parqueado mi carro y finalizaba una hora más de estacionamiento, parqueadero cuya hora es bien costosa. El caso fue que me monté en un bus a la altura del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid y le dije al conductor que si me arrimaba “dos ‘cuadritas’ más allá”. Jajaja,, hay que burlarse de uno mismo. ¡No faltará el que te reconozca y le de pena ajena! jajajajajja.

Imagen tomada en la vereda La Mina, municipio de Amagá. He vuelto, Jacobo mejorando, papá y mamá también.

Amagá, de barro y de carbón

Algunas imágenes de la mirada de Adriana Quiroz, entre sus fotos están las obras de Hermes, artista de Amagá que comparte sus horas entre la carnicería Zeus y el solar de la casa donde queda el rincón de su trabajo con el barro.

Ver todas las fotos de Adriana Quiroz en Amagá.

¡Vení dame una ‘palomita’!

Palomita: oportunidad de montar en un tipo de transporte móvil ajeno.

Tipos de bicicletas hay muchas: cross, ciclismo, ruta, todoterreno. Las hay de frono de mano, a contrapedal. Las hay con flecos en los manilares, con ruedas auxiliares para los principiantes. Hay con rines de teflón, con radios. ¡Ah! qué tal aquellas con sillín para tres pasajeros con imitación de piel de vaca, con pito de pera, con luz generada por un dínamo. Qué tal las ciclas que usaban los adultos en cuya parrilla trasera ubicaban un sillín adornado con flecos.

Fuere cual fuere, montar en cicla era un placer, y digo era porque, por lo menos yo, llevo años de no sentar mis nalgas en un sillín de bicicleta. En tierras planas es una bondad usarlas, ir como preso hecho libre rodando por toda la ciudad, conociendo los rincones más desapercibidos, transitando zonas prohibidas, llevando alguna pasajera enamorada.

A muchas de ustedes, sus novios las paseaban en cicla, o el doncel llegaba a la visita de ventana en ella, la dejaba parqueada o amarrada con cadena y en la sala, tomados de la mano y vigilados por decenas de ojos, se desarrollaba el sano contubernio. “‘¿Me das una ‘palomita’?”, sugería ella; “Sacá una almohada y montate, pues”, terminaba él.

Imagen tomada en Amagá, TomaTodo 4

Sudor y piel – TomaTodo en Amagá

El vestuario del minero es la piel, que con sudor en la superficie, cubre del frío y del abandono de la mirada de los otros. El ripio, el carbón, la tierra, el olor, el sudor, se pasean sobre el corazón abandonado del minero. Juntos, se internan en la selva profunda de las tinieblas, socavón maldito que se ha tragado a muchos. Justamente, después de llegar de TomaTodo, muere esta semana un minero cercano a la mina que visitamos, una peña se le vino encima estando adentro.

“No conozco más que esto”, recitan casi todos los mineros, “No me dí cuenta de lo que les pasó a los mineros de Chile”, confiesa Guillermo. “No sé qué más hacer”, dicen muchos. “Un familiar mío murió en una mina”, se escucha con frecuencia en el pueblo.

Por último, reza un Tip de ElColombiano.com:  “Mina de Angelópolis le robó el sueño de profesional a Guillermo”

Ir a Amagá con TomaTodo, era el intento por decirle a la comunidad virtual, a los lectores, al mundo, que existe un municipio con necesidades de empleo, diversión, lúdica, ocupación del tiempo libre, espacios urbanos: AMAGÁ, “Puerta del Suroeste”, una puerta en ciertos temas desportillada que necesita una gran reparación, sobre todo, en el alma herida de tantas personas que han dejado a sus muertos en las entrañas de la tierra, allí mismo donde vivían por horas sacando carbón.

En respeto y homenaje a los muertos de la tierra de Amagá.

Todos Ponen – TomaTodo en Amagá

Un éxito la Toma en Amagá el sábado 20 de noviembre de 2010. 35 participantes partieron desde Envigado hasta la vereda La Mina en el municipio de Amagá. Algunos, ingresaron a la mina La Hornilla, otros, se regaron por el terreno buscando imágenes que los obreros no entendían. “Pa’ qué me va a tomar una foto así tan feo”, increparon muchos mineros; no entendían que lo que buscamos es la naturalidad de la cotidianidad.

Para no hablar mucho, por lo menos hoy, el resto del mes les estaré compartiendo las imágenes de algunos que ya comenzaron a publicar el material en www.TOMATODO.net

Ver imágenes de:

  1. Adriana Quiroz
  2. Alejandro Henao Loaiza
  3. Alejandra Puerta
  4. Ana María
  5. Argenis
  6. Ariakas -Carlos Marín- (véalo también en Flickr)
  7. Carlos Esteban Orozco (Vea más material en su blog)
  8. Jonathan
  9. Juan José Ospina
  10. Sandra Milena Ramírez
  11. Sofía Ospina Ruiz (10 años de edad)
  12. Wilson
  13. Wilson Flórez
  14. Yuliana Betancur (véala también en Flickr…)

Amagá, vista por Argenis

Argenis, aficionada de la fotografía, interesada en la escritura narrativa y el periodismo, gusta la música reggae y rock de grupos locales. Vea más de su trabajo en http://www.flickr.com/photos/argenis231/

Amagá, vista por Alejandro Henao Loaiza

Participante de TomaTodo, en Amagá, suroeste antioqueño. Pueden ver más de su trabajo en http://www.flickr.com/photos/ahenaol

Dé click en las fotos para ampliarlas.

Semana de dolor en Amagá, Antioquia

Traigo nuevamente estas fotos de las obras en barro de Hermes Tangarife, carnicero y artista de Amagá, obras que estaban en proceso y que sirvieron para ilustrar una nota del artista.

Anoche estuve en Amagá acompañando a la familia de mi esposa que tuvo sus muertos en la Mina San Fernando. Tierra y fuego cegaron la vida de muchos, allá, en las tripas de la tierra. En las afueras de la funeraria decenas de personas esperaban noticia o la entrega de familiares que quedaron enterrados en la mina.

Anoche el municipio de Amagá tenía una regular calma, un silencio obligado y una espera tortuosa. Muchos lloraban, algunos dijeron “Esto parece una Semana Santa en Amagá”. Las calles callaban de luto y los carros de bomberos, policía y ambulancias subían y bajaban por sus agrietadas calles.

“Quedó todo reducido, parece un niño”, dijo una familiar de un minero muerto en la explosión. Las descripciones del trabajo de limpieza de los muertos eran narradas por quienes las observaban, pero que no vale narrarlas aquí.

Hace poco, Cecilia Arboleda ‘Chila’ le dijo a Estiven, de 22 años, que dejara de trabajar en la mina. Él le dijo que ese era su segundo hogar así la muerte lo cogiera allá, relata Ana Rita Arboleda, tia de Stiven.

Guardo silencio y respeto por las víctimas y los familiares que guardan luto o angustia a esta hora. Cada vez, la obra de HERMES TANGARIFE, se parecerá más a la realidad de dolor y pobreza que viven muchos de los que trabajan en las entrañas de la tierra y es innegable que este nuevo dolor, alimentará su obra artística con insumos de muerte.

La pertinencia en las dádivas

La idea era hacerle visita a la viejita tía de Alfredo, mi suegro, para ver cómo se encontraba, pues vivía casi hermitaña en las encumbradas lomas de la vereda Yarumal del municipio de Amagá, suroriente antioqueño. Comiendo aire, cocinando en leña.

La idea era llevarle un mercado a la vieja. Un mercado con arroz, fríjol, pasta y parva, consistente en pan, pandequeso, almojábanas. También se le “requintó” la bolsa con jabón, crema dental y otros útiles de aseo.

¿Jabón? ¿crema dental? Ana del Carmen hizo esa pregunta con un desprecio de quien es ignorante. Ana, nunca en su vida, había usado eso que llaman crema dental, eso que otros llaman Colgate, que otros llaman Kolinos, eso que de niño llamaba Pruf. Y tampoco sus sobacos, sus pliegues, sus callos y menos su cabello, habían recibido el bálsamo sanador del jabón; no por ello Ana era cochina. Ana lo hacía a la antigua usanza.

Ana del Carmen, no miraba con desprecio el mercado por orgullos impuestos o heredados, es más, ella no miraba la bolsa con desprecio, más bien, la miraba con curiosidad, como tratando de entender, qué cosas habitaban allí dentro.

¿Pasta? ¿Espagueti? ¿Y eso, cómo se hace? ¡yo no sé hacer eso? ¿eso pa qué? ¿Pa qué esa parva, pa qué tanta? ¡eso aquí se daña? ¿Y estos tarros qué son? ¿y yo, cómo abro esas latas?

Hace poco murió la vieja Ana del Carmen, murió sola, hermitaña. Jamás conoció la pasta dental y el jabón. Jamás conoció hombre alguno ni probó de él sus mieles. Murió hace poco, señorita, sola, mañosa, sin prole, con todos sus hermanos muertos.

Suicidio juvenil en Amagá

Cuando fui al municipio de Amagá a conocer más detalles sobre el suicidio de una joven de 15 años, llegué con varias versiones por confirmar: que cuatro amigas habían pactado suicidarse el jueves 16 de julio a las cuatro de la tarde; que la niña era de tendencia emosexual; que permanentemente invitaba a sus compañeras de colegio a terminar con sus vidas, entre otros comentarios. Al parecer, es más la cantidad de chismes y datos inciertos que delicadas verdades, sin embargo hago esta nota, porque me parece perentorio que las autoridades tomen medidas inmediatas en el asunto. No me gustan las noticias con un toque amarillista y sé que esta no lo es, es solo la preocupación por las juventudes de un municipio que no cuenta con muchos espacios públicos para el deporte, el arte y la recreación y los que hay no están siendo apropiados.

El caso es que ese 16 de julio y antes de las cuatro de la tarde, Rosa, una joven no mayor a 16 años, terminó con su vida ahorcándose en su propio cuarto.

Rosita, como le decían cariñosamente, sí era una joven depresiva como lo afirma una amiga de su madre -de quien omito su nombre- y por tanto, recibía el acompañamiento de un sicólogo -según dice ella-. De Rosa, eran conocidas sus repetidas amenazas por terminar con su vida y tal vez por eso, el día de su muerte, no le prestaron atención a sus amenazas, ni a sus cartas de despedida, ni a unos mensajes de texto enviados por celular.

Su muerte alertó a las demás madres, quienes a través de llamadas telefónicas, aconsejaban no perder de vista a cada una de sus hijas, pues, decían las malas lenguas, que varias de ellas se iban a suicidar de manera colectiva.

Ana María una compañera de colegio con quien Rosa compartió algún grado de amistad, extrañó y se entristeció por no haber recibido una carta de invitación de Rosita, pero después de enterarse del ahorcamiento, Ana María encontró dicha carta entre uno de sus cuadernos. La carta se trataba, al parecer, de una invitación a un entierro: el entierro de Rosa. Ana María recibió también, un mensaje de texto donde minutos antes, Rosita decía: YA ME VOY.

Rosita fue enterrada el 20 de julio, pero en el aire de Amagá y de sus instituciones educativas, aún se respira un aire de muerte –Rosita es hija de una profesora de la Escuela Pedro Claver en Minas- Aún hay jóvenes que amenazan con quitarse la vida –y la gente lo sabe- como lo hizo Cristina, otra joven que intentó suicidarse cortándose las venas el domingo 19 de julio y que hasta ayer 20, las versiones eran contrarias en si había muerto o no.

Como decía, la Parca quiere llevarse más jóvenes de este municipio y como lo dice Carlos Adiel Henao, rector de la Normal: este no es un problema nuevo, es algo que viene de atrás. La gente lo sabe y los comentarios continúan y no son pocs los jóvenes que han ido a parar al hospital por intento de suicidio

Quiero llamar la atención de las autoridades de la Secretaría de Educación o de la Seccional de Salud para que se tomen medidas de choque y de prevención del suicidio y porque mi blog, además de ser un espacio para la carajada, la academia y la risa, es un megáfono con responsabilidad social en esta red de amigos y lectores.

Acerca de la versión del suicidio colectivo, de mi parte no le pude dar toda la credibilidad.

Humberto Muriel, director de El Combo de las Estrellas

De niña, mi madre Marlene se asomaba por cualquier hendija que tuviera el radio transistor de la casa, para ver a aquellos locutores y cantantes, cuyas voces escuchaba cada que sintonizaban una emisora. Pero mamá nunca pudo ver a los protagonistas de la vieja radio, que tanto se ensañaban en mantener sus rostros anónimos.

Como a mi madre, a Humberto Muriel también le ocurría lo mismo, allá en Amagá, cuando aún se revelaban las anécdotas a blanco y negro.

Humberto Muriel es el Representante y Manejador de la conocida orquesta El Combo de las Estrellas, desde hace 33 años; cosechando logros, palmas, aplausos al son de los bailantes que tiran paso.

Humberto Muriel, piernipeludo para el momento, se preguntaba cómo hacían los cantantes para tocar su música, allá, encerrados en el primer piano (rockola, traganíquel) que llegaba a Amagá, para distraer a mineros y visitantes en el famoso kiosco del parque. Cómo cabían todos, cómo hacían tantos para encajar allí.

El ayer, músico, y hoy, representante de una de las mejores orquestas embajadoras de la música colombiana, se mantiene montañero, ligado a la tierra que lo vio caminar descalzo por sus calles. Él, y sus amigos de infancia, no veían la hora de salir de misa para quitarse lo más pronto, los zapatos que tanto atormentaban unos pies acostumbrados a sobar la tierra en cada caminar.

Recuerda también, a manera de postal, los días en que las jovencitas de su municipio, se tomaban de gancho entre ellas y pasaban de lado a lado del parque, para mostrarse y coquetear a los chicos que las veían desde el atrio de la iglesia o sentados en las bancas de las heladerías contiguas. Recuerda como si fuera hoy, los diferentes olores a fritanga y morcilla de domingo, en el parque, y los sonidos de metal, de machetes rozando el piso, manipulados por campesinos y mineros en ardientes peleas de calle y de sangre, y luego verlos corriendo rumbo al hospital.

Humberto se mantiene montañero -en el buen sentido de la palabra, aunque no vale la pena aclararlo- cada vez que participa de una sancochada, de una merienda o de un asado en compañía de familia y amigos, recordando así las viejas costumbres que lo ligan a su tierra. Eso me inyecta energía y recuerda mi origen, sobre todo en momentos de cansancio o cuando mi salud es menos amable, comenta.

Cada vez que responde a una entrevista, recuerda su madre tierra, donde jugaba en grandes solares y respondía a su libertad andando a pie limpio, con alegría. Esa misma alegría no ha apagado su mecha y es la que lo confirma como una persona sencilla.

Ante tantos logros, tanta fama y rodeado de ambientes tentadores, Humberto dice que es la música la que lo mantiene pegado al piso, pues es su verdadera pasión: desde que nací, esa era mi inspiración.

Pero estas cortas letras -donde muestro a un Humberto poco conocido- también son espacio para dejar ver la inconformidad, que Muriel, siente por su municipio. No le perdona a Amagá el poco progreso que han inyectado sus líderes y el manejo que han hecho de sus administraciones. A sus paisanos tampoco les perdona la poca exigencia a la hora de elegir a sus gobernantes y lo conformistas que son. Falta cultura y políticas aplicadas para impulsar esta tierra, falta apoyo, por ejemplo: para cultivar valores como la música y el arte.

En Amagá: mineros de barro y no solo de carbón

Amagá es bastante conocida por la producción de carbón mineral, también la conozco por sus sempiternos huecos y por sus trochas urbanas. Pero en sus entrañas también reposa el barro, elemento mismo de nuestra composición. Una de las casas de este municipio alberga a uno de esos artistas que trabajan en silencio, con la impotencia que le generade un colectivo que no apoya ni valora la cultura material.

Una de esas casas, como lo vengo diciendo, tiene un solar que esconde en su último rincón, un cuarto viejo que ha servido de taller, al artista del que vengo escribiendo: Hermes. Hermes Tangarife, carnicero de profesión -a regañadientes, después de dejar su propia taberna- y artista de permanente creación.

En ese cuarto de barro cocido y casi revocado con barro fresco, trabaja Hermes con su permanente tema: los mineros de Amagá. Mineros que han sembrado incluso su vida en las entrañas de la tierra. Aquí, unas imágenes de sus últimas creaciones en proceso de terminación y secado antes de la quema. Su obra se vende por si está interesado. Si conoce Amagá y quiere ver su material, pregunte por la carnicería de Conrado Tangarife.

Ver más acerca de este tema:

Una crónica de Alejandro Millán Valencia.

Este es mi recomendado: La crónica de Hermes, un amigo carnicero que entre corte y corte de Solomos y Morrillos, se dedica a masajear el barro para sacar unos rostros llenos de dolor: los mineros de Amagá.

Leer crónica…

Sonrisa Giocondana en Amagá

Esa sonrisa Monalisa, es una sonrisa temerosa de que no se cumpla la promesa del Gobernador de Antioquia de meterle la mano al municipio de Amagá, que la verdad sea dicha, anda caido y desarreglado (El municipio). Las vías, su parque y el fenómeno de hundimiento de la banca y el daño en las viviendas, además del cierre de algunas minas; tienen a este municipio al borde de algún colapso, para no hablar de sus nuevos problemas de violencia.

Pero demás que la mano se le meterá a este municipio y la alegría dejara de ser giocondana para ser libremente expresiva y jocosa cuando estrenen parque, plaza de mercado y pase de nuevo el ferrocarril y vuelvan el color y alegría de otros tiempos.

Chorizo y papa rellena, viandas que mis visitantes de otras tierras no pueden disfrutar… Para ustedes, esta foto y el antojo de su olor grasoso y picante. Bien puedan descarguen esta foto y pongan a curar el choricito, que con limón y arepita, una buena tarde de recuerdos disfrutarán.

Nota del 16 de mayo de 2011: Amagá ya tiene su parque.

¿Qué se hicieron los niños?

¿Qué se hicieron los infantes que chupaban y mamaban las mieles de la madre? ¿Para dónde se fueron a jugar que ya no los veo transportar teteros? ¿Qué se hicieron las edades mozuelas inocentes de tanta mentira, de tanta verdad? Estos berriondos ya nacen aprendidos, conectados a un computador, nacen dentro del video juego. Ya no son ignorantes, saben más que sus padres, en mounstruos intelectuales se han convertido.

¿Qué se hicieron los que jugaban con bolas, con taquitos de madera, con crayones y con pintelas? ¿A dónde fueron a parar las mentes vacías ativas para aprender? Ya nacen imponiendo, exigiendo atención, ya no se les puede dar la pela, ya no se les puede dar con verbena. Ya no chupan teteros sino que ponen tutelas, nacen agremiados, manipulan y se ríen.

Estos pelaos ya no son nuestros y nosotros ya no somos de ellos. Estamos en otro estadio de la historia. El mundo aún no es de las máquinas, las máquinas son de ellos.

En la imagen: Carrito de bebé adaptado para las ventas ambulantes, una tendencia nacional. Me pregunto, ¿quién sería el primero en imponer esta tendencia? – Amagá, Antioquia.