El Baúl de los Juguetes – Crónica

A la una…

 

Un niño arrastra un carrito de madera, tirando de una cuerda en plena Alpujarra. En Moravia, Yovany juega con un carro hecho de una lata de gaseosa con ruedas prestadas de algún camión extinto. Yoanina acaricia el viento con una veleta y Dubian le puso tapas a una cajetilla de cigarrillos para hacerla rodar. Juan Diego y Nicolás lanzan bolas a una caja con madrigueras.

 

No puedo dejar de sorprenderme al ver tales juguetes, eclécticos modelos creados de la necesidad de sonreír por horas. Alegres adaptaciones que demuestran ingenio y creatividad. Mientras jueguen, los niños no saben [C1] de pobrezas aunque vivan en ella, no saben de mercados menguados o del devenir de cuentas por pagar. Ellos son ingenio e inocencia, desarrollo y acción, originalidad y pasión.

 

Paralelo a esta clase de juguetes llenos de recursividad y de afanosa necesidad, están los que llenaron nuestra niñez de inmensa alegría, pequeñas realidades impresas en láminas de hojalata, simulaciones fantasiosas de la cocina de mamá, aviones de pila mediana que cambiaban de ruta al primer choque, sirenas ambulantes, juguetes de cuerda. Es que hasta destapar las salchichas enlatadas era todo un juego; insertar la llave en la pestaña y dar cuerda alrededor de la lata para compartir con tu mejor amigo el frío manjar.

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