El dulce encanto de un borrador que no volverá

Fue puesto allí, enclavado en lo más alto del mástil, obligado a ser verdugo de números, signos y letras. Aprisionado entre un anillo de lata o condecorado con brazalete de cobre. Inerme pero con el poder de la censura. Minúsculo pero vigilante, allí, desde lo alto.

El borrador fue puesto, más que como ayuda, para servir al imperio de la nada, donde ya no queda nada, solo borrones y cuentas nuevas, solo papeles heridos en sus más superficiales fibras, solo quedan ripios enrollados llevando dentro de sí, amores que fueron y se fueron, letras mal puestas, arábigos sobrantes, líneas desbordadas, errores dicen ellos, maestros.

Una vez acabada la goma con el frecuente uso del error, el párvulo acude a la barra que borra con más fervor y para hablar de ella he de acudir a los primeros recuerdos.

Antes de las suaves bondades de la barra de nata y su albura limpiadora, existía en morrales y poncheras, el Berol Mirado, referencia 470 para mayor información; borrador con uniforme azul y rayas blancas que trae tras de sí, imágenes de pupitres y salitre de sudor después de recreo con sol.

Para borrar con él, había que motivarlo mojando una de sus esquinas con la humedad de la lengua, borrar un imaginario encima del bluyín a la altura de la pierna para limpiar la punta, utilizar y listo, desaparecer sin piedad o con ella, qué caso tiene, los errores de una plana, las unidades de mil que sobraban, el dibujo maltrecho, la oración equivocada.

Este borrador terminaba sus últimos días en redonda apariencia, después de que estudiantes mañosos, buscaran la punta para mejor borrar, y así, entre acción y desgaste, aparece su forma postrera: una bolita pequeña y saltarina que culminaba sus obligaciones en la basurera al lado de la puerta del salón.

Algunos cuadernos resguardados de la limpieza doméstica, dejan ver los estragos de la goma y la saliva, pues juntas, rasgaban la superficie del papel. Ascendido el niño a segundo y a tercero, fue autorizado al uso del lapicero, que en mejores términos debemos decir bolígrafo. El uso de estos dos artefactos, bolígrafo y lápiz, hicieron que se modificara el diseño del borrador.

Contemporáneo al de rayas azules y blancas, aparece el Paper Mate (léase Pápermate y no peipermeit), con referencia E-250 colombiano como el anterior, con doble servicio de edición para errores con grafito y errores con tinta fija. También prestaba el servicio sobre los rodillos de la máquina de escribir cuando estaba ausente el limpiatipos, todos estos, inventos desconocidos por la generación de hoy.

Una última anotación aprovechando que el borrador aún no ha hecho lo suyo, y es que para escribir este texto, me fui para Barrio Nuevo, en el municipio de Bello, en las tiendas cercanas a varias escuelas, pregunté por una y otra cacharrería y encontré lo que hoy es una antigüedad, los amigos o enemigos de la infancia que borraron tantos recuerdos.

Quisiera comenzar un cuaderno que diera cuenta de todas las líneas que borré y con ellas, las letras, las palabras mal hechas, los predicados y sus sujetos, las tablas erradas, las zetas cambiadas, los garabatos feos y las tres primeras palabras que recuerdo haber escrito en kínder: puta, pipa y mamá. Por la primera, mamá se rió; por todas tres, mamá me felicitó.

Los cajones de rebujo

Confieso que corregí el término rebujo desde hace años, de boca de Viviana, una alumna de Diseño Gráfico. Dicha palabrita -mal pronunciada- la tenía posicionada en mi cabeza de boca de mi mamá y de cantaleta de mi abuela, con el tema del cajón donde guardaba la ropa de niño.

Se trataba de un chifonier donde en los cajones dos y tres -de arriba hacia abajo-, guardaba mi ropa doblada con celo compulsivo, animado diariamente por mi madre que me decía: “Mario, hágamel favor y arregla ese reblujo (sic), que hasta culebras deben haber ahí”. La ropa podría estar bien doblada, pero si me ponía de contestón, el castigo era inmediato: trapear el piso o arreglar la ropa del cajón. Ni hablar del protocolo para doblar las medias, ese se los cuento después con imágenes.

Hoy en día, este eterno mozuelo que revela sus intimidades, aún no ha podido con el orden en los cajones, por lo menos no con el cajón de la mesita de noche. Pero ahí va mi pregunta… ¿Quién es capaz de mantener el cajón de la mesita de noche ordenado?

Los cajones de la mesita de noche son el refugio temporal y a veces sempiterno de colgandejos, bisutería, el vipaporrú, recibos de caja, pilas malas, un celular -otrora panela-, cartas viejas, sobres sin nada, centavos de Dólar, modenas oxidadas, un Dólex vencido, tres manos libres para celular -varias marcas-, cidís, un casete de tangos de marca Maxell, gotas de niansesabe, cargadores de batería para celular, un librito de oraciones, tres bolígrafos -merchandising-, dos bolígrafos secos, un envoltura de confite, un confite derretido y un listado particularizado de más carajadas.

Aclaro que el listado anterior, no corresponde al cajón de mi mesa de noche, sino, que es producto de la ficción de este tecleador amigo, como recurso para causar curiosidad en el lector e invitarle así, a que verifique su propio cajón y haga inventario, para nada modesto, del rebujo allí dentro. Se atreven a escribirme? ¿alguna foto?

Palabras para rescatar: chifonier, rebujo.