Hasta el origen del café: Güintar (Parte 3)

Parte 1…

Parte 2…

Practicidad le llamo. Practicidad, a lo que otros ven como pobreza. La pobreza es un constructo mental y, a veces, coincide con el estado económico de algunas familias. ¡Hay ricos tan pobres…!

Una vez terminé de sorber el sancocho restablecedor de fuerzas, agradecí y, como buen metido que llega sin ser invitado, me metí a conocer la cocina; esquina donde la alquimia transforma los alimentos y el ser. Lo primero que reparé fueron las dos escobas hechas de Escoba; nombre que se le da a una planta que crece silvestre en el campo y que, al arrancarla, es juntada para armar escobas de barrer. Tengo la gracia de haber hecho mi propia escoba en Guaduas, Cundinamarca. Tres escobas y no una había allí, como para ponerle oficio a cada integrante que estuviera ocioso en el día.

Luego, el humo, que se hacía visible al entrar un rayo de luz solar en la oscura cocina. Allí pude ver las ollas y la sazón con que fue realizado. Pedí un poco más de limonada y pedí permiso para guardar ese momento en mi cámara. Las ollas posaban como en mi casa materna, donde una tapa tapaba otra olla, y la otra olla estaba tapada con la tapa de la otra; caleidoscopio este que le dio a mi hogar su variopinta estética.

Esta visita tuvo un trasfondo personal; una experiencia que sé, significa otro momento de mi vida. Por momentos, me dije que no sería capaz de llegar a la meta, que esperaría allí sentado con mi cuerpo inmanejable, rebelde, determinado en no continuar; pero no podía concebir que fueran por mí llevándome un caballo para auxiliarme en el ascenso. Mi lucha mental me invitaba a seguir, a pararme, a llegar como fuera, a ser más terco que mi terquedad; a ser cascarrabias con la debilidad. Bondadosa fue la montaña conmigo que le permitió a mi mente recuperarse y sentir que estaba en otra dimensión de la vida. Sé que estas palabras saben a espresso doble y que puede que solo yo conozca su sabor, es decir, que es muy personal; pero si no hablamos desde adentro sería decir falacias y mentiras solo para figurar. Este café me lo tomo con ustedes porque nacimos para ser comunidad, comunidad virtual donde algunos nos vemos dentro de la tecnología 0.0, Ojos con Ojos.

Los expertos fueron, subieron, llegaron, hicieron su protocolo de café especial. La familia del campo también hizo lo suyo, estaban, nos recibieron, nos acogieron y nos bendijeron con su bondad y caridad. Por eso soñamos con las montañas, arquetipo inconsciente que significa nuestra vida misma.

Ya saben que significa tomarse un excelente café al que le conocemos el origen, en este caso, origen Güintar. Salú.

Hasta el origen del café: Güintar (Parte 1)

Nos detuvimos en Anzá, un municipio que a las 12 de aquel día, parecía congelado en el tiempo, sin gentes deambulando y con algunas miradas perdidas desde la sombra. Reinaban la calma y el calor. Me disponía a conocer un cultivo que ha sorprendido siempre en cada catación que hace una reconocida empresa de café de Medellín, quien me hizo la invitación. La buseta contratada tomó rumbo hacia el corregimiento Güintar, meta de nuestra travesía, pero preferí irme en la moto con Jaime Restrepo, de la Cooperativa de Salgar, quien había estado esperando para ser el guía de la jornada. Llegamos hasta donde podíamos llegar en automotor y de ahí en adelante el camino seguiría en caballo o a pie, mejor dicho ¡Camine haber!

El viaje en moto me permitió disfrutar de la hermosa vista ofrecida por las montañas y de las fragancias con que el “Mata Ratón”, ambienta las carreteras donde es sembrado como cerca viva. En moto, además, se esquiva de mejor manera las características de una vía terciaria destapada y se ambienta el recorrido con la conversación del guía. Es fácil, además, bajarse a tomar una que otra foto de algo bien interesante.

Al llegar al punto de encuentro con el caficultor, descansamos y aprovechamos para destapar los fiambres en hoja y alimentarnos así para lo que seguía de la jornada. Dionalber Chavarriaga era el anfitrión del hogar donde nos recibirían con sancocho y quien nunca se dio cuenta que nos estábamos “embutiendo” un fiambre justo antes de la caminada; craso error ese de llevar leña pa’l monte, pues, las gentes del campo son harto amables y generosas con propios y forasteros, además de ser un desaire que no tiene excusa.

Horizontes

La trepada comenzó con dos caballos que punteaban llevando sobre sus lomos a dos señoritas escoltadas por los restantes 11 que íbamos a pie por una montaña que se nos presentaba bien empinada. Subimos, cargando las cosas más inexplicables que pudiera uno cargar rumbo a una casa de campo: agua, un molino eléctrico para café, una prensa francesa, filtros Chemex para café, termómetro y gramera, entre otros artilugios citadinos. Parecía una travesía de españoles colonizando tierras el nuevo mundo con aparatos complejos y sorprendentes para intercambiar como espejos por oro. Pero la verdad es que se trataba de expertos baristas y catadores certificados, cargando todo un menaje especializado para probar lo que sería una taza de grano con un excelente origen: Güintar.

Padecimiento

La subida de este cronista fue sonorizada por los jadeos de mi respiración, el agotamiento me recordó que estoy próximo a cumplir los 40 y que los recorridos esos donde llegaba de segundo en el ejército (el 1° tira machete para abrir camino), eran parte de la historia hace 21 años. Decía, pues, llegó al punto de estar vencido por la montaña empinada que ya marcaba los 2.000 metros de altura. Humillado por tal vencimiento de fuerzas, comencé a luchar con mi mente para poder continuar, pero el orgullo fue vencido en cuatro intentos más haciéndome meditar en San Juan de la Cruz y su Subida al Monte Carmelo. En la última vencida me detuve 15 minutos quizás, donde me sorprendí de mí mismo y de esta bienvenida al nuevo decenio de mi vida. Descansado, sentí que mi cabeza se recompuso y que no era agotamiento sino los efectos de la altura lo que me tenía en tal posición. Afirmé mi cuerpo y completé el camino de llegada a El Champú, 2.050 m.s.n.m., donde ya todos habían terminado el sancocho.

Gracias a la bondad de los anfitriones, me recibieron con la consolación de un buen plato de aquel caldo, más tres vasos de limonada montañera, elíxir ante semejante agotamiento. Lo demás, fue planicie, reposo y toma de aliento en la cima.

Burla

Desde ese momento, todo se tornó café y burla. Del café se los contaré en la segunda parte de la crónica; de la burla les cuento que fue el alimento en el resto del viaje. Que el soroche, que en qué era que había prestado servicio militar; uno de los baristas hizo un buen chascarrillo, diciendo que lo que yo no había contado era que había prestado servicio militar en la cocina (cosa no cierta); de lo cual solo pude argüir en mi defensa: Presté servicio hace 21 años y le pregunté: “qué edad tenés vos?”, a lo cual respondió: “Menos que eso”; así que concluí diciendo que cuando yo estaba prestando servicio él no había nacido aún. Y vale la burla, lo que me llevó a hacerme revisar del médico (Si es que una EPS revisa objetivamente bien, hoy). Desde ya, además, vengo preguntando a las fincas en lista por visitar si el acceso es en carro, bestia o infantería; pues, los años no llegaron solos.

Espere la segunda parte…