Un par de viejas botas – Coloquio

Por: Alberto Mejía Vélez.

Se quedaron bien paradas, tal como las dejó el ingrato dueño.

La izquierda le comenta a su par: ¿No sientes nostalgia de ver la forma, cruel, en que fuimos arrojadas a la calle?

¡No! Es el comportamiento natural del ser humano. Nuestro dueño nos sacó de la vitrina en donde estábamos, a la mirada inquisidora de ojos que nos querían deseaban. Muchos nos despreciaron por color; otros, por tamaño; la mayoría, se detenía, miraba y, al ver nuestro precio, se devolvían nostálgicos.

El señor qué nos alejó del lugar en donde permanecíamos tranquilas, estaba acompañado de una bella mujer. Salió feliz con nosotras bajo sus brazos, nos paseaba por lugares exquisitos, bailábamos con él hasta largas horas de la noche; golpeando, algunas veces, a la hermosa pareja y hasta nos le paramos en un callo.

Muchos de sus amigos nos miraban con envidia, diciéndole que estaba muy ‘titino’ con sus botas nuevas.

¡Nos gustaba tanto cuando nos llevaba al parque a que nos lustraran! nos hacía cosquillas ese vaivén del cepillo y aquella delicia de sobarnos con trapo para que nuestro color relumbrara.

Recuerdo cuando el lustrador me daba un golpecito en la punta, para qué me bajara de la cajita y tú pudieras subir

¡Gratos momentos!

No nos gustaba cuando los pies del dueño sudaban en exceso.

¡Verdad!

Nos pasaron los años y con ellos, nos llenamos de raspones, perdimos el brillo natural.

Los tacones se torcieron y el cuero se agrietó. Ya el amo ha mirado con codicia a otras más jóvenes.

Por eso estamos aquí, esperando el sonido de la campanilla del carro recolector de basura, para emprender el viaje sin retorno. Allá donde tiran las cosas que no sirven.

¡Ajá!