Carmen de Viboral provoca

¿Provoca qué? / Como mínimo, provoca que se hayan incrementado los comentarios de mis lectores visitantes. Provoca comprar, provoca comprarse todas las variedades de vajillas, provoca tomar tintico donde Don Alberto, provoca el paseíto, provoca aspirar su aire, provoca hacer amigos.

Los comensales en la tienda de Don Alberto se intimidaron cuando saqué mi caja oscura para tomar las vistas, lo que me hizo apuntar hacia abajo, en las repisas rastreras que tanto me encantan de ciertos municipios. Son la bodega de botellas variopintas de cervezas y refrescos gaseosos, esa forma tan particular y estética de ordenar el inventario de líquidos. No es la mejor foto, pero ante ciertos comentarios, tuve que sacarla para no dejar que alguna espina entre en mis ojos, jejeje.

Así era el sol, bonachón él cuidando su tierra, mirando con sus llamas la tierra donde otras lenguas de fuego cocen el barro de la tierra, tornado por manos y pintado con curia manual. Así es como el sol entreverado reposa en el asfalto del parque de El Carmen de Viboral, donde tajadas de mango pintón se venden al mejor postor o al mejor antojo de las embarazadas.

El Carmen de Viboral, Oriente antioqueño. / ¿Ya conoces Salento en Quindío? / ¿Y San Pedro de los Milagros?

Su amigo el Coco, ¡Caballero!

Nacen en hordas verdes, allá, arriba en lo alto de la palmera. Hasta que su anhelo de independencia les hace tomar su primera decisión de libertad. Se dejan caer entonces sin miedo desde extremas alturas sin aviso alguno, sólo el grito de algún peregrino que retoza en el palo y sobre quien caiga la dádiva de la palmera amiga.

Algunos entonces son tomados del suelo para ser casados de manera obligatoria con una morena panela y ser vendidos a alguna boca viajera. Otros en cambio nacieron para sacar barriga y barba y adquirir personalidades caribeñas, casi cubanas. Nacieron para adquirir antropomorfas características y ser vendidas como recuerdos del paseo, del equipo amado de fútbol o recuerdo de lo parecido que es al vecino quizá, al suegro depronto o al mismísimo comprador.

Tienen ante sus ojos, una familia, incompleta quizá, de cocos santandereanos, muy queridos ellos (los cocos), absortos todos, representando cada uno el papel impuesto, con su mirada seria, responsables ellos del personaje que les tocó. Esperando la compra, firmes sus barbas, mirando como quien no quiere la cosa a ver si los llevo… La verdad, ni por su precio pregunté; no quisiera yo ser responsable de diseminar la familia Arecaceae y de llevarlos a esta industrial tierra de Medellín.

Artesanías en San Gil, Santander. /

¡Qué simples somos los hombres!

Y entonces, a la muchachita que está en embarazo le preguntan “¿y que quieren que sea?”. La pipona muchachita responde entonces que “niña, queremos que sea niña” pa jugar muñequero responden ellas y ellos le siguen a la respuesta. “¡Ay, es que a las niñas se les puede poner de todo”, “yo me sueño con una niña para ponerle cositas en el pelo, pa ponerle vestiditos varios, pa peinarla al antojo materno, pa que use bolsos bonitos, cinturones varios, pañoletas coloridas, aretes, collares, colgandejos, pendejaítas varias”.

Pocos esperan niños ya que al muchachito nada le luce (dicen por ahí), al chino se le peina de lado y ya, pare de contar, no hay nada más qué hacer. Cualquier chilango nos van poniendo, sáquele la raya al pelo, peine de lado y chupa de boda. Listo el muchachito pa salir el domingo. Y después nos acusan de que los hombres somos tan simples.

No fui yo la excepción de la simpleza al vestir. Zapatilla blanca setentuda, gafa de carey, pantalones cortos de telas elegantes con estampados y colores de la misma década, camisa forrada con cuello extenso y puños generosos, pelo de lado y cinturón de cuero grueso como las mismas pretinas que lo esperan. Y ya, pare de contar, saque al chino en domingo pa misa, o pa culto, o pa Confama Norte dependiendo de quién me sacara de casa.

¿Y como van a llamar a la muchachita? / Petronila / ¡Ay no jodás, qué pecao de la criatura esa /

Imágenes de bolsos en fique tomadas en San Gil, feria de artesanías junto al Parque del Gallineral. Santander. Colombia.

Más artesanías:

Salento, la meca de los artesanos

Pilas va sin plata para el municipio de Salento en el Quindío. Que conste que le estoy advirtiendo, no vaya sin plata que se muere antojao. Aquí, una muestra de algunos carritos para empujar, mejor dicho, pa entretener al chino mientras se gasta la plata en bellas y variadas artesanías. Las mismas casas parecen hechas con delicadeza por artesanos.

El nombre de Dios

En el mundo de las artesanías hay un término que define la primera venta del día o de la feria y que abre con buen augurio el resto de la jornada.

En algunas ocasiones he participado como artesano vendedor de mis creaciones en ferias de artesanías. He de decir que es un mundo particular, con lenguaje común y mañas que pasan de artesano en artesano. Todos llevan sus sillas, coca del almuerzo, metros de costal de fibra sintética para cerrar el “chuzo” en la noche, extensión de energía con bombillo incluido para las tardes y noches, etc.

 

De todo ello, lo único que yo llevaba a mis ferias era la mercancía y la coca del almuerzo, del resto yo no tenía ni idea que había que llevar. El caso es que en unas me fue bien y en otras me pasó como el café con leche cuando queda muy oscuro, que la vaca pasó volando.

 

El caso es que cuando se abre la primera venta del día, los artesanos hacen el ritual de persignarse, billete en mano, y clamar audiblemente ¡Bueno, ya me hice el nombre de Dios! ¿Será que lo diezman? No creo.

 

En la imagen: Parque de Sopetrán en Antioquia. Domingo de mercado en el parque del municipio.