Arte rupestre – Esténcil de perro

Y entonces el hombre quizo permanecer en la memoria por siempre, tomó de la sangre de los animales que cazaba, la llevó a su boca, la dejó allí mientras su mano se alzaba y se recostaba al muro, y allí mismo, como en un soplo de vida, el hombre, primitivo hasta entonces, escupió toda la sangre con la fuerza de su poder y dejó la sombra de su substancia en las paredes de la historia.

Este esténcil me recuerda esa costumbre de dejar huella, de firmarlo todo. Es el poder de la presencia, el poder sobre la cueva en el hombre primitivo, el la supremacía de unos pocos ante el artificio de la primera escritura.

Esténcil en el barrio Aranjuez, afueras del Museo Pedro Nel Gómez. / Más grafitis en Aranjuez

Talleres de mecánica automotriz – Eternos cuartos de rebujo

Siempre que he ido a “parchar” un neumático me he preguntado, si no existe alguna herramienta industrial para tal efecto. Es que siempre he visto la misma herramienta, creada de eclécticas partes de otros objetos, ya jubilados tal vez.

La imagen siguiente, revela la típica herramienta para parchar neumáticos. Un torque, un pedazo de plancha vieja, alambres sueltos y pelados, un fósforo que avisa cuándo retirar la plancha del neumático… -increíble, irrisorio- ¿ponerle un fósforo, sin usar claro está, como herramienta para tomar el tiempo en que la plancha “funde” parche con neumático?

Así son esos talleres de mecánica -pregunte por lo que no vea- eternos cuartos de rebujo donde hallarás lo que alguna vez tanto buscabas, pero que, botaste en esas operaciones de limpieza doméstica.

Cuando necesites algo, ya lo habrás botado. Taller de mecánica de don Augusto, en Aranjuez.

Dadaismo – O el comenzar de nuevo

Dadaismo

¿Qué seguirá, cuando Colombia salga de el presente letargo cultural, de su baja auto estima nacional, de su cansada y requemada guerra de guerrillas?

¿Qué seguirá, cuando Colombia conquiste un relativo estado de calma y un consecuente aumento en la estima patria?

¿Qué seguirá, cuando Colombia esté preparada para gobernar sin ese excesivo amor por el dinero, sin triquiñuelas contractuales, sin el amor propio de los gobernantes?

Sea como fuere, los colombianos nos estamos maleducando con algunas estrategias.

  • ¿Es necesario tener que ofrecer dinero, para que un colombiano denuncie una mala acción, un delito, un atentado?
  • ¿Los organismos de investigación no tienen capacidad propia de cerrar un caso, sin necesidad de pagar recompensas?
  • ¿No somos capaces de hacer las veces de veedores -de cualquier cosa- si no hay dinero de por medio?
  • ¿Estamos seguros de que quienes reciben recompensa por algún denuncio, está libre de pecado y no tiene manos en el asunto denunciado?
  • ¿Será que no estamos preparados para controlar, denunciar, vigilar, proteger; sin que el Estado nos pague por tales actividades, que deberían ser inherentes a cualquier patriota?
  • ¿Cómo es nuestra consciencia colectiva?

Imágenes tomadas en el taller de Augusto, en el barrio Aranjuez, parte baja. Latonería, pintura, cachivaches y trebejos.

Grafitis en Aranjuez

Saliendo del Museo Pedro Nel Gómez, pueden observar ustedes, otra exposición muralista de un autor que desconozco y cuya obra conocí de manera fortuita, mientras buscaba una arepa para comer.

¿Una arepa? Sí. Salí de dar mi pasadita por el museo y me dispuse a conocer los alrededores para robarme algunos colores con mi cámara, pero el hambre también llamaba mi atención.

Tres cuadras de distancia fueron suficientes para encontrarme un puesto de arepas, que fueron la bendición de mi estómago y que comí con urgencia manifiesta. ¿A cómo las arepas? A doscientos. ¿Y con mantequilla? Doscientos cincuenta. Póngame a tostar una, con mantequilla.

Mi bolsillo no acogía más que 950 pesos colombianos, y tarjetas en un puesto de esos, no sirven. Algo le faltaba al buche, y era el chocolatico batido, calentado al carbón, como las arepas. No me atrevía a preguntar por el precio, porque depronto se pasaba de 700 que me quedaban, pero la transacción de charlas y sonrisas me hicieron el feliz de un chocolate caliente. De todas maneras, antes de marcharme, le deje los 700 pesos en el bolsillo de la señora.

¡Oigan, no saben ustedes a lo que me supo esa arepa del cielo, a esa hora que ya rayaba con la del almuerzo!

Imágenes tomadas en el barrio Aranjuez de Medellín. ¿Qué carga la burra del arriero?