Aquellos carros de rodillos

Éramos par piernipeludos y rodillones adolescentes, cuando mi finado amigo Herberth y yo, gozábamos la vida haciendo rechinar los rodillos de nuestros carritos de balineras contra la calle.

Chispas salían de las ruedas de metal y chispas salían de los vecinos, que desesperados, salían a exigirnos respeto y consideración. Tenían toda la razón. Quién se soportaba el desesperante ruido de ocho a diez cada noche.

¡Mi madre lo soportaba! Mi madre soportaba con alegría egoísta, las eclécticas, variadas y maldadosas creaciones de su bello engendro. Para colmo de males, Herberth –un cerebro fugado y finado- hacía con mejor factura, los carritos de salineras, lo que generó algunos pedidos por parte de Edwar Guillermo, y Wilson, vecinos nuestros.

Cuando los vecinos nos veían juntos y con mucha risa, se prestaban para la vigilancia y sacaban un rostro reservado para la iras caseras y comenzaban a preguntarse –Qué estarán tramando ya, estos dos- /…¡Un trabuco! Pero esa se las cuento después. Cosas que me pasan.

En la imagen: carrito de balineras que sirve a su dueño para hacer de mecánico itinerante, para trasladar la herramienta según su especialidad: muelles, ruedas y resortes. Lugar: barrio Sagrado Corazón de Jesús.