Maaario a molerrrrrrr

“Mario a moler”. Esta frase que me acompañó durante mi crecimiento, es relativa a un objeto en vía de extinción: la máquina de moler. En ella fortalecí mis músculos, molí el arroz tostado para hacer cofio, la desgranada mazorca para las arepas de chócolo, la carne para la comida y la yuca para suavizar las arepas.

 

Corona es la marca, que en alto relieve, resalta en esta tecnología. Un trapo reposa en lugar de la manija de madera que se quebró décadas atrás. Otro trapito sirve para ajustar la parte trasera desde donde se aprieta y a medida que uno comienza esta campesina labor, se ajustan las mariposas que apretan las partes y hace la masa más fina.

 

Hoy en día me imagino las juventudes preguntando a su madre: ¿Qué son esos dos huequitos en el poyo de la cocina?, es más, muchos ni han visto esos dos huequitos en el poyo, y menos saben qué es un poyo.

 

Extrañeza la de Lina y Giovanni, a cuya boda fuimos mi esposa y yo, cuando en la lista de novios, un máquina de moler estaba entre los regalos a escoger, que “porque a Giovanni le fascinan son las arepas así, molidas”. Pero ambos se rieron copiosamente cuando al instalar la máquina en su nueva casa, no encontraron los dos huequitos para instalar este adminículo culinario. “Pues va a tocar decirle a su mamá que mande la masa ya molida mijo, porque aquí se fregó”.

 

Es que ya no se hacen cocinas ni poyos para moler el maíz. En la imagen: Doña Adela está moliendo el maíz para las panochas, las verdaderas arepas de chócolo. Urrao, Antioquia. Fiestas del Cacique Toné.