El mundo encima de una terraza

Natalia, una niña del barrio Santo Domingo de Medellín, no tiene que preocuparse por buscar salón para festejar su ritual de iniciación a la madurez femenina, pues la verbena de sus quince, se realizará en la terraza de su casa.

Y es que la terraza es aquel territorio de las casas de los barrios altos, donde se consuman fiestas, pero además: se secan ropas, se guardan trebejos, se jubilan juguetes, pelechan matas, se baten natillas navideñas, se ponen a calar sancochos en leña y hasta se broncean las que no pueden salir a pasear.

Algunas terrazas son apenas el proyecto de un segundo piso a medio comenzar, con varillas asomadas como huesos, presos del hormigón, que esperan trenzados y lo seguirán haciendo hasta que el presupuesto sea bondadoso de nuevo. La geografía de este Valle de Aburrá, permite que las terrazas de nuestro territorio, sean también, entretenidos asomaderos, balcones para otear la ciudad que a lo lejos se percibe como muda y sosegada.

Una picaresca estética habita en estos techos planos que llamamos “planchas”, allí el estendedero comparte espacio con el lavadero, y éste último, acoge silencioso todo un conjunto de herramientas para el aseo: cepillos de dientes redefinidos, la coca o la ponchera para el agua, la barra de jabón azul o en su ausencia, una bola hecha de sobrantes variopintos de jabón.

Una breve mirada desde las cabinas del sistema Metro Cable del Metro de Medellín, nos adelanta la manera como son apropiados esos lugares domésticos: hay planchas que se convirtieron en un lienzo de concreto, telas de hormigón con mensajes de vida pintados sobre ellos, agradecimientos políticos, escudos de los equipos de fútbol preferidos, en fin, vallas, letreros, avisos y hasta la plástica; han decidido reposar en estas planchas de barrio.

Debido a ese paso alto de las cabinas del Metro Cable, hoy en día las casas han perdido parte de su privacidad aunque han ganado en belleza y organización. Se sabe que alguien desde arriba los mira y que ahora tenemos acceso visual a la lavada de ropas, al baño con agua echada, a los besos furtivos de amores juveniles o a simples momentos de descanso.

En la terraza vive el perro y se asoma el gato, se crían pollos, aterrizan palomas, come la tórtola y se asoman de manera permanente, los voyeristas amantes de techos ajenos y de historias vecinas. En ellos también se rascan guitarras, se entrenan grupos de punk, como lo recrea Víctor Gaviria en su laureada Rodrigo D No Futuro. Se vive, se sueña y se planea sobre cuartos invisibles.

Además, no lo neguemos: allí la ropa se seca más rápido que en claustros y apartamentos, y si el tiempo no es el mejor: entrá la ropa que se largó el agua.

Roland Barthes sería feliz registrando lo que tanto encuentro en las terrazas: plantas curativas sembradas en bacinillas de segundo uso, la penca de sábila, la planta de marihuana para hacer alcohol medicinal, los juguetes oxidados del niño que hoy tiene 25 años, la bicicleta barnizada en polvo, la moto de plástico, tarros viejos por que ¡uno no sabe!, llantas, zapatos sin par, cajas de gaseosa, muñecas sin cápita, ropa colgando y personajes asomados con el patrimonio más placentero del día a día en los barrios obreros: balconear mirando a la distancia para olvidar un instante de cuentas, sudores y malos humores; sintiéndose dueños de una panorámica que no sabe de estratos bajos ni altos y que permite que obreros y dueños sean todos los mismos.