Réplica de un perro sin belleza

Muchos dicen que soy feo, otros, simplemente ni me determinan como parte del paisaje urbano. No comprenden que mi belleza es particular y única. Incluso, el mismo concepto de estética es subjetivo. No pueden juzgarme por no corresponder a los patrones de simetría que esperarían de un can como yo.

No saben además por las peripecias que he pasado. Soy el noveno de una camada de doce, y mi madre, una perra que se dejo preñar por cuanto can esperaba hueso en la carnicería de Ernesto, allá en el barrio Pérez, en Bello. Fui rechazado por los dueños de mi madre y vendido por cualquier miseria -una bolsita de libra de fríjol cargamento- ¿pueden creerlo?

Mi aspecto no fue siempre este que reposa en mi pelaje y que ven en la foto que me tomó un muchacho. A muchos confundí con ínfulas de pedigrí, incluso, fui lazarillo de una doña del barrio San Diego y posé mi sueño en los mejores tapetes y comí de las mejores latas.

Hoy, mi hambre hace de las suyas aquí, a las afueras de la Plaza de Mercado de Bello, un hambre que me sabe a polvo y a viento de buses. Me miran y me rechazan ¿soy feo acaso? ¿algo en mi patrón genético salió mal? ¿no corresponde mi hocico, mis colmillos, mi pelaje a los que, el común, esperaba de mí?

¡Váyanse al carajo! aquí sigo con esta hambre que me sabe a sulfato y allá usted con sus miserias. Etiquetando estéticas a diestras y zurdas, menoscabando con sus miradas y sus ascos que me dan asco. Siempre recordaré las palabras de mi doña: ¡Tan lindo carajo!

Chau Chau

No volvieron a volar las palomas

No volví a ver las palomas que en el barrio volaban, las ví sí, una vez, muy “amuradas” frente a su casita, encima del techo de la casa de Juan Carlos. Y no la llamemos casita, digámosle de una vez: palomar, para que no salgan las protestas.

Yo, que mantenía en los techos de mis vecinos, matando la soledad de mis tardes, allá en el municipio de Bello de mi adolescencia; me subí de una vez por todas para matar la curiosidad del escaso vuelo de las palomas del barrio. Me subí desde el techo donde vivía Edwar, al frente de mi casa y caminando por las tejas de barro, convexas ellas para hacer de canoa -si se pisan las que están dispuestas de manera cóncava se hará un daño mayor-, caminando, decía, llegué al palomar construído de retales de madera y ví que alguien les había diseñado una puerta a cada celda del palomar.

El único problema en aquel diseño, era que la puerta no abría, no cerraba, que estaba dispuesta para no dejar salir nunca jamás, a dos pichones de palomo, que reposaban su muerte, sus huesos y sus hormigas, dentro de una encerrona sin salida, en lo que antes fuera su casita, como lo dije al principio. Nunca dudé, que fue Juan Carlos quien los mató.

Nunca más volvieron las palomas a Cabañitas. Cucaracheros tampoco volví a ver y de Golondrinas ni hablemos, parece que allá se extinguieron.